Lista de 100 libros que debes leer antes de sentirte adulto

Listo chicos ya terminé la lista, muchas gracias a todos. Acá se encuentra para los interesados. Pd: No es una lista de los 100 mejores libros ya que pienso que eso es imposible de hacer Como cada año construyo una lista amigable sobre algún tema y me baso en los aportes de todos desde Octubre, leyendo las obras o viéndolas, escuchando las canciones e interpretando lo mejor de cada detalle, espero disfruten esta corta lista y se encuentren con la magia en cada obra, algunas con la realidad pero en todas hay mucho para esgrimar.

1. 1984

2. Alicia en el país de las maravillas y a través del espejo

3. Anna Karenina

4. Charlie y la fábrica de chocolates

5. Cien años de soledad

6. Cosmética del enemigo

7. Criadas y señoras

8. Crimen y castigo

9. Cumbres borrascosas

10. Delirio de L. Restrepo

11. Diez negritos

12. Don Quijote de la Mancha

13. Drácula

14. El Aleph (Borges)

15. El amor en los tiempos del cólera

16. El castillo de cristal

17. El código Da Vinci

18. El conde de Montecristo

19. El cuento de la criada

20. El dador

21. El desierto de los tártaros

22. El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde

23. El gran Gatsby

24. El guardián entre el centeno

25. El jardín secreto

26. El lobo estepario

27. El niño con el pijama de rayas

28. El nombre de la rosa

29. El nombre del viento

30. El perfume

31. El principito

32. El resplandor

33. El retrato de Dorian Gray

34. El señor de las moscas

35. El señor de los anillos

36. El túnel 37. El viejo y el mar

38. Ensayo sobre la ceguera y Ensayo sobre la lucidez

39. Fahrenheit 451

40. Fausto

41. Flores para Algernon

42. Frankenstein

43. Guerra mundial Z

44. Guerra y paz

45. Hamlet

46. It

47. Jane Eyre

48. La brújula dorada

49. La buena tierra

50. La carretera

51. La caverna

52. La ciudad y los perros

53. La colina de Watership

54. La divina comedia

55. La familia de Pascual Duarte

56. La ladrona de libros

57. La letra escarlata

58. La metamorfosis

59. La mujer del hombre que viajaba en el tiempo

60. La naranja mecánica

61. La noche

62. La odisea y la Ilíada

63. La princesa prometida

64. La sombra del viento

65. La tregua

66. La vida de Pi

67. La vuelta al mundo en 80 días

68. Las 1000 y una noche

69. Las aventuras de H.F.

70. Las crónicas de Narnia

71. Las uvas de la ira

72. Lazarillo de Tormes

73. León Kamikaze

74. Lo que el viento se llevó

75. Los hermanos Karamazov

76. Los miserables

77. Los viajes de Guilliver

78. Macbeth

79. Matar a un ruiseñor

80. Memorias de una Geisha

81. Moby Dick

82. Narraciones extraordinarias

83. Noches blancas (Dostoyevski)

84. Orgullo y prejuicio

85. Pedro páramo

86. Preso sin nombre celda sin numero

87. Rebelión en la granja

88. Romeo y Julieta

89. Saga Harry Potter

90. Salón de belleza de Mario Bellatin

91. Sherlock Holmes

92. Soy leyenda

93. Tambor de Hojalata

94. The stand la danza de la Muerte

95. Trampa 22 de J. Héller

96. Trópico de cáncer

97. Un mundo feliz

98. Veinte mil leguas de viaje submarino

99. Viaje al centro de la tierra

100. Wrinkle in the time

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Escritos en noche buena

-¿Y si llueve qué harías?
-Buscarte en cada gota.
-Entonces, ¿si el día es soleado?
-Te compararía con el brillo del sol
-¿Y si no llueve, pero es un día nublado?
-Te dibujaría en las nubes.
-¿Y si un día me encuentras?
-Espero no estar soñando.
-¿Entonces cuando me vaya?
-Espero seguir soñando.
-¿Aunque muera?
-Sólo muere aquél que es olvidado. Y no sería posible olvidar algo tan arraigado como tu recuerdo de mi mente.

CORTEJO SIN IGUAL

He aquí que tú estás sola…
He aquí que tú estás sola y que estoy solo

Haces tus cosas diariamente y piensas
y yo pienso y recuerdo y estoy solo.
A la misma hora nos recordamos algo
y nos sufrimos. Como una droga mía y tuya
somos, y una locura celular nos recorre
y una sangre rebelde y sin cansancio.
Se me va a hacer llagas este cuerpo solo,
se me caerá la carne trozo a trozo.
Esto es lejía y muerte.
El corrosivo estar, el malestar
muriendo es nuestra muerte.

Ya no sé dónde estás. Yo ya he olvidado
quién eres, dónde estás, cómo te llamas.
Yo soy sólo una parte, sólo un brazo,
una mitad apenas, sólo un brazo.
Te recuerdo en mi boca y en mis manos.
Con mi lengua y mis ojos y mis manos
te sé, sabes a amor, a dulce amor, a carne,
a siembra , a flor, hueles a amor, a ti,
hueles a sal, sabes a sal, amor y a mí.
En mis labios te sé, te reconozco,
y giras y eres y miras incansable
y toda tú me suenas
dentro del corazón como mi sangre.
Te digo que estoy solo y que me faltas.
Nos faltamos, amor, y nos morimos
y nada haremos ya sino morirnos.
Esto lo sé, amor, esto sabemos.
Hoy y mañana, así, y cuando estemos
en nuestros brazos simples y cansados,
me faltarás, amor, nos faltaremos.

