SORTIL

Iba por la calle ahorita caminando mientras volvía de ver liga de la Justicia, luego de la Biblioteca y cada gotica de agua que me caía me hacía pensar lo bonito que ha sido haberte conocido y conocer a cada persona. Fue un encuentro inesperado, un regalo de los sucesos y me sonreía en cada paso, lo que te he escrito y lo que te deseo escribir, mis ideas y mis momentos ahí van y sé que los guardas, no sé con qué fin, pero los guardas y te sacan una sonrisa, quizá tan grata como la que yo tengo ahora mientras te escribo (En el desconocimiento hacia ti y toda la inspiración que eres) o como la que tienes cuando te ves en un espacio que acoge y regocija lo que quieres y quién eres, es la magia que hacen las ideas. La magia de las gotas está en brindar esa claridad para pensar y en construir momentos cliché o hermosos, yo digo de inspiración absoluta. Y es queme inspiras cada instante, cada paso, me hallo en lo bonito que es haberme topado con tanta calidad humana, esa que brota y no necesita que hayan mil encuentros y millones de segundos compartidos para tener todo plasmado, al menos todo lo bello que no solamente se refleja en el horizonte.

Quizá en el silencio haya una gran perfección, pero en los acordes que genera la lluvia hay un no sé qué, una loca melodía que perfectamente se refiere a todo lo que quisiéramos mostrar… quizá es un silencio mejorado o un silencio más paciente y menos exigente, no sé, la verdad no sé de dónde tanta vida, tanta lucidez para expresar y a la vez sin la capacidad de hacerlo, me desborda, es bello, encuentro en la Lluvia lo que todo niño, joven, adulto debería que son nuevos tiempos, esos que dicen que el amor no es la excepción al decir que se debe todo volver a intentarse, que la música la puede hacer cualquier alma con necesidad de arte…

Anuncios

LA MARSELLESA. EL BELICOSO HIMNO DE UNA REVOLUCIÓN QUE SOBREVIVIÓ INCLUSO A LOS NAZIS

El himno francés ha sobrevivido al paso de los siglos y al de regímenes hostiles –como el napoleónico o el de Vichy–, que intentaron sustituirlo a causa precisamente de su carácter revolucionario y de su belicosa letra. «¡Vienen hasta vosotros a degollar a vuestros hijos y vuestras esposas! ¡A las armas, ciudadanos! ¡Formad vuestros batallones! ¡Marchemos, marchemos! ¡Que una sangre impura inunde nuestros surcos!», reza el estribillo de La Marsellesa, que vale para advertir tanto entonces a los enemigos austríacos como a los terroristas islamistas ahora.

En la película estadounidense «Casablanca» (1942), el local nocturno de Rick Blaine (Humphrey Bogart) vive un duelo de himnos entre un pequeño grupo de alemanes que canta «Die Wacht am Rhein» (El guardia sobre el río Rín), acompañados de un piano, y un numeroso grupo de franceses que termina imponiendo su melodía nacional, por entonces prohibida en Francia. «Toquen la Marsellesa», reclama uno de los personajes a la orquesta, antes de que las voces francesas se coman por completo a las alemanas. Y es que resulta difícil vencer al peso histórico de una canción que nació en tiempos bélicos. El actual himno francés fue escrito y compuesto el 25 de abril de 1792 por el poeta, músico y capitán de ingenieros Joseph Rouget de Lisle, destinado en el batallón «Enfants de la patrie» de Estrasburgo.

En ese momento, Francia estaba inmersa en una guerra contra Austria y otras potencias europeas que exigían la liberación de los Reyes de Francia y poner punto final a la Revolución. Leopoldo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, fue el enemigo más visible en estas primeras fases del conflicto, puesto que temía la posible expansión de la revolución francesa a sus territorios y porque en el fondo velaba por el bienestar de su hermana, María Antonieta, la reina de Francia que había sido depuesta del trono. A pesar de ello, se opuso en un principio a una intervención armada en Francia y tuvieron que ser los propios revolucionarios quienes le declararan la guerra.

