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Cruzo la calle con pedalazos indómitos sobre ríos de asfalto, al tiempo que un hombre con una caja de frutas cae en la cera de la tienda donde venden chuzos de 3 lukitas en la tarde. Hace rato que no volvía a casa temprano, creo que por eso no me había tocado atender nunca una escena como estas. Dejo a Larry (mi cicla) en cualquier lugar dentro de la cera, después de ver que el hombre no es amo ni señor de su cuerpo: sus tatuajes de corazones y letras en sus falanges proximales, su cuerpo recogido y tembloroso, flaco y terroso, escarbando en la baldosa un poco de conciencia, su facie de piyo con musgosa baba blanca, me preguntan si sé lo que está pasando y más aún, si sé cómo ayudar. (Yo qué voy a saber: proteja vías aéreas, mire pulsos, si pasa mucho inconsciente llame a la ambulancia, dígale a la gente que no se atumulte, que no sea pata, que si no van a ayudar que no estorben, que este hombre no tiene recursos, es inevitablemente otro de los tantos que muere a diario, a la vez que la salud en este país es negociable) Cuántas veces me había imaginado que me tocaba un accidente infinito, y que todo el mundo estaría viéndome, como diciendo, hágale pues que pa’ qué estudiamos, o que secuestraban a la Bichita, y yo la rescataba con mis razonamientos absurdos y dicertaciones tristes de la sucia sociedad, y volvía con ella entre mis brazos, después de haber vencido el mal.
Le sujeto la cabeza para que no se golpee mientras se contrae rítmicamente, y recuerdo lo que decían sobre que uno no puede comerse la lengua, cómo que uno no puede comerse la lengua? Claro que sí puede, ese hombre flaco, de verdad podría quedarse en silencio… lo sostengo de lado para que respire mejor, que no se vaya a ahogar en mis brazos, que a lo bien, me declaro sombra absoluta, uno sabe que más allá del tiempo, se esconde la parca sigilosa, y siempre puede venir a reclamarnos como suyos.
El hombre abre los párpados, y me mira con sus ojos rojos mieles, poco a poco me dice que le dé una pastilla que tiene en el bolsillo, y agua, yo le digo que respire mejor, que ahora se la toma, que todo bien, pregunta por la caja de frutas, yo le digo que mire, que nadie lo va a robar, dice, que lo recuesten en alguna parte, y cuenta que eso le pasó por los nervios, sí sabe, los nervios de que lo habían atracado y que casi lo chuzan, le quitaron la billetera y los papeles, y se pone a lagrimear, dice que vive por la Sierra, ese barrio que es todo peligroso, ese mismo, hay que coger como tres buséfalos para llegar allá, que no tiene plata, la gente de alrededor se manifiesta con ocho lukitas, dos almuerzos, el cariño. Es bueno, la gente es buena, será el temor a dejar de ser lo que los pone bondadosos, pienso. Le digo que ese medicamento no le está sirviendo, que si tiene seguro, sisben, que cómo se llama, que pida cita, que le cambien ese medicamento, que se vaya para la casa, que ojo con las emociones fuertes.
Me despido, y me voy cantando la canción que venía cantando “háblame solo, de nubes y sol, no quiero saber nada de la miseria del mundo hoy, hoy es un buen día, hay algo de paz, la tierra es nuestra hermana, los asesinos son los demás”

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