LA REVELACIÓN

Mi primera fase como discípulo en la Orden estuvo representada por muchas preguntas relacionadas con los misterios que envuelven la vida; algo que siempre consideré positivo, ya que me impulsaba a la reflexión y también me enseñó mucho sobre paciencia y serenidad, pues las respuestas apenas son permitidas cuando estamos listos para entenderlas. No que ellas sean negadas, sólo que no conseguimos verlas, como si un manto de invisibilidad las envolvieran, hasta que nuestros ojos cambian. Yo había terminado de barrer el jardín y antes de seguir hacia la biblioteca del monasterio pasé por el refectorio para buscar una taza de café. Libros y café son una combinación que siempre he adorado. Encontré al Viejo, ante un pedazo de torta de avena, con la mirada distante. Pedí permiso para interrumpir sus pensamientos y sentarme a su lado para conversar un poco. Él me autorizó con una dulce sonrisa. Le dije que había leído un poema atribuido a un antiguo alquimista persa que relataba el diálogo entre un caravanero y un grano de arena. Había una parte que me intrigaba mucho:

“Grano de Arena: Yo soy el desierto.
Caravanero: No, eres apenas parte del desierto. Sin ti, el desierto continuará siendo el desierto.
Grano de Arena: Engaño. Si falto el desierto estará incompleto y viajará en mi búsqueda.
Caravanero: Devaneas entre la soberbia y la locura.
Grano de Arena: Entiendo tu juicio. Cada cual lo hace con los ojos que posee en el momento. Créelo, ver es un arte.
Caravanero: ¿Díme, qué no percibo?
Grano de Arena: La fuente de la que bebo. No existe el todo sin la parte.
Caravanero: ¿Así de simple?
Grano de Arena: La parte contiene el todo en sí; yo traigo el desierto en mí.
Para conocer el desierto hay que desvendar el grano.
Este es el poder y la revelación”.

Al final, bajo la mirada atenta del monje, pregunté que revelación era esa a la que se refería el artista. El Viejo se encogió de hombros y dijo: “Puedo explicar una ecuación matemática, nunca un poema. Al contrario de la exactitud de la ciencia, el arte habla el lenguaje del apreciador: puede decir mucho o nada”. Me sentí contrariado. Le comenté que no estaba ayudándome mucho. Hice mención de retirarme cuando fui detenido por su voz serena: “Hago lo mejor que puedo, no lo dudes. No obstante, el Camino exige que cada cual ande con sus propias piernas. Esta es la razón de su existir”. Discordé. Acrecenté que era mucho más sencillo si todas las ‘verdades’ y ‘revelaciones’ nos fuesen entregadas, debidamente decodificadas, sin ningún misterio, como una tabla de multiplicar. Haría más fácil la vida de todos. El Viejo sonrió y dijo: “La verdad está disponible a la vista de todos y emana en abundancia pero, ¿qué hacer ante los ojos desatentos de quien se niega a ver? El misterio es apenas la verdad que todavía no conseguimos entender”. Lo interrumpí para que me dijese qué me faltaba aprender para que los misterios se revelaran. El monje, con su enorme paciencia, dijo: “Entender es tan sólo el paso inicial”. Le pedí que profundizará y fui atendido: “Existe una gran diferencia entre conocimiento y sabiduría. El conocimiento es la verdad intelectualizada; la sabiduría es la verdad sentida y vivida. Amo los libros y venero a los profesores, ellos son esenciales, pero no bastan. La información para dejar de ser pan de vitrina y transformarse en alimento tiene que pasar de los ojos a la boca, o una vida entera que podría ser nada será. Es la parte que cabe al alumno. Esto lo transforma en andariego”.

Le pedí que me mostrara la famosa ‘verdad’, pues tenía dificultad en encontrarla. El Viejo me miró a los ojos y dijo: “Así como el grano de arena trae en sí todo el desierto, todo el universo habita en ti”. Insistí en que no estaba ayudándome. Argumenté que yo estaba lleno de dudas y no sabía cómo saciarlas. El monje sonrió y dijo: “Cada cual tiene todas las respuestas a sus preguntas. Basta amor y coraje para buscarlas. Eres parte del todo; el todo habita en ti”. Meneé la cabeza en negación y dije que aquello era un chiste de mal gusto. El Viejo mordisqueó un pedazo de torta y pidió que le serviera una taza de café. Después explicó: “Toda la filosofía de Sócrates se fundamenta en la frase esculpida en el pórtico de piedras de la Isla de Delfos: ‘Conócete a ti mismo y conocerás la verdad’”.

“El sabio griego sostenía que a medida que profundizamos en el viaje del autoconocimiento, encontraremos todas las imperfecciones del mundo que tanto nos incomodan, escondidas en rincones oscuros del propio ser. En la sala de espejos veremos los inconfesables defectos ajenos sangrando en nuestra piel. Entenderemos que criticamos a los otros apenas por ignorancia con relación a lo que somos. Solamente el entendimiento de sí permite el entendimiento del otro, del mundo y de la vida. Los cambios que tanto deseamos en todo y en todos los que nos rodean tan sólo serán efectuados a medida de las transformaciones personales que tengamos capacidad de ofrecer. Percibir las propias imperfecciones permite no sólo realizar los cambios indispensables en el propio ser, sino que también concede una visión amorosa con relación a las dificultades ajenas. Entender quiénes somos en realidad nos enseña la belleza del perdón, el arte de la paciencia y, principalmente, la sabiduría del amor al fusionar todas las virtudes en maravillosa explosión de luz”.

