VIAJES EN PARACAÍDAS CERRADOS CON FRENOS DE MANO

Yo quiero hacerte feliz bebé, en todo momento.

Mira que Hans es tu hijo adoptivo y todo porque lo quiero infinitamente como a ti y deseo cuidarlo para mostrarte lo mucho que te quiero.

Estaba en una vía de la gran ciudad recorriendo sin rumbo, iba caminando muy rápido, era la calle donde más miedo siempre me ha dado estar, esa calle carga muchos momentos lúgubres, en esa calle cada que pasaba sentía cómo mi vida perdía sentido, no entendía qué era lo que me rodeaba, veía sujetos pero no estaban cerca, era irresponsable de mi parte dejar que mi recorrido por esa vía principal de la gran ciudad terminara en ese lugar, qué miedo. Iba súper corriendo, ya me perseguía alguien o eso pensaba, me estaba alcanzando, era increíble todo esto; de repente encontré una vía, era una callecita pequeña pero donde había seguridad, era un lugar con calma, me abrieron la puerta y allí pude estar. –Saludé y dije que estaba asustado–, me hicieron varias preguntas, tocaban a la puerta con fuerza, parecía eran los sujetos que me perseguían o eso creía, me dijeron que no mirara allá, que allí estaría bien, me hacían responder las preguntas y me daban calma en cada momento, me abrazaron, me dieron la mano y me cuidaron, era una paz increíble, no podía creerlo.

Intentaban tumbar la puerta pero entonces en este lugar me acompañaron a coger una salida distinta, mi recorrido iba a seguir, sin pausa y este lugar me dijo, dijeron, menciona, mencionaron -Te acompaño- -Te acompañamos-, esta ciudad que es la vida, tiene calles muy largas, las llamaremos momentos de la vida, esta calle se interconecta como las grandes avenidas con otras vías y por eso no se acaba tan rápido, puedo tomar o no atajos, pero no quería eso, las partes o lugares lúgubres, quizá sean momentos difíciles o temores ¿Quién lo sabrá? Y ese lugar en el que me acogieron cuando volteé y toqué, quizá ese lugar sea otra ciudad con sus dinámicas y sus grandes avenidas, sus zonas peligrosas y aspiro haber sido o ser, una calle especial donde haya esa sensación de sector o desvío valioso, puntual, una Serendipia en el recorrido por la ciudad que es nuestra vida y una real, divertida, alegre y hermosa coincidencia. 😙

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AUTOBIOGRAFÍA DE LA VILLA

Por Roberto Luis Jaramillo

 

Yo, Medellín, tuve una gestación anormal. No nací como muchas ciudades y pueblos, no fui fundada, y por eso no existe acta o documento oficial que diga que nací.

Yo era un valle interandino, aluvial, muy distinto de otros conocidos, con un régimen de vientos especial, lo que determinó mi fertilidad y aptitud para la vida vegetal y animal. Los indígenas o naturales de mi seno, agricultores, cazadores, textileros y salineros, me llamaban Aburrá, y en 1541 fueron sorprendidos por unos hombres raros, barbados y violentos que entraron por una de las montañas del sur. Mis indios fueron atacados, violentados y derrotados, por lo que se dispersaron, lo que alteró las relaciones sociales y la economía natural. Los invasores comieron, durmieron y madrugaron para explorar todo mi valle y los espacios cercanos, así como el altiplano oriental y las montañas que los llevaron al occidente. Desarticulada mi gente, nos dejaron en paz pero no en olvido, pues escribieron que yo era un valle que daba comida “de vicio”, por lo abundante de mis animales y mis frutos. Tan atractivo era que esos conquistadores volvieron con más gentes, porque mi naturaleza les daba todas las garantías para una larga vida. Aquí se proveyeron para salir al norte, bordeando mi río Aburrá, y llegaron a las calientes tierras de oro del Yamecí. Otra parte de los invasores se aventuró en las selvas del occidente en busca de una salida al mar, y la hallaron, pero los indios catíos les hicieron la guerra y les destruyeron una y otra vez la ciudad española de Antioquia. Derrotados, los conquistadores regresaron y establecieron una villa en una breve llanura que forma el Tonusco al desembocar en el Cauca; esa villa se llamó Santa Fe, caliente, seca y pacífica, contrario a la húmeda, selvática y guerrera ciudad de Antioquia. Desde allí se dedicaron a explotar mi valle a lo largo y a lo ancho: los ganados caribeños que habían entrado por Urabá se reprodujeron con rapidez, y fueron traídos pequeños hatos que se asentaron en mis praderas del norte, río Aburrá abajo, en lo que se llamó después Hatoviejo; más adelante había otro gran hato, con vacas, caballos, mulas y cerdos, que se llamó Hatogrande, por lo rico; y más abajo, otro pequeño, en los potreros de Diego de Caldas Barbosa, que se llamó El Hatillo.

Autobiografía de la villa

Basílica Menor de Nuestra Señora de La Candelaria. Pastor Restrepo, 1875.

