​La Otra Cara, Otra Vez

La biblioteca del monasterio es encantadora, por su enorme variedad de títulos en un ambiente de silencio y comodidad, además de la vista espectacular de las montañas que ofrecen sus enormes ventanas, como estimulante invitación a la reflexión. Allí era común encontrar al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, al final de la tarde, sentado en una de las poltronas, con los ojos perdidos entre las letras y el paisaje. Recuerdo cierta vez, todavía en los días de mi iniciación, que me aproximé y ávido de conocimiento, le pedí una lista de libros para profundizar mis estudios. Él me observó con bondad y dijo: “Comienza por leer cualquiera de los libros, lo importante es iniciar. Poco a poco tu propio interés direccionará la lectura según tu necesidad”. Argumenté que la explicación estaba errada, pues no podía dejar a la suerte la dirección de mis estudios. El monje arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “La casualidad no existe. Lo importante es que tu estés por entero en cada página leída y que tu gusto te mantenga para que no haya abandono. De alguna extraña manera, todos los caminos conducen al destino”. Rechacé la respuesta; entonces le pregunté si, hipotéticamente, apenas le fuera permitido leer un único libro en toda su vida, cuál escogería. La nueva respuesta fue rápida y objetiva: “El Sermón de la Montaña”.
Repliqué diciendo que no era exactamente un libro y sí un pequeño texto de no más de cinco páginas que podía ser leído en pocos minutos. El Viejo intentó explicarme: “Toda la sabiduría de la vida consiste en ‘tratar al otro de la misma manera que quiero ser tratado’, como resumió el profesor. No obstante, pocos consiguen vivir de acuerdo con esta simple frase”. Quise saber que más había en el Sermón de la Montaña que tanto le encantaba. Él dijo: “Allí encontrarás el camino hacia la plenitud y construirás la casa de la paz dentro de ti en caso de que puedas entender toda la amplitud y vivir de acuerdo con aquellas palabras. Todos los buenos libros son apenas relecturas de algunas partes de esta pequeña y gran obra. Nada de lo que necesites leer está fuera de este texto, nada de lo que necesitas ser está fuera de ti”.
Hizo una pequeña pausa y comentó: “Yo lo leo todos los días hace años. Los descubrimientos no cesan”. Confesé que ya había leído el referido texto y que, aunque me pareció interesante, no llegó a fascinarme. El monje levantó los hombros y volvió a la lectura y claro, en ese mismo instante me acomodé en un rincón de la biblioteca para leer las líneas tan elogiadas por el monje. En menos de una hora yo ya había leído el texto varias veces. Volví a interrumpir al Viejo para hablar sobre una parte que decía que ‘Cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra’. Argumenté que aquella situación era tan irreal que se volvía una gran bobada. Es más, que nadie debía ser golpeado y que aquello era un himno a la cobardía. El Viejo cerró el libro que lo entretenía y se volteó hacia mí. Sus ojos transbordaban compasión: “No es eso lo que el texto aconseja”, dijo. “Es necesario profundizar en sus filigranas para entender las entrelíneas, única manera de decodificar todo su bello contenido”.
Reclamé. Sustenté que si aquella sabiduría era para el bien de la humanidad, por qué motivo no se exponía, desde un comienzo, toda su verdad de forma clara y objetiva. El monje respondió con su enorme paciencia: “El texto es sencillo, pero profundo al mismo tiempo. Recuerda que son palabras proferidas para atravesar el tiempo y operar transformaciones en infinitas almas en diferentes estadios evolutivos. Así, las interpretaciones son personales, según la expansión de la consciencia de cada uno. Por esto es necesario retornar al texto siempre, pues son palabras vivas que se alteran a medida que el lector se transforma”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “Creo que podría escribir un libro apenas con la divagación y reflexión de esa minúscula frase que has destacado del precioso texto. Es más, puedo afirmar que muchas novelas y películas maravillosas ya fueron realizadas con historias sobre el tema específico de la ‘otra mejilla’ y sus infinitas variaciones e innumerables comentarios. No obstante, es posible que poco se hayan dado cuenta de la fuente original”.
La irritación por toda la divagación comenzó a apoderarse de mi, entonces quise saber todo el entendimiento contenido en el simple verso de aquel texto que el monje veía y me era negado. Había sarcasmo en mi pedido. El Viejo lo percibió y sonrió. Sus ojos, enmarcados en la piel arrugada, ya habían visto muchas cosas y no se permitía más perder la luz de la vida. Él respondió con enorme paciencia: “De los múltiples aspectos, voy a abordar tan sólo algunos que me parecen más relevantes en este momento”.