Levanté los hombros y argüí que yo podría simplemente negarme a buscar la verdad y la revelación de los misterios. El monje repitió el mismo gesto y también se encogió de hombros para decir: “Claro que puedes. Somos absolutamente libres para ejercitar nuestras elecciones. Esta es la infinita generosidad del universo. Sólo no olvides que hay un código no escrito que regula la vida en todos los planos de existencia. La ley de acción y reacción es una de ellas, para que capte la perfecta justicia y le permita a cada cual definir su propio destino con dolores y delicias, méritos y responsabilidades. Por lo tanto, cuando algo no esté bien no te lamentes. Transfórmate”.

“Negar el viaje es insistir en el estancamiento. Todo lo que permanece parado tiende a pudrirse. Cuando hablamos del alma nos referimos a la agonía oriunda de la falta de entendimiento del mundo que nos cerca, traducida en la ignorancia de sí mismo. Coloreamos el mundo a medida que cambiamos nuestros ojos; las transformaciones planetarias acompañan los pasos de las metamorfosis individuales. Cuando el sufrimiento trasciende al espíritu por la demora en la cura, acaba revelándose en desajustes en el cuerpo físico y mental. Todo desequilibrio es un llamado del Camino. Aceptar la invitación, una elección”.

“ ‘Conócete a ti mismo y conocerás la verdad’ es el principio filosófico de Sócrates que nos influencia hasta hoy. Como si no bastara, cerca de mil años después, un gran maestro conocido con el nombre de Jesús, en las montañas de Kurun Hattin, profirió el más profundo discurso del cual la humanidad ha tenido noticia. Entre muchas lecciones valiosas, complementa el antiguo raciocinio: ‘Conoced la verdad y ella os hará libres’”.

Quise saber a cuál libertad se refería. El monje respondió de repente: “A las prisiones sin rejas, aquellas en las que no nos percibimos cautivos, haciéndolas todavía más crueles por perennizar el sufrimiento que rasga y maltrata. El veneno, aunque presente en los frutos, tiene su causa en la raíz. Es allí donde debe ser derramado el antídoto. Por ello, la necesidad de profundizar en lo más íntimo del ser para curar, en la esencia, la herida que sangra. Esto es libertador, pues no sólo sana sino que despierta la consciencia y expande la capacidad amorosa; permite que florezca lo mejor que nos habita; modifica la visión para que la vida se ofrezca con colores alegres y, hasta entonces, desconocidos”.

“La verdad es tu mejor parte; abrazarla, tu mayor arte. Es el lado oculto del ser, que aguarda ese encuentro para revelarse”. “El encuentro consigo mismo es la reconciliación con la faz olvidada, la parte para estar despierto y reconciliarse con todo. Es el poder del universo en tus manos”. Hizo una pequeña pausa antes de preguntar: “¿Puedes dimensionar tal fuerza?”.

Permanecimos un tiempo sin decir palabra. Yo necesitaba acoplar las ideas. Todavía un poco desconcertado le comenté que, según había entendido, liberarse de todo sufrimiento era una decisión íntima al alcance de todos. El Viejo sacudió la cabeza en aprobación, me ofreció una bella sonrisa y dijo: “¿Percibes el infinito amor que nos envuelve? ¿La perfecta justicia? ¿La dimensión de la libertad? El universo le ofrece a cada uno de nosotros todo su poder; al final, si somos el grano, somos el desierto. Su fuerza habita en nosotros. Basta oír el ritmo de sus tambores para vibrar en la misma sintonía. ¡Aprende a usarla!”.

LA VERDAD NO DUELE

Caminábamos por las calles estrechas y sinuosas del elegante poblado localizado en la falda de la montaña que acoge al monasterio. El sol de fin de tarde realzaba los colores de las casas y del empedrado. Lorenzo, el zapatero que remendaba el cuero como oficio y cosía las ideas como arte, estaba con hambre así que fuimos rumbo a la cafetería de Sophie, donde son hechos los mejores sándwich del planeta, en busca de su predilecto: pan artesanal, lonjas de jamón, un poco de miel y canela; generosas tajadas de parmesano y un huevo blando por encima; gratinado en el horno. Café para acompañar hasta el ocaso; allá sólo sirven vino en la noche. Son las rigurosas reglas de la casa. La mesera que vino a atendernos era Regina, una antigua compañera, que se puso feliz al vernos. Ella dijo que su turno ya había terminado y preguntó si podía sentarse con nosotros. Permiso concedido, delantal guardado y a nuestro lado, una persona que necesitaba hablar, como aquel niño que corre para mostrar todos sus juguetes cuando llega una visita. De repente, ella reveló que vivía una grave crisis conyugal. Vivía hace algún tiempo con otra chica, mucho más joven, de quien estaba enamorada. Sin embargo, siempre la presentó a todos como una sobrina que había venido a pasar un periodo en la ciudad. La noche anterior habían tenido una grave discusión, en la cual su pareja la acusaba por no admitir ante los demás el verdadero afecto que las unía, ya fuera por la diferencia de edad o por el hecho de ambas ser mujeres.