La parte lluviosa de mi valle era y sigue siendo el sur, una antigua y extensa sabana y unos vallecitos transversales, todo apto para un mundo agropecuario; la mejor tierra se adjudicó al conquistador Gaspar de Rodas, y las sobras a pequeños encomenderos. Vino, pues, el reparto de mi suelo plano, de mis faldas y de mis montes, de animales terrestres y volátiles, de cultivos, de salados y de aguas. También repartieron mis indios naturales entre varios encomenderos, me cultivaron con semillas españolas, me cruzaron de caminos, y me cambiaron mi vida y mi figura totalmente, desde el río hasta las cumbres. Con el tiempo, mis indios casi se extinguieron, y por ello trajeron gentes de otros lugares: indios, negros, mestizos y blancos. Eran los tiempos de mi lactancia colonial, cuando era claro que yo era la despensa de toda la provincia antioqueña.

Tengo que decir que en hatos y en estancias se levantaron casas al estilo de las de mis naturales: de bahareque con techo de paja. ¿Los caminos? Los de antes de la invasión, que ellos usaron para llevar todo lo que aquí se cazaba, criaba o cosechaba a las tierras secas, o a las minas de tierra fría y caliente. Como la ciudad minera de Los Remedios quedaba cerca, esclavos y amos se proveyeron de mis productos y carnes vacunas y de cerda, y lo mismo suministré a los mineros de Santa Fe, Buriticá, Cancán y Guarne.

En mi valle, todo él un cruce de caminos, tuve que padecer la actividad de mercaderes y comerciantes, arrieros, matarifes, vagos y ladrones, estancieros y pequeños agricultores, y peones. Llegaron asturianos, castellanos, extremeños, muchos andaluces, y uno que otro peninsular vino del país vasco. Ya les dije que los dueños de hatos y estancias vistieron mi valle con ganados y cultivos de pancoger y panllevar, y cuando mis habitadores quisieron más estabilidad, al tiempo que maltrataban a mis indios, el gobierno español quiso hacer algo por todos y poner un poco de orden: en la parte más fértil y lluviosa, entre el río y el pie de monte, se fundó por la autoridad mi primer poblado, para ser habitado exclusivamente por indios porque las antiguas caserías de mis naturales habían desaparecido. En 1615 por fin se entabló ese Poblado de San Lorenzo para que en él vivieran mis indios aburreños junto con los traídos de otras partes: todo un repoblamiento que fracasó con el tiempo, porque aquí la dinámica no daba para exclusiones. Como sus terrenos comunes estaban dizque fuera del comercio, se dijo que ya eran demasiados para tan pocos indios; en efecto, a sus veinticinco años de existencia solamente vivían en mi Poblado de San Lorenzo doce indios tributarios. Entonces, movidos los linderos en favor de un rico encomendero –minero, ganadero y agricultor en grande–, sus nietos y nietas ocuparon todo y conformaron familias extensas que ostentaron la propiedad del suelo entre mi fracasado pueblo y una sabaneta que cerraba el valle con un ancón al sur. Con el paso de las generaciones resultó que todo el blanquerío de agricultores que vivía entre Sabaneta y la quebrada El Indio descendía de aquel rico encomendero. Ellos establecieron pequeños hatos y sembradíos, se olvidaron de ser españoles, se volvieron criollos, analfabetas, descalzos, pequeños propietarios y… blancos, eso sí, con unos pater familias que permitieron a los suyos levantar pequeñas casitas tan apiñadas, tan inmediatas, que pronto necesitaron auxilios para el espíritu y se levantaron ermitas y capillas, tan comunes en todo mi valle. Hasta hubo cura para atender los pecados de indios, negros, mestizos, blancos y demás gentes.

Se formó un pequeño mundo en el que se hacían fiestas de todo y para todos: de San Lorenzo, para los indios míos y ajenos; de la Virgen de La Luz, las Candelas o La Candelaria, para las castas, aunque especialmente para negros y mulatos de aquí y de Guarne; y de Santa Bárbara para proteger de rayos y centellas mis ranchos de paja, pues la teja no la conocíamos por estos lares, aunque las abundantes gredas y arcillas de El Guayabal se mostraran provocativas para los maestros alfareros.

Con el tiempo, todo mi valle fue propiedad privada. Todo él estaba ocupado, y varios núcleos de ranchos y casas se notaban dispersos en distintos “sitios”, como los calificaban los gobernantes que creían mandar sobre mi vida movida y sin descanso. Entre hatos y estancias no quedó una vara de tierra sin dueño y sin explotar. El mejor sitio para establecer casas, con calles, plaza para mercado y fiestas, y hasta una ermita, estaba ubicado en las orillas del hato bien vestido de ganados y cultivos que había en el crucero de la quebrada de Aná con mi río principal, el Aburrá. Por entonces, en esas orillas vivían ya muchas gentes de todas las castas y colores. El rico y poderoso Hato de Aná se fue volviendo un vividero muy apetecido, pues estaba en todo el centro de mi delicioso y habitable valle de Aburrá.

Autobiografía de la villa

Plaza principal de Medellín. Melitón Rodríguez, 1891.

