Un nuevo amanecer

Hoy al atardecer apenas entrando el anochecer, la luz se tiñó de un rosado tenue. A causa de arreboles que pendían de las nubes, eso creía yo; y de un aire turbado por la lluvia cayendo y el polvo elevándose al firmamento. Atónito y ensimismado en la maravilla del fenómeno miré al cielo y noté la realidad de lo que sucedía. Era tan real y fantástico a la vez, que no sabía si creerlo porque lo veía o no creerlo porque lo imaginaba. La realidad fue más increíble que la ficción, superó cualquier sueño. Entre todas las posibilidades que tuve en cuenta, esa, no aparecía en la desviación normal. La luz rosada tenue era resultado de un reflejo.

El sol eternamente enamorado de la luna y por siempre separado de ella, extendió su mano y uso a su hija, la tierra, como medio para entregar el obsequio. Una flor carmesí: un hibiscus, una rosa, o una planta coral quizás. Y allí estaba la luna, sonriente por el detalle. Ese era el verdadero resultado del fulgor carmesí del anochecer. La muestra de amor verdadero, de aquél astro brillante que jamás podrá estar con su amada. Es por eso, que si algún día te llegara a amar, será como el sol a la luna.

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