Lorenzo la miró a los ojos y le preguntó con su franqueza habitual: “¿Cuánto hay de verdad en eso?”. La amiga bajó la mirada y argumentó que las cosas no eran tan simples. Era necesario considerar que vivían en una pequeña ciudad del interior, donde las costumbres estaban más arraigadas y lo nuevo encontraba mayor dificultad para instalarse. Al contrario de las grandes metrópolis, todos allí se conocían y se hablaban. No quería vivir entre miradas acusadoras, comentarios mal intencionados y ser discriminada. Lamentó que las personas tuvieran tantos preconceptos.

El artesano bebió un sorbo de café y dijo: “Cada vez que dejamos de vivir nuestra verdad en razón a conceptos ajenos, significa que el preconcepto es nuestro y no de los otros. El preconcepto no es más que el miedo a encarar la verdad ante sí y ante el mundo. El miedo será siempre una fuente de sufrimiento. El coraje es parte esencial de la cura; el resto cabe a la verdad. Saber exactamente quién somos, sin subterfugios, es el paso inicial para la jornada hacia la libertad y la paz”.

Regina argumentó que la verdad no era sencilla y, a veces, innecesaria. Lorenzo levantó las cejas y dijo: “Estoy de acuerdo contigo. Es necesario sensibilidad, sutileza y amor cuando abordamos la verdad del otro, pues no siempre estará listo para la confrontación. Puede que no sea el mejor momento o que tal vez no seamos los mejores mensajeros. Que nunca falte paciencia y compasión. No obstante, cuando se trata de la verdad sobre nuestra propia vida, no estoy de acuerdo: ella es simple, sí. Apenas necesita amor y coraje para ser tratada, lo que no siempre es fácil”.

¿Coraje? Ella sacudió la cabeza y dijo que no se consideraba una persona fuerte. El zapatero frunció el ceño y dijo: “Es impresionante como renunciamos al poder que tenemos”. Regina dijo que no estaba entendiendo el comentario. Él explicó: “Ser fuerte es una elección que hacemos todos los días. El coraje, como todas las demás virtudes, está al lado, está en frente, está a disposición de todos. Está dentro de cada uno, adormecido, a la espera de un leve llamado para despertar y volverse compañero. En todo momento tenemos la oportunidad de enfrentar las dificultades o huir de ellas”. Se quedó pensativo por instantes y se corrigió: “No hay como huir de las dificultades, pues ellas son las lecciones que nos corresponden. En realidad, apenas aplazamos la batalla hasta el día en que nos alcanza”. Regina dijo que prefería aplazar la lucha hasta el último instante. Lorenzo se encogió de hombros y dijo: “El problema es que en ese caso prolongarás el sufrimiento”.

Regina lamentó el poder del preconcepto, de cómo envuelve a las personas sin que ellas perciban cómo interfiere indebidamente en la vida de todos. El zapatero estuvo de acuerdo y fue más allá: “El preconcepto es mucho más que el velo de la ignorancia que impide que veamos la belleza de la vida con todas sus fascinantes diferencias. Se trata de un acto de deshonestidad. Negarle al otro el derecho de realizar sus propias elecciones es una usurpación de la libertad ajena; a su vez, negarte tus mejores decisiones, es un fraude contra tí mismo”.

“No cometas la insensatez de intentar controlar las elecciones ajenas; por otro lado, no le concedas a nadie cualquier poder sobre tus elecciones. Entiende que las elecciones nos definen. Podemos esbozarnos a través del discurso, pero solamente las elecciones delinean los trazos del arte final”.

Una lágrima escurrió por el rostro de la mujer. Dijo que le gustaba aquella ciudad y sus habitantes. Tenía muchos amigos allí y no tenía intensión de irse en caso de que la verdad le causara vergüenza, distanciamiento o rechazo.

Lorenzo se encogió de hombros nuevamente y muy serio dijo: “No tenemos injerencia sobre la opinión de los otros ni podemos obligar a las personas a cambiar. Intentar convencer a los otros es papel de los tontos. No obstante, podemos definir quiénes somos y la manera cómo vivimos. La dignidad es la única frontera. En todos los aspectos de la vida, ese es el enorme poder que tenemos. Por tanto, decidir de quién te vas a enamorar y con quién te vas a casar es un derecho inalienable tuyo. No permitas que nadie interfiera. A quien no le guste que repiense sus conceptos y valores”. Hizo una pausa y profundizó: “Que encaren las propias sombras para entender los motivos por los cuales las elecciones ajenas los incomodan tanto”. Bebió café y continuó: “Eso sirve también cuando la incomodidad venga en contrapartida. Es decir, ¿por qué las elecciones ajenas nos incomodan? Si tenemos problema con lo nuevo, lo diferente y lo libre es porque algo está errado en nosotros. Es hora de profundizar en el silencio y en la quietud para conocer ese sótano oscuro de la propia alma y, en seguida, iluminarlo”.

Lorenzo mordió su sándwich, lamió los bordes y dijo: “Es posible que algunas personas se alejen cuando sepan la verdad. Aunque triste, no es malo. Es la revelación de un nuevo círculo de relaciones, más verdadero y sincero, que comienza a formarse a tu alrededor por afinidad de frecuencia energética diferente en la que comenzarás a vibrar. Permanecerán las personas que te aman, entienden tu verdad y respetan tus elecciones. Los demás permanecerán inmóviles, maldiciendo a la humanidad mientras tu viaje seguirá con múltiples transformaciones rumbo a nuevas estaciones. Libre, ligera y plena”.