Como las fiestas eran un aglutinante, hacia 1636 un tal Juan Buesso de la Rica, pésimo administrador español del hato de Aná, comenzó a mercar algunas estancias y pequeños lotes en desorden para satisfacer la amplia demanda de gentes de todas clases que querían vivir a orillas de la Aná; pronto comenzó una especulación con aquellos retazos de suelo. Fue espontáneo e irregular el asentamiento de familias y de hombres solos en ranchos y casas, en unos principios de callejones y calles, pues todo eran senderos y zanjones que llegaban a los caminos que subían a Guarne, Rionegro, La Ceja de Arma y los campamentos de Remedios. Otros senderos salían al sur por el viejo camino de los aburraes que pasaba por Guayabal hasta llegar a Itagüí; dos más salían para el norte, hacia Hatoviejo, Hatogrande, El Hatillo, El Potrero y las minas de Los Osos, hasta llegar a Cancán, una mina de remedianos; un cuarto camino llevaba a Otrabanda, enfrente de la boca de la Aná, en la desembocadura de la quebrada La Iguaná, un delta interno cascajoso, arenoso e inquietante, un resumidero de aguas que regaba la fértil porción de pequeños valles transversales, muy cultivados. Quiero dejar claro que a dos notables culatas mías con sendas cuencas, ubicadas en todo el centro del valle, se deben los dos regadíos que fertilizaban las tierras aluviales de Aná, al lado oriental, y de La Iguaná, al occidental. Y como el lado más habitado era el de la Aná, al del frente se les llamó Otrabanda.

La visita de un obispo fue ocasión propicia para reordenar la vida espiritual de mis pobladores, tan pecadores ellos. Se sabía que hacia el norte de Aná las lluvias eran pocas y muchos los hatos valiosos, contrario al sur, de abundantes lluvias, apto para los agricultores. Y la culata donde nace La Iguaná, que después fue bautizada como San Cristóbal, se había destinado al cultivo de hortalizas. Pero el obispo reordenó la administración de las almas que en mí habitaban, y le quitó a mi doctrinero de Aná y del antiguo poblado muchos feligreses al crear otra doctrina con doctrinero aparte: ya tenían los del norte un clérigo al cual pagar diezmos para lavar sus pecados. Ya mi valle tendría dos doctrinas y dos curatos, más apegado a mí el de Aná que el de la zona ganadera, que más parecía un apéndice del párroco de Antioquia. Mis gentes se sentían divididas entre antioqueños y aburreños, y yo me sentí en medio de mil tensiones que me molestaron tanto como para pensar en ser una villa aparte, independiente.

Si mi valle era tan próspero, ¿por qué dependía yo de los decadentes cabildos de la pobre ciudad de Antioquia? ¿Por qué se pasaron a vivir en mí casi todos los señorones importantes de allá, hasta el punto de que allí quedaron solamente doce vecinos? ¡Y esos doce vecinos me mandaban, me fijaban los precios de la carne y del maíz, me impedían conseguir un gobierno propio, me fregaban con fieles, pesas y medidas! Como mi poblamiento era rural y disperso, necesité unos núcleos para cohesionar a mis habitantes, tan lejanos de las autoridades.

Con el tiempo me propuse ser una villa que tuviera como jurisdicción a todo mi valle. Se mandó a hacer un padrón como el de la Biblia y se contaron todas las personas que aquí habitaban: cabezas de familia, servidumbre, empleados, libres, advenedizos y todo lo que oliera a humanidad.

Autobiografía de la villa

Mercado público. Melitón Rodríguez, 1886.

El resultado me maravilló, pues se me contaron hasta dieciocho sitios o agrupaciones, e incluso nueve sacerdotes, dos de los cuales eran mis curas doctrineros. Pude pasar revista a ranchos de paja, que eran los más, y a muchas estancias, finquitas y mangones y mangas, todos dispersos. En Aná también conté y observé casitas de paja y bahareque, más unas pocas de teja y tapia y varias mediaguas. En la que fuera casa principal del hato y sitio de Aná yo tenía una diminuta ermita con un patio enfrente, que se usó como la primitiva plaza de mi mercado público y para hacer fiestas. Nadie levantó casonas en mi suelo, y de casas solariegas ni hablar porque nunca las tuve.

Pasaban de cien las familias de blancos, y había casi trescientas de todas las castas; en el cómputo alcancé a ver desde caras pálidas y amarillentas hasta las más oscuras: el Aburrá contenía gentes de todos los colores. Las viviendas de paredes de color guayaba y los techos oscuros contrastaban con el verde del campo.

No fue fácil para mí conseguir la independencia suficiente para ser villa. Ese paso de mi niñez a mi pubertad fue tensionante, porque los egoístas dueños de los hatos norteños y los agricultores del sur se detestaban. En fin, en 1675, por amenazante insistencia de la reina de España, me reconocieron categoría y pasé de ser un simple “sitio” a una “villa”. Y a los pocos días, cuando tuve jurisdicción independiente de los antioqueños, me volvieron a bautizar, con el nombre que conservo hasta hoy de Medellín la indiana, porque un conde de Medellín, la española, intrigó a mi favor.

Mi nuevo cabildo de Medellín procedió a rectificar mis torcidos callejones para que parecieran calles y algunas nuevas fueron trazadas, pues repartí solares a diestra y siniestra hasta topar con la quebrada y con los terrenos comunales –o ejidos– tan húmedos y mal situados. Les advierto que lo que llamaban el riñón de mi pequeña urbe no podía crecer en todos los sentidos porque los ejidos que les digo eran unos humedales nada saludables. Decidieron sacar a los indios de mi casco urbano, pues blancos y mestizos necesitaban solares; fueron pasadas esas familias y reliquias indias a las cabeceras de mi valle, a un ancón en donde se les fundó otro pueblo, el de La Estrella, frontera lluviosa y fértil, apetecible por los demás habitantes.

