​LA MEJOR PARTE


El día que el hombre llegó al monasterio, el cielo aún era un manto de estrellas. Bajó del carro para apreciar la belleza de la construcción, apenas perceptible en sus contornos, dadas las pocas luces encendidas. Alguien le había comentado sobre la Orden, de su raíz secular, de los estudios de filosofía y metafísica a los cuales sus monjes se dedicaban, además de los trabajos comunitarios. Los únicos sonidos que escuchaba provenían de los animales nocturnos del bosque cercano. 
Él todavía era joven y había abandonado la medicina dos años después de graduarse, al terminar la especialización en siquiatría, para conformar una sociedad empresarial con un buen amigo. Los negocios tuvieron éxito y había ganado mucho dinero. Compró un apartamento cómodo en un renombrado barrio de una metrópolis muy reconocida en tarjetas postales; tuvo autos caros, mujeres lindas y codiciadas, viajó por el mundo, mas nada le quitaba o le llenaba el vacío en su pecho, que percibía como una especie de agujero negro que lentamente engullía toda su luz. Fue sorprendido por el ruido de pasos venidos del matorral, pero no sintió miedo. Se volteó y vio un haz de luz aproximarse poco a poco. Un monje, con la cabeza cubierta por la capucha protegiéndose del frío, caminaba a pasos lentos pero firmes, con un pequeño cesto en una de las manos y una linterna en la otra. “Las moras son más sabrosas cuando son recogidas bajo el rocío”, dijo el monje al aproximarse para mostrarle las pequeñas frutas acomodadas en el cesto. “Me encanta la mermelada”, comentó con absurda naturalidad como si esperara una visita desconocida en aquella hora de la madrugada. Lo invitó a entrar y tomar un café. El joven se presentó mientras se dirigían al comedor y quiso saber el nombre del monje. “Todos me llaman el Viejo”. Ante la cara de espanto del otro, añadió el anciano: “Pienso que es un buen nombre. La vejez me ha traído evidentes limitaciones físicas, un aviso para que yo perciba que la próxima estación está cerca. Por otro lado, me liberó de miedos e iluminó sombras. Me permitió entender el camino, ser leve, aprender el valor de la dignidad, el sentido de la libertad y la importancia del amor sobre todas las cosas y personas. Me dio la plenitud en el sentir que el vigor de mi juventud no me ofreció y el mérito de traerme hasta aquí”. Se retiró la capucha para que el hombre pudiera apreciar el rostro arrugado y complementó: “Cuando me miro al espejo veo cada arruga como un capítulo de mi vida, que cuenta las guerras que tuve que atravesar para entender el valor de la paz, como un caravanero que necesita enfrentar el desierto inhóspito para entender toda la belleza y el valor del oasis, que irónicamente siempre estuvo escondido dentro, esperándole”, finalizó con voz dulce y una sonrisa sincera.
Sentados ante las tazas de café fresco, el hombre narró su vida al viejo, que lo oyó atentamente. Habló sobre la inmensa melancolía que lo asaltaba a cualquier hora del día. Bebidas, además de lugares llenos y ruidosos le ayudaban a acallar ese sentimiento. Sin embargo, duraba pocas horas pues después aquella emoción densa regresaba todavía más cruel, como un verdugo que lo maltrataba sin piedad, cobrándole los parcos momentos de diversión. Lamentó haber abandonado la medicina y aunque hubiese ganado dinero en su otra actividad, no existía un único día que no pensara en cómo sería su vida si hubiese tomado otra decisión. Se sintió muy mal al ver un reportaje en una prestigiosa revista sobre un compañero de universidad que se convirtió en un médico muy reconocido, con amplia experiencia de cura en su especialidad. Culpó a sus padres y a su amigo, ahora socio, por influenciarlo en sus decisiones algunos años atrás. Su empresa, aunque bastante lucrativa, no le brindaba alegría o estímulo intelectual. Finalmente, cuando el hombre calló, el monje bebió un sorbo de café y dijo: “Condicionamientos culturales, sociales y ancestrales nos llevan a asociar el éxito personal con la ganancia financiera, como si éxito y dinero estuvieran relacionados. La riqueza no borra el rastro de lo que se perdió en el camino”.
