ANTES DE HOY

Nadie me percató de lo que me depararían tus caderas. Ese fuego abrasador ni el infierno lo iguala, esa perversidad de un deseo incontrolable que inhabilita el escape o la muerte. Nadie se atrevió a advertirme sobre ello, quizás porque ninguno de ellos se atrevía a enfrentarte, a adentrarse en tí, o quizás porque aquellos que lo hicieron ya no están en el mundo de los cuerdos. Ya no hay marcha atrás para ésta cruzada cuyo nombre efímero fue el tuyo, ahora sólo queda rezar por mi alma mientras pierdo mi mente en ti, mi cuerpo en tus piernas y mi corazón en tus ojos.

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