Otros sitios nacieron alrededor de una estancia importante: el oratorio o la pequeña capilla, inmediata a la casa principal de un clérigo que vino a ser el personaje más importante de una familia; allí se celebraban oficios y permití enterrar los muertos distantes de la iglesita de La Candelaria. Con los años, esas capillas fueron ayudas de la parroquia principal, y más adelante, aldeas sin expresión urbana, pero con alguna autoridad que impusiera orden y policía a mis habitantes. Me fastidiaba el desorden en mi propio valle.

Ante el aumento poblacional y el consiguiente tumulto, se tomaron medidas por medio de un acuerdo, una especie de concordato entre el gobernador y mi cura rector de Medellín. Necesitaban reformar las costumbres de mis habitadores, y para ello hicieron inventarios, padrones, censos y nuevos cargos; pedí la creación de más curatos para atender a las muchas almas en peligro. Vi entonces cómo se crearon varios “partidos” al ser dividido mi valle con varias viceparroquias, alrededor de las cuales se levantaron casas y casuchas, al lado de algún caserón importante. Nada de barriadas todavía. Eran más importantes mis párrocos que mis alcaldes; mucho comercio, mucho camino, muchos clérigos y nada de escuelas.

Autobiografía de la villa

Plaza Mayor de Medellín. Pastor Restrepo, 1883.

Los gobernadores españoles habitaron mi valle y dictaron medidas que me convinieron. Uno de ellos, Francisco Silvestre, estudió las posibilidades de mi casco urbano y mandó hacer un puente sobre el río, empedrar las calles y abrir las que estaban como taponadas por el egoísmo; hasta decidió trazar a cordel, algo desconocido aquí: organizó a mis habitantes de Envigado en un pueblo con manzanas más perfectas que las de mi villa, que, como nunca fue fundada ni trazada, se notaba fea, con calles torcidas, estrecha, desaseada y cercada por mangas de propiedad de clérigos avaros.

Vale la pena que les hable de mi centro urbano, del riñón de Medellín. Las pocas manzanas estaban frenadas para crecer al norte, al estar recostado mi riñón en la quebrada de Aná, a la que algunos santificaron y comenzaron a llamar de Santa Elena; hacia el río todo eran humedales, y el río se entraba y me inundaba todos los inviernos; hacia el sur, más allá de la Barranca, eran tierras del común, cenagosas, pantanosas y putrefactas. Si vieran los planos que se hicieron de mi situación. Se dijo que en mi recinto estaban las personas más ricas y distinguidas de toda la provincia, y el mayor número de clérigos; y que “el mantenimiento usual y diario de todo género de personas es pan de maíz, y carne de ganado vacuno, algo de cerduno y vituallas de huertas”. No se conocía el hambre, pero tenía muchos pobres que se nutrían de la caridad mas no del trabajo.

En medio de la estrechez y del desorden, muchos pobres invadieron con ranchitos mis caminos: el de La Asomadera, que llegaba hasta La Estrella, Sabaneta, Envigado, El Aguacatal (o viejo Poblado), Guayabal e Itagüí. Esas invasiones son el origen del arrabal de La Asomadera, que era puerta de salida, y con los años se entró en mi riñón para dar vida al azaroso arrabal de Gualteros o Guanteros, como se conoció, de muy mala fama. Miren mi estado de estrechez en unos planos de 1790 y de 1791. Los desesperados pobres también invadieron las veredas y orillas del camino que subía a Rionegro, y el que salía para el norte, por el Llano de los Muñoz. No había más puente en la quebrada de Aná que un tronco grueso que era arrastrado en los inviernos, ni tampoco puente sobre el río, aunque todas mis corrientes “daban vado” por uno u otro paso: gentes, bultos y ganados pasaban tomados de la mano, pues aquí nada de nado. Ya les dije que varios clérigos ricos habían taponado el tránsito con las mangas para sus reses y caballos, sin permitir a nadie comprar un solar más. Mi casco urbano ya era estrecho para mis gentes y los brazos capaces para los cultivos prefirieron salir de mi seno, los unos hacia el altiplano de Los Osos y las montañas de más allá, y los otros, muchos de ellos blancos pobres de El Aguacatal, Envigado e Itagüí, pasaron por entre los montes de los indios de La Estrella y se pusieron a tumbar selvas en Amagá, Cerro Bravo y Titiribí, donde fundaron colonias rurales y algunas minas.

En esas estaba cuando me llegaron noticias aterradoras y esperanzadoras: unos criollos que pensaban en términos de “patria” conocieron noticias inquietantes acerca de la decadencia de los borbones y la posibilidad de ser gobernados por franceses. Mis criollos de Medellín, unos políticos de tienda y uno que otro muchacho educado en buenos colegios pensaron en la Independencia; casi todos vivían en las casas nuevas de San Benito o en sus buenas casas de campo. Esto atrajo a muchos comerciantes, aventureros y burócratas; hasta vino un sabio, un tal Francisco José de Caldas, que fundó una escuela laica para ingenieros, muy mejor que el pobre colegio de los frailes, y enseñó a fabricar pólvora, levantar planos, hacer puentes y muchos otros proyectos desconocidos para mí. En el muy usado camino del Llano levantó una nitrera y fábrica de pólvora; ahí cerca funcionaba a duras penas un cementerio, y el tal sabio comenzó a levantar un puente sólido.