Las tropas marsellesas que llegaron a París

El día 24 de abril, el alcalde de Estrasburgo convocó a varios oficiales, entre ellos a Rouget de Lisle, para levantar la moral de las tropas con iniciativas tales como componer un himno patriótico para el ejército del Rhin. Rouget escribió la letra y compuso la canción, inspirándose en un cartel que había visto en la calle con la proclama «Aux armes, citoyens!» («¡Ciudadanos, a las armas!»), la cual tituló como «Chant de guerre pour l’armée du Rhin» («Canto de guerra para el ejército del Rin»). En poco tiempo, el himno adquirió gran difusión entre los soldados y, en julio de 1792, alcanzó París gracias a los voluntarios marselleses que lo entonaron por las calles de la capital cuando acudían en su defensa. De ahí viene su nombre.

La letra de la Marsellesa, uno de los primeros himnos que no nombra a Dios, está repleta de amenazas explícitas («Temblad, tiranos, y vosotros, pérfidos, oprobio de todos los partidos, ¡temblad! ¡Vuestros planes parricidas recibirán por fin su merecido!») contra los enemigos del país, así como de referencias antimonárquicas. Es por esta razón que, pese a que en un principio Napoleón Bonaparte recurrió a ella dentro del aparato propagandístico que le llevó a la cabeza de Francia, prohibió su uso durante la etapa del Imperio.

Rouget de Lisle canta La Marsellesa por primera vez.
Rouget de Lisle canta La Marsellesa por primera vez.
Precisamente a Napoleón se le atribuye la cita más famosa sobre el himno: «Esta música nos ahorrará muchos cañones». Entre prohibiciones y el olvido, la Marsellesa vivió momentos complicados también durante la Restauración, al igual que su autor. Rouget de Lisle fue encarcelado durante el periodo de la Revolución francesa conocido como El Régimen del Terror y condenado a muerte. Se dice que se libró por ser precisamente el autor del himno patriótico. Tras combatir en Vendée, abandonó el ejército en 1796 y vivió sin apenas ingresos en Lons-le-Saunier. Luis Felipe I le concedió una pequeña pensión correspondiente a la Legión de Honor.

La Marsellesa es una de las canciones más mencionadas en los informes policiales de la Revolución francesa
Además de La Marsellesa, que ha tenido distintas letras y ritmos a lo largo de los años, convivieron en el mismo periodo histórico otras canciones de corte revolucionario. Una de las más famosas es «La Carmagnole», especialmente popular durante el Reinado del Terror. La canción fue introducida por las tropas que regresaban de Italia durante la Revolución y tiene como claros destinatarios a María Antonieta y al rey Luis XVI de Francia. Otra melodía que gozó de mucha fama fue «la Ça Ira», una canción popular cuya letra fue modificada tras la toma de la Bastilla. Su contenido es mucho más violento que la Marsellesa y «La Carmagnole», con amenazas de muerte y de tortura a los aristocratas y a los reyes incluidas.

Un símbolo de la revolución mundial abucheado

La Marsellesa fue rehabilitado por la Revolución de 1830, pero hasta la Tercera República (1879) no adquirió la consideración de himno oficial. Más tarde fue también prohibida por el Régimen de Vichy, bajo la influencia de los nazis, puesto que a esas alturas era un himno no solamente vinculado a los revolucionarios franceses o a la Resistencia, sino a todos los movimientos obreros del mundo. Entre las canciones populares entonadas durante la Revolución rusa de 1917, la Marsellesa es una de las más mencionadas tanto en los informes policiales como en las crónicas de los escritores contemporáneos.

E.N. Burdzhalov, el primer historiador de la Revolución de Febrero, afirmó que la victoria de la revolución llevaba de fondo el ritmo de la Marsellesa. No obstante, como ocurría en la propia Francia, los rusos adaptaron la melodía, el ritmo y su letra a sus circunstancias políticas. Mientras la Marsellesa original era una declaración de la unidad nacional, «la Marsellesa de los Obreros» era una canción de protesta social, que apelaba a la clase trabajadora y a la gente hambrienta con un tono aún más agresivo: «¡A por los parásitos, los perros, los ricos! Sí. Y el malvado Zar-vampiro! ¡Matad y destrozadles, los viles puercos!».

