DÍA 24: HÁBITO ADQUIRIDO, SAVATER BIENVENIDO

Por qué los hombres tendrán siempre que distraerse de nosotras, por qué preferirán los estériles enredos de la política o la brutalidad de la guerra, por qué han de ser más capaces de abismarse en una discusión sobre la naturaleza de las estrellas que dependerse en el reclamo de unos ojos que todo lo piden, para siempre, para siempre? Porque cuando se entregan de veras, pueden fundirnos en puro deleite. Pero se cansan, se distraen: son como externos a su cuerpo, a sus sensaciones, y no pueden empaparse de carne más que a poquitos, durante breves ramalazos de sensualidad que les dejan exhaustos y aterrados. Enseguida huyen al comercio o a la metafísica, enseguida se refugian en las proezas o se ocupan de componer música. Para vivir necesitan olvidar la mayor parte del día que están vivos; para sentir algo necesitan convencerse de que no sienten, sino que piensan o calculan; para atreverse a desear lo que en verdad desean tienen que atiborrarse de proyectos útiles o sublimes, hasta que finalmente caen rendidos en brazos de lo que no saben apetecer más que como reposo, exceso o costumbre. Son así: para ser capaces de ceder de vez en cuando al éxtasis tienen que considerarlo como un simple desahogo entre dos empresas mucho más importantes porque les comprometen a muy largo plazo… La pasión les desasosiega y la carne les azara y, secretamente, les humilla: no quieren querer lo que quieren o quizá para quererlo tienen que suponer que lo que en verdad quieren es algo mucho más excelso, de cuyo deslumbrante fulgor tienen de vez en cuando que apartar los ojos hacia cosas más banales.

Otelo era una fiera espléndida, parecía infatigable en la caricia, nacido para la violencia de arrullos devastadores que me dejaban asolada noche tras noche como un campo saqueado por los bárbaros. Después de haber probado su furor africano, tan brutal y tan exquisito, tan directo y tan orientalmente refinado, todos los educados jóvenes a los que mi clase me acercaba me parecieron de insoportable insipidez. Me arriesgué a matar a mi padre del disgusto o a ser muerta por él cuando descubriese mis amores con un moro: ¡yo, la hija del senador Brabancio, jugando a la bestia de dos espaldas con un coloso negroide semicivilizado!, ¡la perla de Venecia adornando como un pendiente el lóbulo oscuro de un aventurero berberisco! Por muy rico que fuera Otelo y por muy imprescindibles que fuesen sus servicios a la República, la provocación era demasiado grande. Fueron aquéllas las noches de nuestros arrebatos furtivos, cuando él trepaba ágilmente a la alta ventana de mi alcoba para disfrutarme, como quien sube a lo más alto de un gran árbol para sorber en el mismo nido los huevos recién puestos de un ave exótica. Yo le esperaba desnuda y temblorosa en mi lecho, con la mirada fija en el rectángulo sombrío de la ventana, hasta que en el alféizar aparecían sus ojos de fuego y la agresiva blancura de su primera sonrisa… Eran los días de los mensajes deslizados a la puerta de la iglesia, de los saludos falsamente distantes cuando nos cruzábamos en la plaza de San Marcos o de las miradas de arrobo cuando pasaba a caballo al frente de sus soldados y yo sabía que esa misma noche lo tendría sobre mí, el áspero calor de su lengua en mi boca…

Fernando Savater.

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