Esperen un poco, que me moví mucho entre los tres procesos: el de la colonización de mis gentes hacia el norte y el sur de mi valle de Aburrá, el de la Independencia que me trajo malestares con mis vecinos de las ciudades de Antioquia y Rionegro, y el de unos sueños para crear más barrios y hasta un obispado con mi vieja Candelaria como catedral.

Autobiografía de la villa

Medellín. Plaza principal (lado oriental), ca. 1860. Simón Eladio Salom. Museo de Antioquia.

Daticos

https://elpais.com/elpais/2018/08/10/ciencia/1533902185_734964.html

«Así las cosas, ¿no será la reflexión sobre nuestra finitud —al contrario de lo que predica el tópico— un considerable estímulo de la vida? ¿O no es su anticipación mental el acicate negativo de cuanto hacemos y aspiramos? La conciencia del límite que conlleva infunde urgencia a nuestros quehaceres y clasifica nuestros proyectos en más o menos importantes para mejor distribuir ese tiempo tan escaso que se nos ha otorgado. Sólo la previsión y meditación de nuestra fugacidad puede dotarla de su debido espesor; la muerte se encargará al final de encumbrar nuestra vida… o de certificar su pobreza. André Gide lo comprendió a fondo: “Por no pensar lo suficiente en la muerte, ni el más breve instante de tu vida ha sido lo suficientemente valioso”.»

JUNÍN CON LA PLAYA

Por Anamaría Bedoya Builes


Debajo de esta calle, sepultado por una gruesa placa de concreto, hay un puente muy antiguo. “¿Acá? Yo no sabía esa historia”. Diseñado por el maestro artesano Bernabé Ortíz, su construcción, a manos de otros avezados artesanos, tardó cuatro años (1866-1870), estructura de arco de medio punto, ladrillos macizos con argamasa de arena y cal, fue el último de muchos puentes que hubo en este cruce. Los anteriores, hechos de madera, no resistieron las crecidas de la torrencial quebrada, a la que los indios, nativos del valle, llamaron la quebrada de Aná.

A principios del siglo XIX, Nuestra Señora de la Villa de la Candelaria de Medellín era una pequeña colmena con pocas calles, abundantes árboles frutales, pájaros y extensos cañaverales donde reinaba, libre, la fauna. “¿Sí? Vea”. Y este lugar, que la incrédula mujer de espacio público supervisa desde hace un mes, no se llamaba Junín. El Resbalón, como data en viejos mapas, era un camino destapado de tierra colorada.

Y por la avenida corría cristalina la quebrada, en sus piedras las lavanderas estregaban los trapos de sus amos, barequeros revolvían las aguas buscabando granitos de oro y los bañistas, en días soleados, se extendían a broncearse sobre la arena menuda por la que la gente empezó a decirle La Playa.

Cada día, durante ocho horas, ella da vueltas por este sitio, la gorra y el chaleco gris la distinguen como figura de autoridad, que no a muchos simpatiza, tragando humo y escuchando la misma cantaleta: “Sim card de tiiigocooomcelviiirginmovistaaar a la ooorden”. “Crédito crédito crédito a pensionados sin cuota inicial”, “para la cédula para la libreta para el pase, le vale mil…, para proteger la cédula a mil, lleve el libro de Vicky Dávila, El secreto”.

Más que seguir un protocolo de vigilancia, se desplaza como buscando sombra. “Tenemos que evitar que se metan las ciclas y las carretas porque esta es una vía que visitan mucho los extranjeros…”, le cuenta a una mujer de unos 28 años que carga una bebé y que, como ella, también quiere protegerse del sol al pie de la colosal estructura que unos paisas se inventaron como símbolo de “pujanza y progreso”.

Puente Junín
Puente Junín. Fotografía Rodríguez, 1900.

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En noviembre de 2015, al costado occidental de la carrera 49, entre las calles 51 y 52, y a 66 centímetros de profundidad, el grupo del Programa de Arqueología Preventiva, Proyecto Centro Parrilla EPM, halló, en este punto, el aproche del puente. “Aproche viene del francés approcher que significa aproximarse —explica el ingeniero y arqueólogo PhD, Pablo Aristizábal, director del grupo. Pablo es un tipo alto de pelo largo, ojos verdes, investigador incansable, flautista en las noches—. Es lo que conecta el puente con la calle, los amarres con la vía. Impresionante la mampostería, eran muy pulidos en esa época”.

Había pocos caminos. Forasteros, comerciantes, mineros, terratenientes, lavanderas, barequeros, artesanos, putas, indígenas o esclavos debían cruzar por aquí para ir o venir a la capital, Santa Fe de Antioquia, o al interior del país. La plaza, el Parque Berrío, era paso obligado para todos, especialmente para las cuadrillas de esclavos que subían hasta lo alto de las montañas desde donde nacía la Aná, a explotar los yacimientos de oro. Cuando Medellín fue designada como capital, muy pronto empezó a exportar el mineral, a ser centro de negocios y sede de los bancos.

El paisaje del valle, cuya abundancia impactó a los colonizadores, sufrió una transfiguración que comenzó alrededor de este cruce. Sus más humildes pobladores, que vivían en casas de tapia con techos de paja, empezarían a desplazarse a otros sitios, pues allí, en ese escenario, se instalaría la élite; arquitectos extranjeros diseñarían sus casonas, surgirían los primeros barrios: Quebrada Arriba, Quebrada Abajo, que serían, ante todo, la primera estratificación social.

