El Gafas

​Robertico cursó conmigo el grado primero, era buen tipo, un poco silencioso, pero muy respetuoso; con su ropa impecable, tenía el uniforme que era, los días que eran: gala los Lunes, Miércoles y Jueves; y física los Martes y Viernes.  Se sentaba adelante, frente al tablero, tenía unos lentes grandísimos que le hacían ganar el apodo de “el Gafas”; no le gustaba prestar sus lapiceros o sus colores; tampoco le gustaba ayudarle con las tareas a los más necesitados, solo había una persona a la que sí le ayudaba con las tareas: recuerdo que sus ojos se iluminaban al ver pasar a Marianita, mi mejor amiguita de ese grado, ella era jocosa y le encantaba coger colbón con el dedo y tirarlo a la juria, para que le cayera en el pelo a las niñas que le caían mal, además de quitarles los novios, para después dejarlos llorando en los columpios, porque no le gustaban, ni entendía esas cosas, solo lo hacía para hacerle el daño a las que ella llamaba “creídas”; a mí me daba gracia sus uñas:  pintadas de carboncillo de lápiz, y cortas hasta la madre, y cómo lograba hacerse siempre con los mejores juguetes. Nosotros jugábamos retándonos casi todo el año: poner chinches en el puesto del profesor, hacer tortugazos, voltear los pupitres en el descanso, tirarse pedos cerca de “las creídas”, coquetearle a “El Gafas” y otras cosas que no puedo contar. 

Una vez “El Gafas” no hizo un taller de matemáticas porque no había entendido, el man me caía bien, así que le expliqué y lo dejé que me copiara, la nota la sacó buena y todos felices; otro día yo no había llevado el color rojo para la bandera de Colombia que había que pintar, pensando que  se lo podía pedir prestado al Gafas, sabiendo que el otro día lo había ayudado: él me dijo que no podía prestarlo porque yo tenía que ser responsable con las cosas y un sermón ahí todo bobo, otro compañero me lo prestó pero, “el Gafas” había traicionado el honor de niño, que es el único verdadero, y merecía pagarlo. EL mismo día reté a Marianita a que le dijera que lo amaba y lo besara en la mejilla en el descanso, se puso rojo, y vi su felicidad emanar de su aura, sabía que la desilusión lo haría miserable y responsable de sus sentimientos, y eso no fue todo, en la clase siguiente le recomendé hacerle un poema y leerlo frente a toda la clase, y luego pedirle el “cuadre” le dije que si hacía eso, ella, sin duda, iba a aceptar. Conocía muy bien a Marianita, ella odiaba la poesía, la escritura y en sí todas esas cosas ridículas de los arcanos del alma, haría muecas como vomitando, y al final terminaría riéndose en la cara del pobre “Gafas” destruyéndole todo lo bonito de la vida. No creo que se haya merecido tanto, pero así son las cosas cuando uno es niño y uno juega, lo importante es el honor, somos animales inconscientes de las prioridades del amor y esas nimiedades.

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