​El oficio de ser astronauta

De pequeño Onelio surcaba los confines de la galaxia y la existencia. Contaba todas las estrellas antes de que el Sol incendiara sus sueños, visitando los sistemas solares y constelaciones, recibía jugo de fruta (frutas espaciales) de los seres amables de por allá, a veces huía despavorido de los monstruos de sombra y espacio que residían en lo más profundo de sí. Una vez no alcanzaron sus dedos para llevar la cuenta, entonces despertó a sus padres para preguntarles qué número iba después. 

Las estrellas le contaban historias de altamar, ultramar, del más allá: que había una estrella reina de donde nacían las demás estrellas, y  cuando morían, hacían un último esfuerzo para que su luz llegara al Todo. 

Había una estrella de la que estuvo profundamente enamorado, ella le coqueteaba con su mirada pícara y sonrisa tiritante, su sabiduria interestelar y silencio luminoso; él le escribía puentes, cohetes de aíre, y globos submarinos, un beso sideral, tal vez un abrazo. 

Era puntual, siguiendo el horario de sus salidas; llegaba con su aeroplano de papel, y se contaban que hace muchas almas todos fuimos estrellas, y en muchas almas, todos volveremos a ser estrellas. 

Ahora está jubilado, mira con nostalgia el cielo, cuenta un par de estrellas, se imagina surcar el universo y piensa en esa estrella que quiso tanto.

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