Hizo una pequeña pausa e inició: “El primero de ellos es no usar el mal para combatir el mal. Esto apenas alimenta las fuerzas de la oscuridad que habitan en ambos lados, fortaleciendo las sombras y justificando a los malhechores. Toda vez que hablas, piensas o actúas movido por tus pasiones densas y pesadas, estarás fomentando las sombras que existen dentro y fuera de ti”.
“¿Cómo alguien puede reclamar del mal si también lo practica? Tenemos que modificar esa experiencia si deseamos resultados diferentes a los que hemos obtenido hasta ahora. No quiere decir que debas aliarte con el mal o con el malhechor, ellos deben ser estancados, pero la manera por la cual se hará esto hace toda diferencia. Una sombra no tiene poder para iluminar otra. Recuerda lo que dijo el maestro en otro pasaje del Sermón de la Montaña: ´Tú eres la luz del mundo’. Por lo tanto, déjala brillar para iluminar los pasos de toda la gente. Ofrece tu otra mejilla, el lado de la luz ”.
“Otra interpretación, igualmente valiosa, que podemos extraer de esa parte del texto es que ‘ofrecer la otra mejilla’ también significa colocarse en el lugar del otro, ver la situación y al mundo con los dolores, miradas y, principalmente, limitaciones de esa persona. Un sujeto feliz no practica deliberadamente el mal. La agresividad es fruto de todo aquel que aún no encontró la paz. Toda violencia es fruto del descontrol que tiene raíz en la agonía, en el desequilibrio y en el sufrimiento, sin que esto justifique cualquier locura o crimen. Claro que no. En verdad, aquel que practicó el mal está desesperado consigo mismo, está pidiendo ayuda, inconscientemente. Así, al ofrecer la otra mejilla permitimos que la compasión ocupe el lugar del odio en nuestros corazones, modificando el entendimiento, la reacción y la solución que daremos a la situación. Tendremos siempre la elección entre la justicia y la venganza. La diferencia entre ellas está en el amor contenido en cada decisión. La venganza tiene por objeto el castigo; la verdadera justicia está preocupada con la evolución”. Me miró profundamente a los ojos y dijo con bondad: “Otro pasaje del Sermón que Él enseña dice: ‘Cuando tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz’. Es indispensable encontrar la belleza en todas las cosas y personas, ya sea por las lecciones ocultas en los conflictos, ya sea como regla para entender hasta a dónde ya somos capaces de andar”.
“No podemos olvidar otra gran enseñanza contenida en la pequeñita frase que aconseja ‘ofrecer la otra mejilla’: la no violencia. Abrazar este comportamiento como estilo de vida es permitido tan sólo a los valientes. Toda agresión es una reacción típica de aquellos que tienen miedo, son inseguros y atacan como mecanismo de defensa. La violencia en cualquiera de sus posibilidades (física, verbal o en pensamiento) danza con las tinieblas y las sombras ganan fuerza para apagar el brillo de tu propia luz. Al reaccionar con lo que tenemos de peor sólo alimenta las sombras. ¿Cómo reclamar de la violencia si la practicamos de alguna manera, así sea como retribución o en menor intensidad? No seamos hipócritas. Es indispensable entender que la paz, como todas las demás conquistas, nace de una elección. Es una decisión individual que tiene el poder de contaminar y transformar, poco a poco, a toda la humanidad. Ser un sujeto pacífico es elegante, útil y necesario”. Giñó el ojo de manera pícara y bromeó diciendo: “Ser de la paz nunca pasa de moda”. Hizo una pequeña pausa y dijo: “¿Recuerdas un trecho en el Sermón de la Montaña donde el maestro dice que más importante que ir a misa y rezar es buscar a las personas con quien tenemos problemas para intentar resolverlos? Esta es una bella oración. Amor y sabiduría no pueden ser inerciales, tenemos que moverlos para que cumplan con su finalidad. ¿Percibes que en vez de lamentarte por los desencuentros y exigir la perfección de los otros debemos buscarlos para ofrecer lo mejor de nosotros? ¿Cómo alcanzar esto sin ofrecer la otra mejilla?” Calló por segundos y concluyó: “La cara de la Luz”.
Permanecimos largo tiempo sin pronunciar palabra. Los ojos del monje parecían perdidos más allá de las montañas. Quebré el silencio para decir que no era fácil seguir aquellos consejos. El Viejo volvió su rostro hacia mi y dijo: “Nadie dijo que era fácil, apenas que es necesario. Entender a dónde se quiere llegar motiva al andariego, direcciona sus elecciones y le revela el Camino. Esta es la parte que nadie puede realizar por el otro, es la que antecede a las alas, es la transmutación del ser. Después es compartir sembrando flores para quien viene atrás y conquistar el permiso para seguir”.

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