El hombre alegó que una cosa no anulaba la otra. “Estoy de acuerdo contigo”, asintió el Viejo. “ No obstante, el viento que conduce hacia el sur es el mismo que impulsa hacia el norte. Es necesario entender en qué posición colocas las velas de tu barco: la riqueza como consecuencia natural de la búsqueda por la integridad del ser adiciona herramientas útiles; el dinero como objetivo primordial de vida substrae elementos esenciales para alcanzar la plenitud indispensable para la paz. Encontrarás tan solamente lo que estés buscando, nada más. ¿Percibes que tus padres y amigos apenas alimentaron un deseo que ya estaba latente en ti? Es decir, te dijeron lo que querías oír. Culpar a los otros por tus elecciones es transferir la responsabilidad que te cabe en las decisiones inherentes a la propia vida y, peor, desperdiciar la preciosa lección. Tu renunciaste a un sueño en busca de un deseo y ahora percibes que tus decisiones, aunque alimenten el ego, son insuficientes para el alma. El vacío que tu sientes es el hambre de luz”.
El hombre confesó que si pudiera volver en el tiempo tomaría otras decisiones. El monje arqueó los labios repletos de compasión y dijo: “Mantén la calma, todo eso es común en el proceso de aprendizaje y ya comienza a mostrar su valor, por la voluntad de tu alma, al sacar a la luz tu esencia. Un ángel que estuvo recientemente encarnado entre nosotros enseñó que ‘es imposible reescribir el pasado, sin embargo podemos construir un futuro diferente’. El pasado es lección; el presente es transformación; el futuro es inspiración. Pienso que es esto lo que te corresponde. Por lo tanto tendrás que aprender a alinear el ego con el alma, rescatar tus sueños, ejercer tus dones y dejar atrás conceptos y actitudes que ya no te sirven más”.
El joven se mostró interesado y le preguntó al Viejo cómo hacer. El anciano respondió de repente: “No tengo la menor idea”. Atónito, el hombre confesó que la razón de su visita era la búsqueda por la exacta respuesta, la receta de ‘cómo’ realizar. El Viejo dijo con su voz suave: “Administrar la vida ajena puede parecer fácil y ser una tentación, no obstante es un tonto ejercicio de arrogancia y ligereza. Muchos tienen soluciones para la vida de los otros, pocos para la suya. Tendrás que encontrar tu propio camino, en búsqueda profunda por conocerte mejor y por entero. Iluminar tus sombras y abrazar tus sueños. Entender y tener el coraje de ser tu mismo. En la belleza de ser único, aceptar que cada cual tiene un sendero propio, que se entrelaza con el sendero de todos para converger en el Infinito. Esto es lo que hace la vida de cualquier persona una aventura mayor que cualquier película del cine. Tú eres el héroe y el villano de tu propia historia, ya que tan sólo tu puedes salvarte a ti mismo; por otro lado, nadie te perjudica más que tu mismo. Vivir conscientemente este discurso te hace grande”.
El joven quiso saber si el anciano podría ayudarle de alguna manera, pues no sabía por dónde comenzar. El monje respondió: “Puedo hablarte de la importancia del amor, de la belleza de la paz, del valor de la dignidad, de la magia de la transformación, mas nunca sobre ‘qué’ y ‘cómo’ hacerlo. Encontrar tu verdad, entender como ella evoluciona, es vislumbrar el Camino. Esto es personalísimo. Las elecciones son las únicas herramientas disponibles para ejercer tu espiritualidad, convertirte en un andariego y permitir que florezca lo mejor que habita en ti. Ellas definen tu corazón y tu mente; son el fuego y la forja de tu perfeccionamiento. Tus decisiones revelan cuánto de lo divino ya descubriste en ti y cuánto te falta. Esta es el infinito viaje y el Camino es el único maestro, el maestro de todos”.
El hombre sonrió por primera vez desde que llegó. Dijo que estaba dispuesto a hacer serios cambios en su vida y que no permitiría más interferencias ajenas en sus decisiones personales. El Viejo meneó levemente la cabeza señalando que el joven aún no había entendido: “Aquí en el monasterio tenemos una pequeña cría de ovejas que pastan en la montaña. Raramente perdemos una debido a ataques de algún predador, pero en general, cuando una de ellas resuelve pastar en los senderos de las vacas, acaban perdiéndose. El poder es y siempre ha sido tuyo. Es a ti a quien debes vigilar para comenzar a hacer buen uso de él”.
Con los ojos llorosos, el joven dijo que la atmósfera del monasterio le traía una extraña y agradable sensación de calma. Le preguntó si podría quedarse algunos días y participar de la rutina de los monjes. “Quédate el tiempo que quieras. Involúcrate en nuestros trabajos y estudios. Cuando creas que llegó la hora, parte. El mundo, a pesar de lo que dicen algunos, es un lugar maravilloso para ser feliz.

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