CEGADO

Entonces la miré detenidamente en un punto. No me movía ni para respirar, tampoco parpadeaba,
únicamente la miraba. Ahí, en la mitad de sus ojos para no perderme nada de la función, la miraba, la
detallaba, la describía en lo profundo de mi mente. Era mágico sabes, ver como sus ojos se abrían en ramos
aún más pequeños y detallados, como si en ellos hubiera un universo entero más grande que éste mismo.
No me moví ni por un segundo y tras unos segundos creo que ella notó el entusiasmo con el que había
encarado mi tarea pues el rubor apareció, sus mejillas se tornaron rojas, sus ojos miraron a un lado y luego
explotó con una sonrisa y un grito cariñoso “¡¡deja de mirarme así!!” En ese instante noté que en ella había
más que un universo, era un multiverso lleno de cosas malas, buenas, feas y bellas que en conjunción
formaba algo de lo que mis ojos, o mi alma, o mi mente o la mano con la que le escribo jamás quisiera dejar
de vivir.

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