DIOSES Y MONSTRUOS

Un invierno, hace mucho tiempo. El oscuro cielo de esta región se iluminó por un pedazo del cielo que se precipitó a la tierra. El brillo era mayor que mil soles juntos y el estruendo sonaba a través del horizonte como si desgarrara el firmamento con su paso, ruido que languideció cuando el trozo del cielo impacto la tierra. Un agudo silencio seguido de un ensordecedor golpe, seguido de muchos ecos que retumbaban en los oídos y les causaba dolor. Luego de escuchar los vidrios de las ventanas romperse, seguía un golpe fuerte que lanzaba el cuerpo a lo lejos y desorientaba de inmediato.

Suficiente tiempo pasé tirado en el piso, tratando de volver en sí, con la mirada perdida, los oídos sordos y la mente embotada logré hacerlo al cabo de un buen rato. El miedo fue la primera sensación que sentí, miedo de que se repitiera y esta vez sucediera más cerca, miedo de no saber que había pasado, miedo de que quizás no estuviera tan bien como creía. Tras unas cuantas revisiones de seguridad, sin creer del todo que estuviera bien, salí de mi casa. El frío era lo único que quedaba y el cielo estaba aún más oscuro de lo que estaba antes del suceso, sin embargo, el trazo de luz previo a la explosión había sido claro y sabía donde había caído. A lo lejos, un fulgor naranja iluminaba una porción del horizonte, ese era mi único indicio real del lugar, entonces me dirigí allí; motivado más por la curiosidad que por la sensatez.

veintitrés minutos de viaje a paso rápido me tomó llegar, al parecer había caído más lejos de lo que pensaba e imaginarme que hubiera caído no a veintitrés sino a diez minutos de viaje de mi hogar, me helaba la sangre más de lo que la tormenta me helaba la piel. No eran temores sin fundamento, pues desde hacía dieciocho minutos sólo veía destrucción, desde rocas desmenuzadas hasta arboles mutilados y otros arrancados completamente de su lecho con raíces y todo. A los 10 minutos de viaje, aparecieron los primeros incendios y lo que era un frondoso bosque, se tornó en un yermo carbonizado donde se sentía el calor del mismo infierno. No fue la cordura lo que me hizo seguir, era un impulso irresistible de idiotez y desmesura, un atrevimiento poco inteligente y precavido, no era mi mente lo que me impulsaba ciertamente, sino algo más oscuro, más profundo, más instintivo.

Allí estaba, el epicentro, el lugar de impacto, el sitio donde todos mis temores convergían, el infierno mismo. En el centro del impacto claramente se divisaba el primer cráter, sin embargo, el objeto que lo impactó no estaba ahí, en su lugar, una marca profunda arañaba la superficie y se extendía por cerca de una hectaria. Al seguir el rastro, aguantando el calor y la terrible presión del ambiente, encontré una figura.

Completamente desnuda, yacía tirada, tratando de levantarse y moviendo unas alas del tamaño de una camioneta, cerca de tres metros de envergadura y de un color plateado, cómo la luna. El impacto fue terrible, de eso estoy seguro, sin embargo, no había rasguño alguno en su piel, y basado en los lindes del terreno, no había perdido ni una pluma de sus alas; aunque más que plumas eran como un haz de luz, que se extendía desde la parte superior hacia el suelo, parecían fluyendo como cintos con textura moteada y afelpada, ciertamente no eran plumas, sin embargo de lejos lucían como ellas.

Traté de acercarme lentamente, me temblaba hasta el vaho de aire que escapaba de mi boca, con mucha cautela y midiendo bien cada paso. ¿Qué podría ser éste ser? ¿Un ángel? ¿Un demonio? ¿Un extraterrestre? ¿Un sueño? No debí preguntarme tantas cosas, debí enfocarme en el camino, cómo antes lo había hecho, pues por éste despiste di un paso en falso y como resultado una roca del tamaño de la mitad de mi pie se desprendió. Vi en cámara lenta cómo la roca giraba apurada y estrepitosa, golpeando las demás y produciendo suficiente ruido como para alertar a cualquiera a tres kilómetros a la redonda. Y así fue, el ente que yacía en el infierno notó mi presencia.

Su rostro era perfecto, sus cabellos parecían pequeños hilos de fuego, que brillaban como hologramas al moverlos, en su frente una tiara se posaba, al parecer hecha de algo parecido al diamante pues amplificaba la luz que emanaba de sus alas y sus cabellos, la difractaba y provocaba rayos de luz intermitentes. Pero, no hubo nada más intrigante, asombroso, perturbador y notorio que sus ojos. Ojos rasgados, en sincronía con lo pulido de su rostro, brillaban por sí solos con una luz violeta acercándose al blanco, su iris era rojo, amarillo, dorado, café, en fin una danza de varios colores que semejaba un río de lava ardiente y en el centro del iris una pupila negra, más que la noche, más que la negrura de un alma condenada. Ese carmesí, ese blanco azulado y ese negro desalmado me bloquearon inmediatamente. Sólo sentí una brisa y luego la fortaleza de sus manos que me tomaban por el cuello y me alzaban completamente. Luego un rápido movimiento, un golpe contra el suelo y unos cuantos segundos arrastrándome y dando tumbos en él.

Un aullido, creo. Fue lo último que escuché de éste ser. La primera diosa que descendió del cielo. Creíamos que los ángeles eran buenos, creíamos que los demonios eran malos, creíamos que nosotros eramos importantes, pero no fue así. Cuando la primera ángel descendió, yo sobreviví y ésta tierra se convirtió en una tierra donde monstruos y dioses gobiernan. Luego de ella, el cielo llovió fuego y muchos más estruendos siguieron. Su belleza y majestuosidad sólo rivalizaba con su fiereza. Todo lo que había temido, eran apenas paños de agua fría comparado con lo que realmente sucedió.

Diez años han pasado desde el inicio de ésta guerra, la humanidad ha tratado de hacer algo, pero nada han podido hacer. A ellos no les interesamos por eso no sienten remordimiento cuando millones caen en sus batallas, ni tampoco buscan expresamente aniquilarnos. Somos como hormigas con nuestro hormiguero en un campo donde los elefantes luchan. No podemos hacer nada.

He visto como mueren hombres tan solo por estar a cien metros de ellos, he visto como un movimiento de sus manos atraviesa el cielo y destruye edificios enteros. He visto como dos de esos monstruos se baten a duelo y cómo colorean el cielo con su fuerza, yo lo he visto, lo he visto. Y siempre me pregunto ¿Por qué estoy vivo? si tan solo al mirar sus ojos debí morir. Ahora sabemos, que no hubo jamás dios, ahora sabemos que tampoco habían ángeles o demonios. Sólo habían dioses y monstruos y por encima de ellos, únicamente la muerte.

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