Vuelta, Manifiesto


“Absurdas disertaciones sobre la incapacidad táctica del vuelo”

Sin embargo, amor,  (puedo decirte así, después, de estos tiempos del amor, después del amor) hay un poema que falta por contar. 

Me gustaba, sus besos eran como el jardín de las delicias donde jugaba de pequeño, con las vacas a los lejos, y la manada de primos que esperaban para jugar al escondidijo, en la finca de mi abuelo, que perdió por andar de borracho. 

Los humanos son los hijos bastardos de los dioses, ellos nos hicieron, y se fueron, como un padre que abandona sus polluelos a la intemperie. Nos dejaron aquí, sin más. Peleando por trozos de carnes, y con todo el potencial para ser dioses, divinos seres flotando sobre la hecatombe que supone la naturaleza.

Debe ser que también fuimos fecundados por algunos que otros demonios, porque lo escatológico y lo divino viene junto.
Me gustaba, cuando de súbito se quedaba en silencio, escudriñando mis debilidades, manifestaba su inconformidad conmigo por faltar a mi plan de llevarla a contar estrellas, el cielo estaba nublado y era lo suficientemente oscuro como para no distinguir los disfraces de esas dichosas nubes, nuestras ropas escurrían y había empezado a caer truenos.

Le expliqué que los rayos también son queribles, pues son el resultado de la comercialización de las intimidades, entre encontrarle formas a las nubes y el contar incansable de estrellas.

Son caricias salvajes entre nubes, excitadas acaso, por el roce fortuito y el vuelo pleno, eso le gustó mucho y a mí también; pues el éxtasis nunca sospechó que encubaba una nueva metáfora, fruto de las caricias desbordantes entre estos dos pasatiempos, dejando así en nuestras manos, la responsabilidad de contabilizar cuántos relámpagos caían, y qué formas tenían, me devoró, como quien es devorado de un solo trago, conté 19 truenos, 13 de ella, y con forma de dos serpientes que se engullen.

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A MI SERENDIPIA

Perpetua sensación de amanecer,
amanecer,
y amar nacer,
dentro de otro sueño,
¿Seré yo quien sueño,
este sueño que me habita?
¿O será la mujer de mis sueños
quien me sueña,
y yo solo otro fantasma
que naufraga en el verdor de su cuerpo,
que se refugia en el calor de sus mejillas?
Inmarcesible inercia de Surcar,
surcar,
y surcar,
por los confines de los universos
que se emanan de sus poros
si la beso,
Se deshace en mi boca
Como un diente de león,
Cuyas mariposas van a juntarse dentro de mi abrazo
Y toda ella es una noche blanca,
Y sus lunares son estrellas negras,
Que van formando un mapa,
Para hallar la razón primera,
la explicación al todo,
Hacen constelaciones que cuenten
La mitología de lo primero:
De porqué ardo si me mira,
de porqué llueven nuestras bocas
Cuando los árboles del alma están en cosecha
De porqué me deshago a suspiros en su mano
si nos sembramos sobre la arena.
Escatológica suerte de depertar,
despertar,
y despertar,
sobre el alba despuntante en mi ventana.
Mis sueños (o los suyos)
caen en dominó,
hasta el sueño de un tercero,
y más allá de la furia
y más allá de la magia,
está sentada en mis labios,
por si la nombro,
como dispuesto
a naufragar despierto.