Día 10

-¿De qué huyes?- me preguntó el extraño. -De algo que no puedo huir, sin embargo trato de hacerlo-. -¿qué podría ser eso de lo que no puedes huir?- preguntó mirandome con curiosidad. Tenía fundamento su curiosidad, pues uno puede huir de todo, del amor, de una persona, incluso de un problema. Pero, estaba equivocado, hay cosas de las que no se pueden huir, en mi caso, yo no puedo huir de su mirada. Diría que fue el diablo, el peor de todos, el que le otorgó ese poder en sus ojos o ¿Habrá sido Dios? que cruel fue de su parte si fue él. La miré una vez, quizás dos, no más de tres. Presencié como el sol danzaba en sus ojos y cómo la luna se quedaba atrapados en ellos, los vi mirar con lujuria y tristeza, hasta vi la oscuridad en ellos. Al principio no dejaba de pensar en ellos, en ella, luego quería volver a verlos, posteriormente el miedo me sumió y temí por mi alma y traté de huir, ahora estoy huyendo con el objetivo de que quizás, en mi frenético escape vuelva a encontrármelos para confesar que sin esos ojos la vida no tiene sentido.

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