La mesera reveló que estaba muy sentida después de la pelea que tuvo con su pareja, por todo lo que fue dicho. Adicionó que la verdad dolía. El artesano sonrió y discrepó en respuesta: “La verdad no duele. Estar frente a frente consigo mismo y encararse sin máscara será siempre causa de incomodidad. La máscara no protege, engaña. La verdad no duele; ella cura y libera”. Hizo una pausa y complementó: “Dolorosa es la mentira que cada cual se cuenta a sí mismo”. “Presta atención a lo que te causa dolor: ¿el amor que sientes por tu pareja o el miedo que alimenta la mentira que le contaste a todos?”.

“Cada vez que dejes tu verdad de lado por temer a lo que los otros piensan, estás dejando de ser la timonera de tu propio barco que surca los mares de la vida. Después no culpes al mundo por el inevitable naufragio. Recuerda que la elección fue tuya. La felicidad nunca acepta la mentira como compañera de viaje”.

Regina sacó un pañuelo de la cartera para secarse las lágrimas que bañaban su bello rostro. Permanecimos algún tiempo sin pronunciar palabra en el intento de digerir las ideas del zapatero. Fue cuando apareció en la puerta la dueña de la cafetería. La simpática Sophie vino a saludarnos y comentó que aquel parecía el ‘Día del Llanto’. Ante las miradas atónitas, ella explicó que acababa de ver en la plaza a la novia de Regina, sentada en un banco, leyendo un libro de poesías hecha un mar de lágrimas. Pensó que el llanto brotaba de la ficción, pero que ahora percibía que tenía su razón de ser.

¿Novia? A Regina se le hizo extraño que Sophie se refiriera así de su ‘sobrina’. La dueña de la cafetería le ofreció una sonrisa sincera y reveló que muchas personas en la ciudad sabían del romance, pero que por respeto nada comentaban con la joven. En seguida le aconsejó que fuera al encuentro de la novia, pues el amor no debía esperar. Sí, el muro que le impedía avanzar tenía la altura de un rayón de tiza en el suelo. Desconcertada, Regina sonrió, pidió permiso y fue a vivir su destino. De la ventana la vimos apurada en la calle, parecía flotar. El amor tiene ese poder.

Lorenzo terminó el sándwich y sugirió: “¿Vamos a pedir otro? Esta situación abrió mi apetito”. Sonreí y asentí con la cabeza. El zapatero divagó: “La vida muchas veces parece una película cinematográfica escrita por un guionista loco, pero genial. Él insiste en un final feliz para todas las películas. Nosotros, al no entender, acabamos interfiriendo en la mejor secuencia de escenas al negarnos al poder transformador de la verdad. La verdad será siempre la antorcha de fuego que iluminará los pasos del protagonista durante la noche oscura de la trama”.