A principios del siglo XXI pareció que el aura de canción respetada por todos e inmune a los partidismos abandonaba la Marsellesa al fin. Distintos ataques al himno nacional a través de abucheos y desprecios en el ámbito deportiva abrieron un profundo debate en la sociedad francesa sobre lo qúe estaba fallando. Ocurrió primero en el 2002, antes del comienzo de la final de la Copa en el Estadio de Francia entre el Lorient y el Bastia, un equipo de la región nacionalista de Córcega, se registraron varios desprecios a los símbolos nacionales. Algo que se repitió también en varios partidos internacionales. Así, en 2001,el himno fue pitado con ocasión de un amistoso entre las selecciones francesas y argelinas y el partido tuvo que ser suspendido en el minuto 75 cuando aficionados del país africano invadieron el césped.

Como ministro del Interior, Sarkozy impulsó la Ley de Programación para la Seguridad Interior (Lopsi), que creó en 2003 el delito de ultraje a la bandera y al himno nacional franceses, sancionándolos con penas de hasta seis meses de prisión y 7.500 euros de multa. Asimismo, Nicolas Sarkozy estableció, ya como presidente, que si se pita el himno frente al combinado nacional, los miembros del gobierno deben abandonar el estadio, el árbitro suspender el partido y el gobierno anular todos los encuentros amistosos contra el país rival durante un periodo de tiempo por determinar.

Muchas gracias por tomarse unos minutos para leerme. Si les gustó, compartan el texto utilizando el numeral #MiércolesDeHistoria

Topar

Desconfío que pueda algún día presenciarte. Te veo en fotos, donde la cámara hizo de las suyas y te retrató perfecta, no sólo por bella, tanta que seguramente causaría una guerra entre dioses para elegir un digno amante. Si no, porque en tus fotos se escapa una pizca de tu esencia y con eso basta, con eso basta.
Es suficiente para dejarme pensativo, inspirado, descuadrado. Acerca de la grandeza del universo que te contiene y la del universo que contienes. Quizás por eso tardó tanto la vida, porque acomodar tantas moléculas, de esa manera tan magistral es un hito que trasciende todo. Y, si una foto causa eso, de imaginarme tu pelo al viento, tus labios húmedos y tus ojos vivos, hasta lo intangible de mi ser tiembla.

MUJERES Y FARMACIA

«Las mujeres siempre han sido sanadoras. Ellas fueron las primeras médicas y anatomistas de la historia occidental. Actuaban como enfermeras y consejeras. Las mujeres fueron las primeras farmacólogas con sus cultivos de hierbas medicinales, los secretos de cuyo uso se transmitían de unas a otras. Y fueron también parteras que iban de casa en casa y de pueblo en pueblo.

Durante siglos las mujeres fueron médicas sin titulo; excluidas de los libros y la ciencia oficial, aprendían unas de otras y se transmitían sus experiencias entre vecinas o de madre a hija. La gente del pueblo las llamaba -mujeres sabias-, aunque para las autoridades eran brujas o charlatanas.

La medicina forma parte de la herencia de las mujeres, pertenece a su propia historia, es su legado ancestral».

Entre la cartársis y la serendipia

Ven y camina conmigo, tómame de la mano, puedo mostrarte el mundo con los colores que solamente tú, puedes hacerme ver.

Ven y camina conmigo, abracemos el tiempo que se queda perplejo al vernos juntos, pobre de él, se detiene al vernos.

Ven y camina conmigo, te mostraré que toda historia pasada fue mejor, sólo si no escribes una historia nueva ahora, una historia que escribiremos los dos.

Ven y camina conmigo, muévete, porque hay que buscar, quien no busca se queda estancado, se pierde.

Ven y camina conmigo, huye de tu paso por el invierno, porque más adelante está el verano, allí donde ríes y opacas la luz del sol.

Ven y camina conmigo, llenémonos de vida, hagamos la vida; porque hay que huir de todo de vez en cuando, cada vez que sea necesario, ser otros, o si lo prefieres, ser uno.

Ven y camina conmigo, porque sólo juntos, podremos lograrlo.

ELLA

Me contaron que estabas muy feliz, quería saber la razón. Por eso, con mucha mucha calma me acerco y pregunto, discretamente ¿Cómo te va y qué haces?

Ella me contestó sin siquiera dudarlo: “¡Oh, estoy muy bien!” Y me salio con esta perla, propia y esperada sólo de Ella “No ves mis cachetitos rojitos y mi sonrisa muy muy amplia”

Yo, como buen chico tímido miré a los lados y metí las manos en los bolsillos, hice un gesto con la mirada, sonreí y seguí sonriendo…pasaron un par de minutos y luego de un silencio (Propio de un encuentro con quien te sonroja el alma) dije “Oye, me alegra verte. ¿Qué vamos a hacer ya que nos topamos?”