Junín por La Playa. Jorge Obando, 194?
Junín por La Playa. Jorge Obando, 194?

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En la esquina suroccidental la pila de mandarinas vale dos mil pesos. Una canción de plancha sale desde una radio puesta sobre una mesa de icopor en la que se exhiben dividís piratas. La gente de a pie aguarda, cargada de paquetes, bolsos, paraguas, a que cambie el semáforo donde la avenida se vuelve sinuosa y toma otro nombre: Primero de Mayo. Hace un calor sofocante de mediodía. Los espejos que cubren el edificio de Ragged reflejan, fragmentadas, las nubes y las copas de los árboles.

Los primeros árboles sembrados en las márgenes de la quebrada, a mediados del siglo XIX, venían de bosques del Cauca y del suroeste antioqueño. Los nuevos habitantes, dueños de esas casas con porches, antejardines y ostentosas fachadas, empezaron a arborizar y a canalizar la quebrada con vallados de piedra. Ceibas, búcaros, gualandayes, palmas, carboneros le dieron ese aire de paseo urbano.

Tomás Carrasquilla, orador de las tertulias que se armaban en el Café La Bastilla, una casa de tapia donde empezó a venderse por primera vez el tinto en pocillo, y que en la tardes se convertía en tertuliadero (quedaba en la esquina suroriental y daría el nombre a la callejuela treinta metros más arriba), dijo que estas eran las márgenesfashionables por las que paseaban a pie o en carroza “las gentes elegantes del cogollo” para exhibir su alta alcurnia.

El semáforo cambia a rojo. El vendedor de películas se levanta de la silla, estaba conversando con su vecino, un señor que ofrece tres pares de medias por cinco mil pesos, y le baja el volumen a la música. Le pregunta a la mujer cuál película le interesa mientras le hace mimos a la beba, los ojos saltan de un título infantil a uno porno. El semáforo cambia, los peatones se lanzan a la calle como en una competencia.

Junín con La Playa. Juan Fernando Ospina, 2016.
Junín con La Playa. Juan Fernando Ospina, 2016.

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Luis Fernando González, un hombre alto, ojos escrutadores oscuros, profesor de la Universidad Nacional, urbanista y arquitecto, explica que esa necesidad de expandir la ciudad hizo que Junín (El Resbalón) se prolongara para la futura construcción de la plaza (Bolívar). “Se ha dicho que la de Junín es la historia de Tyrell Moore (ciudadano londinense, promotor de la industrialización minera), quien donó las tierras para construir Villanueva y la plaza de Bolívar, donde posteriormente se haría la catedral, pero se ignora la historia de los invisibles. Normalmente se dice que a los alrededores de la plaza vivía la élite. Eso no aparece en la historia oficial por no ser un modelo urbanístico, pero la verdad es que ya había gente habitando en esos lugares. Eran casas de obreros y artesanos, casas simples, de una puerta y si acaso una ventana. Tapieros, arrieros, enjalmadores, tabalarteros, sastres, colchoneros, cerrajeros… Lo que hace Tyrell Moore es ordenamiento de acuerdo a la concepción de la élite. Y esos antiguos habitantes comienzan a desplazarse hacia las laderas. Surge otra estética, otra relación con el espacio”.

Estética que se hace posible gracias al capricho de esa élite. Hijo de padres millonarios, Gonzalo Mejía nació para ser el “fabricante de sueños”. “Un rico loco”, comenta Fernando, un precursor de proyectos adelantados para una sociedad que tomaba sus decisiones camándula en mano, a quienes les aterraba pensar en esos diabólicos aparatos volando sobre sus cabezas, que eran la pasión de Mejía. Trajo, desde Francia, el segundo automóvil que rodó por la ciudad, diseñó un deslizador subacuático para transportar pasajeros por el río Magdalena, fundó una de las primeras aerolíneas comerciales del mundo, planteó la necesidad de construir la carretera al mar y la autopista Medellín – Bogotá.

¿Soñó hacer de su ciudad natal una meca del cine, tenía treinta años cuando fundó la Compañía Cinematográfica de Antioquia, que introdujo en el país las primeras películas producidas en Hollywood. Y en 1924 inauguró en la esquina nororiental del cruce, un edificio de arquitectura modernista al que le puso su nombre. Diseñado por el belga Agustín Goovaerts, al estilo del art nouveau, la corriente francesa del momento, albergaba, además de locales comerciales y salones de té, el Hotel Europa y el Teatro Junín, recinto que fue considerado uno de los cuatro teatros más grandes del mundo, tenía capacidad para más de cuatro mil personas.

Gonzalo Mejía no era un empresario, era un temerario vanguardista a quien los paisas verían en pantalla gigante debutando como el padre de quien en la vida real era su esposa en Bajo el cielo antioqueño, película muda considerada una las más taquilleras en la historia del cine colombiano. “Compró la casa de los Jaramillo, la tumbó y luego construyó ese edificio. Fue un referente cultural muy importante. Acá llegó el tren y Medellín estuvo más cerca del mundo, ahí es donde viene el cuento de que es muy importante el turismo, un reglón de la economía, por lo cual la ciudad debería tener un hotel distinguido, un teatro”, dice.