LA GITANA DE BÉCQUER

La voz del poeta trasciende. Antes y después de escribirlo, el verso siempre ha estado en el aire, latente, dispuesto a no dejarse desvanecer por el implacable tiempo. El placer de conseguir en una interjección vital la voz de Bécquer en la obra musical de Willie Colón sugiere tomarse un tiempo, respirar, mirar la montaña y tratar de buscar las afortunadas preguntas que generarán otras y otras, hasta convertir el dilema en un oficio que nadie puede explicar, pero a cambio me permite subrayar un centímetro espacial del canto poético y del canto musical. Partiendo de la necesidad de materializar los sentimientos, el hombre en la historia nos ha dado incontables enunciados. Y esta ha sido una tarea que busca visualizar lo que el corazón no puede ver: el inicio y el fin de los latidos incomprensibles y el lugar impreciso del alma: los sentimientos. En la rima XXXVIII, Gustavo Adolfo Bécquer y en la sección F1 de la canción Gitana existen coincidencias hermosas, son los mismos versos, los del poeta prestados al músico puertorriqueño, ambos buscan el destino de los sentimientos, se replantea y trasciende. Pero para tener una visión más clara tendremos que pasear por la historia, remontarnos a los principios del pensamiento. Antes que nada veamos el sencillo e inocultable hallazgo. En Bécquer puede leerse: “Los suspiros son aire, y van al aire. Las lágrimas son agua y van al mar. Dime, mujer, cuando el amor se olvida, subes tú adónde va? La canción de Colón lo interpreta de la siguiente manera: “Las palabras son aire, y van al aire. Mis lágrimas son agua y van al mar cuando un amor muere, sabes chiquita a dónde va? Es evidente como se conservan los mismos versos, más allá de tomarnos la libertad de subrayar algunos cambios: Los suspiros por las palabras –ambas exhalaciones de aire-, cuando una amor se olvida por cuando un amor se muere – en los sentimientos es poca la diferencia entre olvido y morir, por lo que se convierte en sinónimo – y, finalmente, sabes tú por sabes chiquita – el pronombre contrario a su naturaleza es sustituido por un adjetivo substantivado-, pero ambos voces en su contexto no pierden su esencia de comunicación a la amada, por lo que diferenciarlos notablemente no tiene sentido. Como decía al inicio, ese intento de graficar los sentimientos con la naturaleza data desde siempre, una necesidad comparativa iniciada por Heráclito “Para las almas es muerte tomarse agua; para el agua es muerte tomarse tierra, mas de la tierra nace del agua, el alma” Dado el primer enunciado, en España, Manrique busca consuelo en los señoríos – dominios de las pasiones- “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar”, luego es Bécquer, más adelante Borges hace lo propio en este lado del continente, él retoma al oriundo de Efeso, en Arte Poética de El Hacedor (1960) que concluye así: “También es como el río interminable que pasa y queda y es cristal de un mismo Heráclito inconstante, que es el mismo y es otro, como el río interminable” Y en los ochenta del siglo XX, Willie Colón realiza el canto retomando al poeta de Sevilla. Con esta rápida visión de energía en movimiento – desde nuestro interés-, se observa que siempre ha estado a lo largo de la historia, particularmente el agua y podría pensarse en el aire como aporte de Bécquer, pero sería objeto de una investigación más exhaustiva. Importante de su fecundidad a distancia del bolero, es indiscutible que su obra ahonda en un romanticismo sencillo, melódico y profundo, y es ahí donde me atrae ver un poema del sevillano en medio de una salsa caribeña, siendo este último un género socialmente marginado al suburbio pero musicalmente muy apreciado. Entonces vemos un texto romántico insertado en otro contexto, funcionando con la misma fuerza del verso original. En la estructura de la obra de Bécquer esta rima se ubica en una sección dedicada a la mujer y al mundo sublime –erótico, romántico, de ausencia –. Por su parte, en la canción de Colón el poema también se ubica en una estructura particular, ahora musical, en un aparte de la canción (sección F1) y de manera magistral coincide con el aspecto sonoro que analiza García López: “…a huir de la rotundidad sonora. Sus versos sencillos y espontáneos – en los que predomina la rima asonante-, carecen de resonancias orquestales…” (5), “un paisaje distinto” enfatiza Alarcón Garmendía y añade “el tema podría empezar ahí” y si musicalmente la canción está decorada con tonalidades franco flamenca en un tono frígido, curiosamente la sección de los versos de Bécquer en Colón no llevan orquesta de fondo, (“a huir de la rotundidad sonora… carecen de resonancias orquestales…” García López), es casi una declamación (“Sus versos sencillos y espontáneos” García López), es “música latina de frente” dice emocionado Alarcón Garmendia. Vemos entonces que lo menos ibérico de la canción es de Bécquer, por lo que estamos frente a la trascendencia de la voz poética, es sólo acústica y voz, es el Romanticismo en pleno acto musical. Salen las preguntas de rigor: ¿qué hace algo romántico en medio de un tema de salsa? Se puede decir que a priori pocos reconocerían en Colón los versos de Bécquer y es por eso que el tema toma importancia desde el análisis binario poesía / música: primero, por la canción llevar un nombre sugestivamente europeo y femenino; segundo, en la sección F1 el cantante da cierta calma a la orquesta para interpretar (con la rima) la incertidumbre de la energía en movimiento de los sentimientos y paradójicamente nos indica “la nota es porque es imposible mantener esta agonía” casi diciéndonos que se refugia en la rima para poder Es costumbre conseguirnos con notas donde atribuyen a Bécquer una cuota para explicar su angustia por el río de sentimientos que lo ahoga; y tercero, la letra canta paradójicamente ”al que madruga dios lo ayuda”, en una suerte de post-romanticismo cuando busca la luz del alba, de manera que se funde dos tendencias literarias en dos segundos de música. La sección F1 –insisto- siempre será se sentirá como un aparte. Bécquer se deja escuchar, y su melódica forma es sin duda un aporte artístico que se inserta en este caso en una sección intima de un clásico de la salsa, y Bécquer es íntimo. Salsa y literatura, literatura y bolero, rock y rimas, o sea, la música abrazada a la poesía como única arma de representar los inquietantes y torrentosos sentimientos. Un verso de tiempo indefinido, de espacio hídrico y ligero “los suspiros son aire… las lágrimas son agua”…, con una voz poética llena de dudas “…cuando el amor se olvida, sabes tu adónde va?”, de oyente lírico que desconoce del amor que tiene en frente, que la observa y la desea, un poema de cinco versos hermosamente desordenados, métricamente olvida los cánones formales para dar paso a otra melodía. Este es un poema de recursos ilustrativos milenarios “y van al mar” Algo queda claro, el análisis musical de Alarcón Garmendia es idéntico a la de García López, por lo que me anima a hacer un único aporte, Colón siguió al pie de la letra el poema y a todo su contexto lírico musical, pero desde la salsa. Dios lo cría y ellos…

EL ARTE DE ESTAR SUSPENDIDO EN EL AIRE

Cuando entré a la Orden tenía la errónea idea de que la vida en el monasterio era solamente contemplativa, alejada de todas las impurezas del mundo como manera de mantener a los monjes puros. Aunque había un periodo inicial de recogimiento para la adecuada iniciación, de mucho estudio y meditación, pronto éramos enviados de vuelta al mundo como método eficaz de conocimiento y perfeccionamiento de sí mismo. El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, solía decir que “lo sagrado no está separado de lo mundano, sino oculto en él”. Es en la convivencia común de lo cotidiano que podemos entender mejor nuestras reacciones y las asperezas que aún nos hace sangrar. Limarlas es el perfeccionamiento necesario; el perfeccionamiento lleva a la transformación; la transformación se traduce en evolución. Los periodos de soledad y reflexión son tan fértiles como las fases de convivencia social o profesional. En verdad, son partes distintas de una misma clase. Ellas se diferencian para complementarse.

