Déjame

Ante todo le pido que me permita escribirle.

Si quiere, niégueme el poder besarle, o acariciarle, o pasar la noche a su lado; incluso los días. Si quiere no me deje mirarla, o amarla. Si así lo desea, ciérreme la puerta en la cara cuando voy a visitarla, o no me ofrezca sus sonrisas. Puede incluso quitarme el sol, la luna, las estrellas, el firmamento, el día y la noche, hasta el aire que respiro, o el agua con que calmo mi sed, o la tierra en la que me afirmo. No responda a mis saludos, si eso le complace. Ni tampoco me sueñe en las noches. Quíteme todo, absolutamente todo. Sólo le pido, que me permita escribirle, así no lea los escritos, queme mis cartas, o las bote a la basura.

Porque no hay mayor pecado que no permitir a las frases que rondan la armonía de su ser, ser tangibles en un papel, porque el universo castigaría al escritor que no intente describirla a puño y pluma, con pulso férreo y mano sudorosa. Sería una calamidad que las inspiraciones que usted causa quedaran presas en la imaginación de los poetas, sin poder sentir el orgasmo característico a la punta de un lápiz y la superficie de un papel. No me niegue el placer de escribirle, porque a pesar de que me haya negado absolutamente todo, hasta la existencia misma, al escribirle puedo crear universos enteros, sentir sensaciones que no son posibles en la realidad, plantear hipótesis retorcidas y pasar con usted un tiempo infinito. Por eso, no me niegue el deber de escribirle, pues es una obligación del poeta describir la agonía, la tristeza, la grandeza, la belleza que un ser majestuoso pueda causar.

Quizás de tanto escribirle algún día uno de esos escritos llegue a su curiosidad y al revelarlo al escrutinio de su mirada le provoque leerlo, quizás lleve con suerte y su mente trate de comprenderlo y recorra su consciente una y otra vez. Todo para que al final, aunque sea muy improbable, pero no imposible, esas palabras se aniden en su inconsciente y ahí habré triunfado. En ese instante todo aquello que me negó será disponible de nuevo, hasta podría ofrecerlo usted misma, ese día deseará que le escriba, querrá leerme, anhelará mis descripciones y me otorgará trabajo una y otra vez. Ese día le seguiré escribiendo, le seguiré inventando lo que la razón no vislumbra, ese día por fin declararé mi postulado.

“He aquí al hombre que te escribió cuando le negaste todo, he aquí al hombre que te escribe cuando le otorgas todo, he aquí al hombre que te escribirá hasta la última noche, del último día.”

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