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De las palabras y la vida que te debo
Madre, no sé si compartirme con este mundo fue algo que elegí, desde mis más remotos tiempos de suspiro en otras dimensiones, y encontrándome celoso de los segundos al verlos perecer, sentirlos consumirse infinitos en la vía láctea, urgué por la telaraña sideral donde refugiarme de la inexistencia universal. O quizá, solo fui obligado por el pacto entre tus células y la furia de un Dios, que no se conforma con la nada, y en el peor de los complot fui succionado a la vida en el llanto más imperecedero. Pero te gustará saber que me he puesto en la tarea de fluir en la hostilidad de esta relidad de la que fuiste vórtice, esparcir en la superficie pedacitos de lo que fui, soy y seré, para que después de mis pasos nazcan árboles y mares, nubes y estrellas, animales y dioses, como me han enseñado tus manos.
No recuerdo cómo era antes, cuando no estaba aquí, y era una semilla que brotaba dentro de tu ser, absorbiendo la vida, y el universo de tu vientre, inclusive, antes, cuando era un espermatozoide deambulando en los acantilados de mi padre con afanes de llegar donde mi otro yo, que yacía paciente a la orilla del río, para herguirme patria de sangre y alma. O antes cuando navegaba los confines de la nada a la espera de un nombre, un sueño abortado de un destino blandiendo el caos, el filo de un pensamiento del demonio deformando lo etéreo, a la espera, en una fila de almas, por materia que poseer, supongo y no sé por qué, elegí (o me tocó) este cuerpo, esta madre, este cielo, aún no merecía ser piedra, ser agua, un árbol tal vez, eso es para almas mucho más sofisticadas, más pacientes, y sabés bien que puro movimiento soy, puro desespero e incendio.
Madre, te gustará saber que ya no me escondo tras mis párpados, aunque conserve la inquebrantable tentación de saltar al abismo, no lo hago. Me he vuelto caminante de Soles, y aprendido a amar a la humanidad torpe y hermosa. Que digo vida, y se me inflama el espíritu, un escalofrío secular me invade, y estallan goticas de mí al pensar en esas cosas tan complicadas. No mato Madre, a nadie excepto a mí mismo, he adquirido la técnica de regar con mis llantos mi espírito y lavarlo, renacerlo, que en mi garganta hay una antologia de mariposas caducadas que me recuerdan al grito del amor implosionar en silencios contables.
Una criatura mitólogica sos vos, una serpiente alada con plumas y coraza, combatiendo remolinos de nieve y fantasma, transmutando la ceniza a ojos, y la tierra a carne, y tu sombra a cabello. Qué carajo me importa a mí el génesis o el big bang, sé que el mito de mi creación yace en la calidez de tu regazo, y sos mi patria prima, quizá el Edén del que fui desterrado para ser libre y humano, humano, y mil veces humano, fruto de tu energía.

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