En aquella época, cada vez que regresaba al monasterio llegaba muy afligido emocionalmente. Esa vez no fue diferente. A pesar de que la Orden costeara sus propios gastos con los famosos chocolates artesanales confeccionados en una de sus cocinas y vendidos para apreciadores que aguardaban en larga fila de espera, la OEMM es una orden esotérica que tiene entre sus premisas el valor del trabajo y la independencia financiera de sus monjes, como son denominados sus miembros. Por esto, todos tienen empleos, son profesionales liberales o empresarios. Hasta el mismo Viejo viajaba bastante para dar conferencias en muchos lugares. Ir al mundo siempre renueva y trae un buen y rico material para el estudio de sí mismo. Aquella vez había sido peor. Yo estaba muy tenso. Mi firma tenía fuerte competencia por nuevas empresas que prometían más por menos y el mercado se mostraba receptivo a ellas. La quiebra era el miedo que estaba al acecho. El Viejo percibió mi irritación y dispersión. Yo le expliqué lo que sucedía. Él dijo: “Si diste lo mejor tan sólo aguarda la respuesta del universo con serenidad”. Aquellas palabras me irritaron pero me controlé y le dije que no tenía la menor duda de haber hecho todo lo posible. Le expliqué que mi desequilibrio era grande y en el monasterio sería más fácil apaciguar el corazón. El monje meneó la cabeza demostrando que entendía. El Viejo me dijo con calma: “Aunque algunos lugares sean centros de anclaje de energía, no es necesario ir a ningún lugar para conversar con la propia alma. Para encontrarte contigo mismo el silencio es el mejor lugar”. Le dije que estaba tenso y que mis noches eran mal dormidas. El Viejo cerró los ojos como si buscara algo en las gavetas de la memoria y recitó un pequeño poema: “Aprende a confiar en lo que está sucediendo. Si hay silencio deja que aumente, algo surgirá. Si hay tempestad, déjala rugir, ella se calmará”.

Fue demasiado. Irritado, quise saber quien era el tonto autor del poema que me aconsejaba cruzarme de brazos mientras el mundo se desmoronaba sobre mi cabeza. El Viejo me miró con compasión y fue lacónico: “Lao Tsé”. Con algún desprecio dije que no sabía quien era. Con su enorme paciencia, el monje explicó: “Fue un sabio taoísta. Existen varias codificaciones del Camino. El taoísmo es una de las más antiguas y bellas tradiciones. Él fue un alquimista chino que vivió hace milenios y nos ofrendó su hermosa obra”. Di una carcajada y menosprecié al preguntar si yo también aprendería a transformar plomo en oro. Adicioné que era exactamente lo que necesitaba en aquel momento. El Viejo no se alteró y dijo con calma: “Sí, es posible transformar en oro el plomo del alma”, hizo una pequeña pausa y agregó: “Sin duda es lo que necesitas ahora. Es lo que todos necesitamos. La voluntad es condición primordial”. Volvió a guardar silencio durante breves instantes antes de concluir: “Es más, aquietarse no significa estar parado. Es un movimiento valioso de percepción interna y de todo lo que lo envuelve”.

La calma del monje ante mi sarcasmo me dejó incómodo y con la desconfianza de que una buena lección se presentaba en aquel instante. Me acomodé, le pedí disculpas y le solicité al Viejo que me ayudara a entender el poema. Con su enorme paciencia dijo: “Siempre tenemos que ofrecer lo mejor de nosotros ante todo lo que sucede. Ocurre que nada podemos hacer ante la fuerza inconmensurable de ciertos movimientos del universo que alteran de manera significativa nuestra vida. Es hora del inevitable cambio. Por esto Lao Tsé usa la figura de la tempestad que asusta o de la ausencia de vientos que no impulsan las velas de los barcos. Son situaciones en las cuales no podemos interferir. Todos pasamos por momentos en que tenemos la sensación de que todo será destruido o, en otras ocasiones, enfrentamos extraños marasmos en que parece que nada va a suceder, como si la vida no estuviera viva”. Hizo una pausa y prosiguió: “Son presagios de grandes transformaciones, inicio y cierre de ciclos y enseñanzas cardinales. Es hora de mantener la calma, prestar atención y confiar en la sabiduría y en el amor infinitos de la vida. Entonces, aprovechar el nuevo momento y seguir”.

“La seguridad de que el universo siempre conspira a nuestro favor trae la tranquilidad de que todo lo que sucede es para nuestro bien. Debemos tener cuidado en no interferir”. Lo interrumpí para comentar que no entendía como la quiebra de mi empresa podría ser vista como una cosa buena. Él sonrió e intentó explicar: “Tú no sabes lo que está por venir, tampoco eres consciente de la transformación que la vida tiene preparada. Puede ser que el ciclo de tu empresa se haya acabado por ser obsoleto para tu jornada o tal vez sea el momento de que la firma sea repensada y reinventada, para recordarte que todo puede ser diferente y mejor. Adivinación es para los incautos y arrogantes; refinar la sensibilidad es para las personas que tiene buena voluntad y alegría al caminar. Recuerda que eres parte integrante y esencial del universo y, por esto, él está empeñado en tu bienestar y en tu evolución, aunque a menudo nos parezcan raros sus métodos”.

“Entender cómo funciona el universo y las leyes mayores que rigen la vida permiten el arte de mantenerse suspendido en el aire”. Me miró a los ojos y dijo: “Eso ayuda a crear las condiciones para que la paz se instale en nuestros corazones. Entonces nada de lo que exista en el mundo tendrá fuerza para derrumbarnos”.

