EXPRESO AL OLVIDO

Hoy fue un día decisivo en mi historia. Eran las 3 a.m. el reloj aún no despertaba, únicamente se escuchaba el armonioso respirar -tic, tac- indomable, incontenible. Con los ojos cerrados, pero completamente despierto pensaba paso a paso el algoritmo que aplicaría en el día que se aproximaba. Me alejaría de todo, tomaría una ruta directa al olvido, a la libertad que anhelo pero que no consigo en este lugar, con esta compañía tan precaria y falsa, que me obliga a desear la soledad. Tomé mi mejor compañía: los libros en el suelo, y todo mi equipaje. Me preparé un café bien oscuro con poca azúcar, para recordar lo amargo de un despertar normal y así, me embarque hacia la estación del tren.

Creemos comúnmente que los grandes sucesos cargados de melancolía, tristeza, desdén y desprecio, sólo pueden ocurrir en días grises, tristes, lluviosos y fríos, de esos días apagados en los que al sol le da pereza brillar y las nubes desfilan como fantasmas sin rumbo y apocan aún más, la ya tenue, luz del sol. Y entre refracciones amorfas de un caleidoscopio defectuoso se pasa el día y se llena el corazón de angustia, causando así todos los vaticinios siniestros antes mencionados. Pero, esta vez, había un sol enorme desfilando en el cielo, pocas nubes, aunque las escasez era subvenida por lo blanco y reluciente de ellas, por las formas agraciadas y gráciles de éstas, que se configuraban en el horizonte del cielo formando una cúpula de un azul tan puro rodeada de una corona de blancura, de un relicario de nubes de algodón, Azul tan profundo y majestuoso que se podía confundir con el mar, sino fuera porque para verlo había que elevar la cabeza. El aire olía a verano, a alegría y encantamiento, sin embargo, los rayos del sol no superaban el umbral de calidez necesaria para ser molestos, así era, un día perfecto, para un “bon voyage” con destino incierto y menospreciado.

El tren tardó poco. La plataforma de abordaje estaba completamente vacía. Sólo yo y tres hojas de un periódico de ayer o antier que revoloteaban sin rumbo por el pavimento, hasta que una de ellas se pegó estrepitosamente a una de las bancas de la estación, causando un estruendo de relámpago que atravesó rápidamente el ambiente taciturno de tan abandonada estación, la que un día fuera la estación emblema de todo el sistema, ya no era más que un tributo a una era antigua que se había agotado con el tiempo y dejó atrás sólo el cemento, los rieles, las sillas y la profunda y angustiosa soledad que allí habitaba. Hasta que el bufido del tren acercándose y la inconfundible onomatopeya –chucu, chucu- que se producía por cada ciclo de giro de las ruedas poco aceitadas y descuidadas del expreso al olvido.

Luego de abordarlo, tome asiento en la silla más cómoda. Una ventana enorme en cuyo vano arqueado, descansaba un marco decorado en oro y tallado a mano. Un vidrio transparente cubría la ventana corrediza, la cual permitía una apertura completa y un flujo de viento constante y agradable el cual bamboleaba mi cabello y refrescaba mi atribulado espíritu. Recordando la mejor compañía, saque de mi equipaje un gran libro. El cual sólo poseía hojas en blanco y carentes de letras, aun así, hoja por hoja, desde la portada hasta la guarda, comencé a leerlo, a disfrutarlo, a escribirlo. Acompañándolo, con un trago de café, de aquél que había preparado en la madrugada, embotellado en el precario termo negro de toda la vida, contenedor que tantas veces me había guardado el café tibio hasta la llegada de la noche. Café amargo, que bebía para recordar la amargura de la soledad acompañada que padecía.

Mi destino no era alcanzable, pero el viaje fue encantador, de aprendizaje, revitalizador. En él, medité acerca de las dificultades, de las perdidas y fracasos, de todo aquello que me había desanimado y acabado. Y la iluminación me golpeo a la cara, como aquella corriente constante de viento que se filtraba por la ventana abierta en su totalidad. El tren seguía andando, incluso en contra del viento. Rugía y silbaba con ahínco, y nada lo detenía. Así como las inconsistencias de los rieles tampoco lo hacían desfallecer en su andar. Camino al abandono, en el expreso al olvido, fui feliz con mi café y mi libro en blanco, aceptando mis penas y dándole el merecido respeto a cada una de ellas. Sin exagerar en su valor, ni menospreciar su dificultad. En aquél vagón, por fin, logré olvidarme de ti, de ellos, de nosotros, de todo. Y fui libre, como jamás lo había sido.

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