Ella, ay, Ella como toda una experta en el arte del diálogo me miró a los ojos y comenzó a decir “Pues tenemos café caliente, tiempo de sobra…quizá…quizá sentarnos en esta esquinita a mirar la tarde”

Yo, no sé, Yo no era tímido hasta que Ella y su habilidad para enmudecer la vida aparecían, sin pensar y con algo,…un algo que salió de por allá donde uno no sabe cuándo se siente que ama como nunca, como no sabía que lo haría le mencioné “Pero, me das la manito…te, te, ten, tengo acá unas galletitas para nosotros y…y…”…Ella sin pensarlo le dijo “Y acepto, vamos pues. Yo conozco el mejor lugar de la acera para sentarse”

Y así caminamos, era de su mano, la mano que llevaba tanto añorando agarrar y haciendo una pausa le dijo “¡Contigo hasta que El Principito sea adulto!”, Yo estaba loco, pues El Principito ya era adulto. Pero acá lo más importante era que supiera que íbamos sin ir, con las ganas, cada trazo, como con el ritmo que prometiera la vida y Dios. Ella con su mirada burletera empezó a correr, pues, me dejó atrás pero no contaba con mi reacción que fue instantánea y me permitió alcanzarla, le robé un abrazo y en esa carrera (No tan corta como suena allí), estuvimos en la acera que queríamos.

Saqué mis manos a pasear por ahí y logré hacer mi acto…lo tenía planeado desde que la vi aquella primera vez, era un abrazo mágico; sostenía todo el cariño que quería que sintiera de mí hacia Ella, todo y hasta más…era magia pura lo que lanzaba, me sentí Gandalf, no, no…, era Merlín, tal vez el mismísimo Dr. Stranged, quién iba a saberlo, mi abrazo era magia pura…

Esta historia continuará, cada que quieras leer un poco más de lo que va…

La Mejor Novia

Cuando entré al taller de Lorenzo, el elegante zapatero decidió terminar la jornada aunque todavía estábamos a mitad de la tarde. Apreciador de los vinos tintos y de los libros de filosofía, tenía en el martillo y en el alicate las herramientas de su oficio; las ideas con que coloreaba el mosaico de la vida, los instrumentos de su arte. Su taller no tenía hora determinada para abrir o cerrar. El funcionamiento variaba según la voluntad del artesano y, en la pequeña ciudad, los horarios inusitados del local ya se habían vuelto una leyenda. Los dos veríamos un juego de fútbol por televisión en una animada taberna. Era uno de los tan anhelados juegos finales del campeonato. Lorenzo creyó que aún había tiempo para conversar un poco antes de irnos y fue a hacer una jarra de café para animar las palabras. Cuando puso las dos tazas humeantes sobre el mostrador fuimos sorprendidos por un tornado en forma humana. La hermana menor del zapatero invadió el pequeño taller y nos dio la sensación de que su ímpetu agitaba todo a su alrededor. Lucy era su nombre. Hacía mucho había dejado de ser una niña y aunque ya tenía más de medio siglo de existencia, todavía mantenía el frescor de la juventud. Sus ojos azules contrastaban con la piel morena y el cabello negro; era bellísima. Una persona agradable en el trato, atenta y buena amiga. Muy dedicada a los estudios, se había vuelto una respetable jueza de derecho de la región, lo que le proporcionaba una vida cómoda económicamente. A pesar de tantos atributos no era feliz. Uno de sus deseos era tener un matrimonio estable, al lado de una persona con quien pudiese compartir todos los momentos de la vida. Con muchas cualidades personales, sus relaciones afectivas eran efímeras y, por razones que no podía entender, no se sostenían. Este era el motivo de aquella visita repentina; su último novio había acabado de terminar el romance.

Estaba angustiada. Había venido en busca de entendimiento. Lorenzo le pidió que se sentara y le sirvió una taza de café. De inmediato Lucy comenzó a recitar una gran letanía de incomprensiones. Decía, de modo sincero, que no entendía el motivo por el cual todas sus parejas rompían la relación. Siempre estaba dispuesta a ayudar al compañero con sus problemas personales, era amiga, leal, cuidadosa y dedicada. Comentó que conversaba con sus amigas y ellas tampoco entendían el motivo por el cual los romances no prosperaban. Todas la consideraban la novia perfecta.