Le pedí que se explicase mejor. El Viejo expuso su raciocinio: “Somos hijos del universo, amados y protegidos por la perfecta inteligencia que rige la vida. Nada es olvidado, nada falta o se excluye. Todo es conducido por manos habilidosas y sabias que priman por la evolución de cada uno de nosotros. A cada cual le es entregada la perfecta herramienta para la exacta lección. Evolución exige movimiento y no siempre nos mostramos dispuestos a acompañar el ritmo de la vida. Entonces el cambio se impone inexorablemente. Aguarda con serenidad lo que vendrá y prepárate para aprovechar los buenos vientos cuando se presenten. Sentir cariño por el suelo en la siembra trae como respuesta la cosecha abundante”.

Comenté que entendía lo que el monje decía pero que no podía encuadrar aquellas palabras en la situación de mi empresa. El monje me ofreció una mirada bondadosa y se fue. En los días siguientes la tempestad no sucumbió; al contrario, aumentó la intensidad y parecía barrer con todo lo que encontraba por delante. Para no ir a la bancarrota acepté la sugerencia de mi socio y vendimos la empresa a un grupo internacional. Pasé los meses siguientes mal humorado y recogido en el monasterio. Me sentía triste y tenía dificultad para entender el motivo por el cual todo aquello había acontecido. No faltaba la convicción de que yo me había empeñado al máximo para que todo saliera bien durante todos esos años. Necesitaba encontrarme conmigo mismo. Era necesario hacer las paces con la vida para que la alegría volviera a brotar.

Con el pasar de los días la tristeza fue dando lugar al entendimiento de que yo ya no amaba la empresa como al inicio. En verdad, me gustaba más la condición financiera que ella me proporcionaba que el trabajo que realizaba. En los últimos tiempos en que estuve al frente de la compañía ya no me levantaba todas las mañanas con el mismo entusiasmo del inicio, cuando estaba involucrado con nuevas ideas y la posibilidad de hacer diferente y mejor. Comencé a entender que la empresa había dejado de hacer parte de mis sueños y se volvió una mera obligación, además de una generosa fuente de renta. Sí, yo ya no estaba feliz haciendo lo que me encantaba en el pasado. Mi alma ansiaba por cambios que yo me negaba en admitir. Entonces la vida me regaló una tempestad para que aquel barco errante, que navegaba sin rumbo sin el deseo de llegar a ninguna parte, naufragara. Navegaba sólo para contar los días. Percibí que la intemperie, en realidad, era la oportunidad de comenzar un nuevo viaje hacia tierras distantes, en mares nunca antes navegados.

Mi ánimo cambió, la alegría había vuelto. Yo no sabía qué hacer, pero estaba dispuesto, atento y habituado con lo nuevo. Me sentía como en una enorme estación escogiendo en qué tren embarcar. Comencé a escuchar lo que el silencio de mi corazón susurraba. Siempre había soñado en trabajar con creación y con creatividad. Percibí el sentido del viaje, faltaba definir el destino. Fue cuando recibí la visita de un antiguo amigo que estaba de vacaciones en la pequeña y elegante ciudad que está ubicada en la falda de la montaña que abriga al monasterio. Él había montado una pequeña agencia de propaganda digital para aprovechar un gran cambio en ese sector que redireccionaba el eje de la publicidad, estancado en los medios tradicionales. Me comentó que necesitaba de un socio. Fue como despertar siendo acariciado por un rayo de sol travieso que acaricia la piel esquivando las cortinas cerradas del cuarto oscuro. Yo tenía el capital de la venta de la empresa y un enorme sueño listo para ser vivido. Era la vida que se renovaba con toda la fuerza e intensidad. Hice una oración sentida en agradecimiento por la tempestad demoledora.

Fui al mundo y retorné al monasterio un año después para tener algunas semanas de recogimiento, estudio y meditación. La agencia aún gateaba, pero daba muestrasde un bello futuro. Lo más importante es que la alegría estaba de nuevo presente en mis días. La primera cosa que hice fue procurar al Viejo para decirle que estaba feliz y que todo había cambiado. Él arqueó los labios en leve sonrisa y cuestionó: “¿Todo cambió o fuiste tú? Para muchos el mundo no está muy diferente de lo que estaba hace un año”. Cerré los ojos como respuesta. Sí, yo me había transformado y por ello la vida se revelaba con nuevos, bellos y desconocidos colores. Le agradecí por aquella conversación sobre el poema de Lao Tsé y por aquellas palabras que me auxiliaron al encontrar el entendimiento necesario para fortalecer mis elecciones y retomar el poder ante mi propia vida. Pude abrir las alas para alzar el vuelo que sólo es posible cuando vivimos un sueño. Dije que ahora comenzaba a entender el arte de mantenerse suspendido en el aire. El monje apenas sonrió. Adicioné que no recordaba haber sido tan feliz. El Viejo señaló: “Sí, siempre cambiamos para mejorar. Esta es una de las leyes de la vida. Cuando no nos sentimos así es porque aún no hemos efectuado el movimiento exacto”.

Aproveché para pedirle disculpas por haber sido sarcástico cuando él intentó enseñarme algo tan importante. El Viejo parecía imperturbable en sus virtudes: “Solamente la vida enseña, Tiago. Soy tan sólo un compañero de jornada señalando uno u otro paisaje del Camino”, hizo una pausa y finalizó: “Con relación a las disculpas, no es necesario. El mejor pedido de disculpa es demostrarle al otro que la lección fue aprendida”.

Una lágrima rebelde escapó de mis ojos.