Resquicio de imaginación

«Empuñas dos armas si luchas con fe».
Platón.
El samurái ataviado de azul recogió sus espadas, se puso en pie y las deslizó bajo el obi. A continuación extrajo de la faja un largo cordón de seda, lo pasó sobre sus hombros y bajo las axilas, atándolo a la espalda de modo que las holgadas mangas del kimono quedaron recogidas. Se ciñó una cinta blanca sobre la frente y la fijó con un fuerte nudo por encima de la nuca. Desenfundó la katana y extendió el brazo a un lado, sujetando el acero en dirección al suelo.

– Mi nombre es Taisuke Enomoto, maestro en el estilo Karuihan Shinto Ryu. Di tu nombre y el motivo de tu desafío.

– Mi nombre y mis motivos no importan a nadie dijo el ronin, despreciando el protocolo.
Taisuke alzó las cejas con expresión de desconcierto y sus compañeros de escuela murmuraron entre sí.

– Si no nos dices tu nombre —insistió el samurái—, ¿de qué servirá este duelo? En el improbable caso de que me derrotes, nadie sabrá quién eres y no podrás obtener fama y honor por tu victoria.
El otro frunció los labios con desdén.

– ¿Fama y honor? A mí sólo me interesa probar mi espada contra los que dicen ser los mejores —dijo con impaciencia—. Llegará un día en el que el acero no esconda secretos para mí, entonces sabré que soy el mejor y el Buda también lo sabrá, habré alcanzado la Iluminación a través del camino de la espada y podré dejar de luchar. ¿Qué debe importarme, entonces, lo que la gente sepa o crea saber?
Aquello levantó una ola de murmullos entre los congregados. Nadie esperaba una respuesta semejante de aquel guerrero que parecía más bien un pordiosero. Pero Enomoto no aparentó turbarse ante tales palabras: ya fuera un fanático religioso, un guerrero asceta o un vagabundo demente, pretendía acabar pronto y regresar a sus quehaceres. Dudaba, incluso, de que el filo que aquel mendigo ocultaba en la vaina fuera capaz de cortar; no sería el primero al que la katana se le atascaba obstinadamente al intentar desenvainar, o al que el acero se le quebraba tras un primer lance. 
En cualquiera de los casos, Enomoto no pensaba darle la más mínima oportunidad a ese insolente. Levantó su espada y adoptó una guardia a media altura, con la punta señalando al corazón de su rival. El combate había comenzado.

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