Como quien no quiere nada, el artesano le pidió que le hablara un poco, no sobre ella a quien bien conocía sino sobre sus amores. En un intercambio rápido de miradas con Lorenzo, como viejos amigos que éramos, entendí la estrategia del sabio zapatero: el corazón habla más sobre sí cuando revela su visión sobre el otro. Lucy comenzó por el último. Contó que él era un gran empresario del ramo de supermercados, una persona alegre y cariñosa, un hombre rico y generoso, pues ayudaba a varias entidades filantrópicas. No obstante, respondía ante un serio proceso por evasión fiscal. Explicó que ella, como juez, no se sentía cómoda al relacionarse con una persona con tal problema y le había pedido que resolviera la situación cuanto antes. Llegó hasta ofrecerse para conseguir un préstamo bancario con la intensión de saldar la deuda o, en caso extremo, consideraba retirarse de la magistratura, pues así se sentiría más cómoda para casarse.

Otro enamorado, anterior a ese, era un talentoso artista plástico, hombre sensible y amoroso, con raro talento. Sus pinturas eran de gran belleza y la emocionaban. Confesó que no entendía como su trabajo nunca había interesado las grandes galerías internacionales. Él tenía dificultad en mantener su propio sustento, la venta de los cuadros era escasa y limitada a la feria pública en la plaza de la ciudad. Recibía una ayuda del hermano, de quien era muy amigo, para complementar la renta. El hermano era conocido por ser dueño de un famoso y polémico cabaré que, según las malas lenguas, era un canal para la prostitución. Aunque su novio no estuviera involucrado con el negocio, aceptaba una mesada para el auxilio de sus gastos personales. Lucy lo estimuló a retomar la universidad y terminar el curso de arquitectura que había abandonado para dedicarse a la pintura. Él podría vivir con ella hasta graduarse, lo que reduciría los gastos, y después de diplomado podría valerse del buen circulo de relaciones de ella para realizar plantas y proyectos. Tan sólo quería que su novio tuviera las condiciones necesarias para que no aceptara más el dinero, de dudoso origen, venido del hermano.

También relató otra relación en la cual el novio era un dedicado médico que trabajaba en hospitales públicos. Amaba verdaderamente la medicina y tenía una intensa pasión por curar. Un hombre extraordinario, un ser generoso y un buen amante, no obstante el poquísimo tiempo que tenía disponible para la relación. Como había elegido atender la parte de la población de bajo poder adquisitivo trabajaba mucho y ganaba poco, comparado con la posibilidad de tener un consultorio propio, donde podría equilibrar mejor la relación entre tiempo y remuneración. Ella no dudaba del éxito que tendría, pues había acumulado hasta ese momento mucho conocimiento y experiencia con la dedicación profesional y desprendimiento material que poseía. La ardua rutina del médico le impedía viajar, ya fuera por la falta de tiempo o de dinero, al menos a los destinos más caros y renombrados deseados por Lucy. Se ofreció a ayudarlo a montar un consultorio o a asumir los costos de los viajes que ella soñaba hacer, pues esta era una de sus grandes pasiones.

A medida que Lucy narraba sus historias, quedaba claro que las relaciones terminaron cuando ella insistía en modificar la manera como los novios vivían. Por diversos motivos, sus estilos de vida le incomodaban.

Lucy iba a comenzar a relatar otro romance cuando el hermano hizo un gesto suave con las manos declarándose satisfecho. En busca de aprobación, ella le preguntó al zapatero si creía que estaba equivocada. “Sí y no”, él respondió. Lorenzo tomó un sorbo de café y dijo: “Todos tienen el derecho de buscar a la persona de sus sueños, aquella que se encaje con sus ideales de felicidad. Sólo no podemos exigir que los otros se adecuen a nuestros conceptos de mundo ideal”.