“Además —continúa Fernando—, Junín se extendió hacia el sur, pues para llegar al hotel, los huéspedes, distinguidos políticos, músicos, bailarines y actores, debían recorrer una vía pavimentada y moderna. La Santa Elena, el puente y Junín se volvieron camino de ritualidad, pues hacia el otro lado ya estaba el Parque Bolívar y se estaba terminando la catedral”. A lo largo de ese camino, que desde el puente comunicaba con la iglesia, fue surgiendo un bulevar, se alzaron construcciones que siguieron una estética modernista y ecléctica; salones de té, un club privado, almacenes de telas, restaurantes, cafés, panadería, heladerías, joyerías…

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El vendedor de películas, viejo de carnes secas, abandona a su clienta indecisa. Los peatones llegan al otro lado, a esa calle peatonal, adoquinada, viva día y noche, y se internan por el pasaje atestado de locales comerciales y algunos restaurantes, que a esta hora se llenan de hambrientos oficinistas para quienes se inventó el almuerzo ejecutivo, y que ignoran que hace doscientos años esa calle, su calle cotidiana, era un pantanero donde había unas cuantas tiendas, cantinas y prostíbulos, donde se bailaba, según antiguos cronistas, una censurada lambada llamada El Resbalón.

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“Junín era el centro comercial. Mi mamá me cuenta que a ella la llevaban a matiné al teatro, después la llevaban al Astor a tomar el algo y luego iban a misa a la Candelaria o a la Metropolitana”, cuenta Pablo Aristizábal. Pero con el tiempo, la callejuela se convirtió en el nicho de todos, escritores, periodistas, futbolistas, activistas políticos, artistas, bandoleros, poetas. En las vitrinas de sus almacenes se exhibieron los cuadros de los pintores del momento. Las mujeres desfilaban en tacones y vaporosos vestidos en búsqueda de nuevas telas, las colegialas inundaban la vía con sus griticos mientras comían helado con candor provocativo.

A mediados del siglo XX nació el verbo juniniar. El cronista Jairo Osorio, quien de niño recorrió esa calleja con su gallada de amiguitos del barrio, buscando a las afueras de Versalles y del Hotel Metropol a las estrellas del fútbol, escribió años después: “Solo en el transcurso de la vida me enteré que Junín era así, truculento, y que detrás de la festiva arteria antioqueña se escondía algo más que el deseo de pasar inocentemente las horas del hastío, el sopor del ocio”. Y empezó a verse “una muchachada”, dice Osorio refiriéndose a los nadaístas, “estos jóvenes aparecieron en la ciudad cual si fueran expulsados por un enorme vientre putrefacto que no los soportaba más en sus intestinos”.

Parecía que Medellín tenía un gusto refinado, que iba legando un patrimonio, pero algo ocurrió en el guión de esa historia. Pablo cuenta que en esa época “las casas al borde de la Santa Elena tenían excusados y de ahí salía todo directamente a la quebrada. Un médico muy importante, Manuel Uribe Ángel, Manuelito, que era como el palabrero para los wayú, dijo que lo mejor era tapar la quebrada. Y la taparon con unos cárcamos en concreto”.

Procesión del Sagrado Corazón de Jesús. Francisco Mejía, 1937

Procesión del Sagrado Corazón de Jesús. Francisco Mejía, 1937.

A medida que el concreto la iba sepultando por tramos, empezaron a rodar por la nueva avenida rutas de buses y flotas de taxis. Entonces, los ricos abandonaron sus casonas, las vendieron a constructores atraídos por una ciudad que se posicionaba como la capital industrial de Colombia. Las tumbaron, casi todas, para erigir los primeros edificios de cuatro, seis, y cada vez más pisos.

A mediados del siglo empezó a gestarse una “arquitectura bancaria” racionalista y sobria, como el edificio Gran Colombia (o Bemogú), el de Fabricato y el de La Bastilla, que conservó el nombre del antiguo café, pero dispersó a las mesas de los intelectuales. En su lugar, hoy hay una de esas panaderías con meseros uniformados como enfermeros y una infaltable fritadora, en toda la entrada, donde nunca faltan los buñuelos.

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La gente, sin ánimo de tertulia, toma tinto en vasos de icopor. La mujer y su bebé, atado a su cuerpo con un fular, salen de la panadería. Su hija, que no debe tener ni un año, mira las reliquias en bronce que venden en un puesto callejero, la madre esquiva al hombre que le ofrece peluches a diez y quince mil pesos, y se detiene junto al viejo buzón azul, manchado con garabatos en aerosol, del correo antiguo, fabricado en Escocia hace más de cien años por Carron Company. Se agacha a mirar por la ranura frontal, estrecha y larga, donde se echaban las cartas. Está lleno de basura, bichos, mugre, telarañas.

“¡Se vende la mejor esquina de Medellín! Es un negociazo”, asegura Luis Fernando que decían los medios. El edificio Gonzalo Mejía fue demolido en 1967. Cinco años después, en el mismo lugar se inauguró el Edificio Coltejer. La gente celebraba “el progreso”, en una extraña forma de una gigantesca aguja. Gonzalo Mejía ya estaba muerto, aunque, qué raro, el dueño del nuevo edificio, que se instaló soberbio señalando con dos banderas el cielo, fue su socio en la accidentada Compañía Colombiana de Navegación Aérea. “Los que se duelen por el derrumbamiento de ese edificio son las nuevas generaciones. En su momento lo que se dijo fue: bienvenido el progreso. La gente no tenía el concepto de patrimonio, qué le iba a doler a la gente eso. El Coltejer era el nuevo símbolo de la pujanza paisa, el nuevo paradigma”.

