A la niña…

Ella está suspendida en la cotidianidad, él está medio muerto y medio loco. Se miran, se sonríen, el tiempo falla y toda la ciudad se detiene a contemplar. Su alma lo abandona y se va a sentar al lado de ella, es lamentable que la música de fondo sea el vibrar de los rieles y el murmullo de los alguien, ella no para de sonreír, radiante y luminosa, la simple amabilidad no es la autora de esas arrugas en su rostro. Infranqueable es su quinesis, parecen conversar a pesar de su lejanía, se dicen y desdicen cosas que al final sólo son puentes de silencio. Sus ojos también se posan en las ventanas de su entorno, como procurando esquivar la quietud y crean la atmósfera indicada para un buen suspiro, juegan a imaginarse y no hacerlo, a sospecharse sin ser descubiertos. Es inevitable la despedida, ¿cómo finalizar tan memorable suceso? Poner en un apretón de manos, la responsabilidad de expresar el golpe de estado causado a los sentidos, y la promesa de no morir antes de otro encuentro.

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