La hermana protestó diciendo que apenas ‘ofrecía lo mejor y por esto exigía a cambio lo mejor del otro’. El zapatero pronto replicó: “Me parece que el problema reside exactamente en este punto, pues si ambos piensan así podemos derivar en nefasta competencia movida por el orgullo de saber quien tiene más para ofrecer y, pronto, exigir compensaciones cada vez más inaceptables”. Meneó la cabeza como quien dice que todo estaba errado e intentó explicar: “Pienso que el amor para que sea amor nos lleva a ofrecer lo mejor que somos, sin exigir nada como retribución, o no es amor. Cuando no podemos sentir alegría en el simple hecho de ayudar en la felicidad ajena e incluimos tributos en nuestra oferta, el amor se deshace en el aire”. Se encogió de hombros lamentándolo y dijo: “Para vivir el amor es preciso entender al amor”.

Ignorando la observación, ella alegó que su posición era justa y, como mínimo, razonable. Lorenzo levantó las cejas como diciendo que aquella conversación no sería fácil y discrepó con serenidad: “No es justo ni razonable”, ante la expresión de espanto de Lucy, el artesano trató de explicarle: “Compartir lo mejor de sí es multiplicar el poder de la luz que existe en ti. Al compartir tu equipaje iluminas los pasos de quienes están perdidos, haces que sea posible que aquellos que están sentados en el borde de la carretera vuelvan a caminar. Por tanto, es necesario renunciar al control sobre los otros y a la necesidad de cualquier tipo de retribución, aunque sea un simple agradecimiento”. Hizo una pequeña pausa e hizo una pregunta retórica: “¿Entiendes que no es justo ni razonable pedir nada a cambio? La vida devuelve mucho más cuando ofrecemos amorosamente lo mejor de nosotros. Por tanto, cualquier auxilio debe estar desconectado de la sensación de supremacía sobre el otro, de reverencia, dependencia o cualquier cobro o será un triste ejercicio de vanidad y dominación. Cuando exiges de la otra persona una determinada actitud, en contrapartida, acabas reduciendo el amor a la condición de un mero negocio y pierde la ligereza indispensable para sostenerse en el aire. La felicidad no reside en la construcción de muros altos en el intento de controlar al otro, sino de compartir con toda la gente la alegría de crear las propias alas para atravesar los abismos de la existencia. El vuelo es solo, pero es lindo cuando alguien nos puede acompañar”.

Los ojos de la hermana estaban encharcados y una lágrima le corrió por el bello rostro. Gimiendo dijo que siempre se había esforzado para ser la mejor amiga de sus novios. Lorenzo completó el raciocinio: “Y terminaste siendo la peor novia”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “Fuiste grande cuando ofreciste lo mejor de ti y lo que creíste ser lo mejor para ellos. En ese instante el cielo se puso de fiesta. Todo se perdió cuando les exigiste la aceptación incondicional de la oferta y el cambio de comportamiento para que se adecuaran a aquello que pensabas estar a su altura. ¿Percibes que en el fondo no actuaste por amor sino por miedo a que la vida de ellos afectase la vida que habías escogido para ti misma? Entonces resolviste intervenir en las elecciones ajenas. Tu los querías, pero los querías diferentes de lo que realmente eran. Querías apenas la parte buena o lo que tu nivel de consciencia entendía como la parte buena. ¿Entiendes que, si ellos hubieran aceptado, perderían la propia integridad o la autenticidad que tanto nos diferencia y encanta? De cierta manera, inconsciente o no, te imaginas perfecta, crees que eres mejor que tus novios y, lo peor, aún estás presa a las expectativas y opiniones del mundo sobre tus elecciones y verdades. Con eso pierdes la miel de la vida y todo lo bueno que cada persona puede proporcionarte. La exigencia por lo perfecto te impide aprovechar lo posible. Entonces, los ángeles terminan la fiesta por desarmonía en el ritmo de las canciones”.

Lucy lloró mucho y no pronunció palabra. Lorenzo la abrazó con amor por largo tiempo. Después enjuagó las lágrimas de la hermana, la besó en la frente y habló con los ojos dulces y la voz serena: “No puede existir mayor tontería que el deseo de modificar a los otros. Transformarse a sí mismo es tarea que cabe a cada uno de nosotros. Aprender, transmutar, compartir y seguir son las directrices; iluminar las propias sombras es la batalla que nos aguarda. Ahora es enjuagar las lágrimas, cicatrizar las heridas y recomenzar. La vida no desistirá nunca de ti ni impedirá tu felicidad. Siempre existirá una nueva oportunidad”.