Tampoco duró mucho el esplendor de la bohemia que ocupaba Junín. Aunque en 1995 fue declarada calle peatonal, poco a poco los negocios que le dieron ese carácter de bulevar cerraron o migraron a otros parajes. Sobreviven el Astor, Versalles y Plata Martillada. A cambio, empezaron a fundarse centros comerciales. Se fue la élite, se fueron – murieron– varios de los centenarios árboles, cumpliéndose la profecía del sabio loco poeta de Yarumal que en la quebrada de Aná conoció a su esposa tras salvarla de las corrientes turbulentas.

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La mujer finalmente cruza la calle, mezclándose con el resto de peatones, poniéndose al ritmo de esa marcha acelerada. Se vuelve a encontrar con la mujer de chaleco y gorra gris que continúa la custodia bajo la sombra del Coltejer. Se saludan con una tibia sonrisa. La beba parece leer algo en la expresión azorada de su mama, que, fugada en sus pensamientos, no comprende lo que un hombre canoso y desgarbado le explica, ofreciéndole libros de autoayuda; lo oye mas no lo escucha: “Y si no lo quieres colesionar lo traes y te llevas otro, y te sale más barato y si tienen algo en la casa que ya no usas, lo traes a ver qué hacemos. A la orden madre”.

La madre sigue de largo sin saber que una cámara de vigilancia ha grabado todos sus movimientos, y le cuenta a su niña que hace 150 años en ese lugar había una ceiba de copas doradas y que un poeta llamado Epifanio escribió su historia en veintidós estrofas una noche de “luna redonda y clara”, y que en una de ellas profetizó la muerte: “A tierra vendrá tu tronco / falto de apoyo y savia / como el exánime cuerpo que cae al faltarle el alma”.

Continuarán su camino perdidas entre el tumulto, rechazando papelitos de brujos, ofertas de piercings, tatuajes y promesas de préstamos. Finalmente se toparán, en las bancas dispuestas a lo largo de la calle, con viejos que se protegen del sol con oscuros sombreros, y que sin prisa observan el afán de quienes pasan, señores que en su memoria guardan los detalles la historia del cruce de Junín con La Playa.

Edificio Gonzalo Mejía. Gabriel Carvajal Pérez, s.f.

Edificio Gonzalo Mejía. Gabriel Carvajal Pérez, s.f.

 

CRÍTICAS QUE MARCAN DÍAS

Somos el resultado de 4 mil millones de años de evolución, 2 millones de años de uso de herramientas y palabras, 100 mil años de expresión artística y 5 mil años de historia documentada. Hemos alterado nuestro entorno y a nosotros mismos hasta el punto de desencadenar una nueva era geológica. Somos la entidad más compleja, delicada y a la vez más poderosa que ha visto este planeta. Hemos explorado la pequeñez del átomo y la inmensidad de las estrellas. Somos el Universo cuestionándose a sí mismo.
Lo menos que podemos hacer es honrar a nuestros ancestros, compartiendo el conocimiento que a ellos les costó tanto encontrar. Demostremos que somos dignos de tan grande herencia.

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LOS DÍAS AZULES

«¡Qué espectáculo el mundo desde arriba de mi tejado! ¡Alta atalaya de tejas dominando a Medellín! Y Medellín inmenso, inmenso, con sus veinte barrios y sus tejados bermejos. Iba mi vista prisionera en un vuelo de campanas de campanario. ¿Ven allá esas casas sobre la ladera, a la izquierda, en la montaña? Es Manrique, el barrio de Manrique. Blanco, con su iglesia gótica, gótico-antioqueño, y la torre esbelta con pararrayos. Allí tuvo la abuela una casa. A la derecha abajo, en el fondo, por donde pasa esa quebrada sucia y ruidosa, es el barrio de la Toma, de camajanes. “Qué son, Ovidio, camajanes?”. “Atracadores, ladrones, cuchilleros, marihuanos”».

GUIONISTA Y DONCELLA

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Querido Lector, esta es una historia que trata de una pequeña y linda Poesía en una biblioteca leyendo un cuento.
El cuento narra la vida de un Guionista enamorado de la Doncella que describe en sus obras.

El Guionista ha escrito en la escena final, que entrará en el escenario a pactar el secreto de dos labios que se juntan, el público aplaudirá y se cerrarán las cortinas.

Llegada la hora, el Guionista entra al escenario pero la Doncella no está ahí, improvisa un monólogo, un par de versos, y una canción a su amada, ante un público ausente, es aplaudido por el silencio de los fantasmas del teatro, el Guionista hace reverencia.
La pequeña y linda Poesía entra al escenario a abrazar al Guionista y bajo luz tenue intenta besarle, pues se ha enamorado, el Guionista muy confuso, escapa y deja a la pequeña y linda Poesía.

Querido lector, si quiere tomar el riesgo, y se ha enamorado de esta pequeña y linda Poesía, vaya a la biblioteca, seguro ella se dejará leer.