Día 1 – Día del diablo

Hoy amanecí como el diablo: degenerado, pícaro, alegre y con ganas de revelarme ante todo, queriendo el mundo para mí, deseando corromper a todas las personas. Hoy soy el diablo y me desboco a la calle con mis rasgos alterados y demoniacos. Entre tanta vileza, veo al mundo como es: lleno de maldad y profundamente podrido, sin esperanza alguna para su triste sino, hermoso.
Plagado de tanta ley, envuelto en mucho orden yo crecí, absorto a lo hecho y a lo debido, al sistema, a la vida, pero el día de hoy estoy dispuesto y animado a derrumbar todo, a revolucionar o por qué no mejor a involucionar este pútrido mundo. No habrá mandamientos, ni paradigmas que guíen mi destino o el de aquellos que corrompa. Seré infamemente feliz a cuesta de cualquier cosa, a cuesta de cualquier persona. Me dirijo (con las riendas de mi vida y mi alma llena de malicia) a un lugar.
Al llegar a aquél lugar encontré de todo; buenos, malos, bellos, feos, tristes y alegres, entonces comencé mi fiesta ególatra (siento el éxtasis fluyendo por mi corrompida sangre) con cada uno, con cada alma, con cada ser. Buscando profundamente sus debilidades, aprovechando sus huecos, saboreando sus vicios inicié mi accionar (metódico pero caótico al mismo tiempo), los corrompí. Tanto icor nocivo acumulado es un cóctel delicioso, una ambrosía digna de mi pervertido paladar.
La fiesta persistía y entre todos los que habían caído, uno de ellos fue particularmente divertido (por qué no, seductor), Sus defectos eran palpables, sus vacíos infinitos, aún así no cayó en tentación; ni mujeres, ni dinero, ni placeres (voluntad férrea mi conclusión). No pude convertirlo en un animal de tan sólo instintos permisivos y degradantes. La frustración se adueño de mí, al igual que la terquedad y al final, sólo al final, la inteligencia vino a visitar de nuevo mi ser. Todavía conservaba la mayor debilidad. Mirándolo fijamente a los ojos (con los míos ardientes de emoción carmesí) sonreí siniestramente, como la noche misma. Sus temores se hicieron piel y temblor, había visto al diablo, al peor de todos. Con mi mano desnuda atravesé su cavidad torácica (con un golpe seco y un sonido horripilante), corté las venas y arterias y le saque el corazón lentamente, luego alcé mis manos y le mostré entre una lluvia de sangre y un ritmo mortal, el latido de su corazón aún vivo; mi trofeo. En el ápice de aliento que le quedaba le susurré al oído: Puedes ser perfecto y tener una voluntad inquebrantable e incluso no caer en mi tentación, pero tu mayor pecado; la muerte, te ha condenado. Ya no serás una inspiración para nadie más.
Entre las multitudes de rancios apareció una mujer, rojos cabellos que le acariciaban el trasero, ojos azules centrados y acrecentados por pestañas negras, piel nívea como la muerte y la nieve, y unas medidas no tan perfectas, sin embargo, sus bustos eran firmes y provocativos, su cintura era como un aviso gigante que señalaba su fertilidad y sensualidad y su trasero, respingado y atractivo el cual formaba un derrier espléndido a la vista, al libido. Se sentó en una mesa y pidió un whisky. Hasta mi cola sintió la atracción hacia ella. Un alma pura, un cuerpo intacto, una mente… (no podía leer su mente). Desplegué mis alas, alenté mi fuego y me dirigí directamente a mi presa.
Cuando yo me senté ella se paró, cuando yo me paré ella se puso a danzar, cuando yo dancé ella gritó y cantó, cuando yo grité ella me dio la espalda. Lleno de ira fui directo a sus ojos. Entonces la miré con los míos llenos del fuego idílico que posee las más dulces tentaciones y posteriormente la hipnoticé. Saboreaba sus pecados: la lujuria que compartía virginalmente con su cama, la pereza que la agobiaba en los días calurosos, la avaricia de obtener las mejores sonrisas, la gula al comer chocolates, la envidia que le tenía a las nubes, la ira de sus caderas y el orgullo de poseer sus ojos.
Entonces como preludio a una conquista perfecta (a mi mejor corrupción), la invité a bailar. Mientras danzábamos en medio de la putrefacción y decadencia de un mundo transfigurado en infierno, la tomé con mis manos y con mi cola mataba a todos los que si quiera la miraran, la olieran, la sintieran. Trataba de bajar mis manos para agarrar sus nalgas, pero justo en su cintura las tomaba y las devolvía a su lugar. Trataba de besarla pero sólo recibía al aire que provocaba el movimiento rápido de su cabeza sin embargo, ella me seguía mirando con esos ojos azules, me seguía liderando con el movimiento de sus caderas, me seguía excitando. Al final de la música recibí un beso deslizado en mi cuello y como si nada, partió por su whisky y se sentó en su mesa.
Lleno de ira (hoy todo sería mío) mostré mi verdadera forma, mi carácter real, mi genio. Todo comenzó a arder y las llamas se fueron ennegreciendo cada vez más, mi alma desatada consumía todo. Todos los vivos y los muertos comenzaron a temer, incluso ella. Pero su ofensa había socavado lo peor de mí y no era suficiente con mostrarme tal cual como era. Profesé hechizos prohibidos, recité palabras más malditas que yo y con ellas invoqué mi tridente; hecho del mal mismo, del desdén de dios. -Hoy el mundo sería mío- le grité -y todo lo qué esté en él. Tú no serás la excepción, si no puedo tenerte, si no puedo corromperte, entonces tu alma será despedazada y no servirás a nadie más de inspiración, te desterraré a un lugar peor que la muerte y tus hermosas facciones jamás volverán a existir, ni siquiera por el azar de lo infinito. Nadie me retendrá y menos una mujer como tú”.
Mi fuego se volvió el abismo y el mundo; todo el mundo, fue engullido por él. Entonces ella se levantó, limpió sus lágrimas y se detuvo ante mí. Mi alma desatada corrompía cada aspecto de su ser y aunque mi mente se regocijaba del éxtasis, un lugar en mi pecho sentía un raro padecer. No me importó, seguí mi camino a ella. Al estar cara a cara, con mi voz dominante y mi voluntad majestuosa le dije –mírame-, pero ella no lo hizo, no me miró, se negó, ni siquiera tembló. Entonces, exploté y toda la creación comenzó a ser consumida, destruida por las llamas negras de mi alma, ese fuego que me quemaba, ira pura, orgullo sin igual. Empuñé fuertemente mi tridente y justo antes de atravesarla con él, ella… Esa condenada maldita, me besó.
Mi fuego de negro se torno rojo pasión y de la nada latió un inexistente corazón, todo volvió, todo resplandeció. Esa mujer desde que entró me cautivó, me corrompió con el peor de todos los males, incluso peor que yo. Me corrompió profundamente con el amor.

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