CHAOS AND YOUTH

La luz de la vela danzaba en el pabilo, presagiando una noche de vientos fuertes y una tormenta implacable, sin embargo la luna aún brillaba en un despejado cielo negro y plagado de estrellas. Al menos, así lucía desde el ventanal de la habitación sur de la casona de Mr. Heil. Una habitación tan solitaria como la misma casa, en la que sólo habitaba yo, pues la servidumbre y el mismo señor Heil estaban en otro lugar y yo, me encontraba como cuidador y evaluador del lugar que estaba en venta. Sin prestar mucha atención a los vaticinios de lluvia cerré el ventanal y me dispuse a pasar la noche leyendo y escribiendo bajo la luz de la vela (velas en realidad, pues requería al menos unas 4 para alumbrar apropiadamente el escritorio).
Mientras estaba absorto en mi pasatiempo era abordado por escalofríos repetitivos y una sensación incómoda de estar siendo observado, sensación que causaba múltiples distracciones al observar de esquina a esquina la habitación y como siempre encontrarme con el vacío propio de la soledad que me acompañaba. Aunque, esa sensación tan incomoda y sombría, lentamente incrementaba mi ansiedad y el terror propio de lo inesperado y lo desconocido.
Sensación que llegó a la cúspide cuando el primer trueno desgarró el cielo. -Madre de Dios todopoderoso- Esas fueron las palabras que brotaron del susto causado por el trueno, el cual había impactado en las cercanías, pues la diferencia entre la luminosidad del relámpago y el estruendo del trueno eran imperceptibles. El fulgor del relámpago encandiló mis ojos por unos segundos y el trueno embotó mis oídos. En ese estado catatónico y desorientado, percibí una figura oscura en una de las esquinas de la habitación. Aunque no le presté mucha atención debido a mi estado.
Qué susto, casi me tragué el corazón y me mordí la lengua. Lo inesperado de tan majestuoso estruendo había causado una taquicardia en mi y avivado los temerosos pensamientos que me habían acusado toda la noche, la solitaria noche, en esa casona abandonada. Sin embargo, logré calmar mis ansias. Entonces, procedí a descansar un poco, aún no era tiempo de dormir, pero si cerraría un momento los ojos y dejaría que el sonido de las gotas rebotando en el ventanal me arrullara.
Mientras dormía soñé con una hermosa mujer vestida de negro, la cual me llamaba desde una puerta de madera, retocada y barnizada, de color negro y chapas doradas. No podía ver su cara, pues un velo negro sedoso la cubría y sólo podía distinguir sus sensuales facciones y sus delgadas manos, cubiertas por unos guantes negros de terciopelo, además, el sombrero de medio lado que sostenía el velo. Una falda recientemente negra, cuyo flequillo iba desde la porción medial del vestido hasta las lejanías del mismo, proporcionaba, si se miraba de frente, una deslumbrante vista de las piernas de la mujer, adornadas con medias veladas y un par de ligas con encaje bordado que sostenían las medias y dividían la pulcritud de unas delgadas y delineadas piernas, con la infernal y apasionante verdad que se encontraba por encima de ellos. Aún así, el flequillo en forma de “v” no dejaba ver la entrepierna de la mujer, sin embargo, le daba un especial énfasis el cual no se podía pasar desapercibido.
Los labios resaltaban en la negrura de su atuendo, pues estaban coloreados de un rojo carmesí, como si la sangre brotara de ellos y se prendiera fuego en la más intensa y desalmada flama del averno. Sus ojos permanecían ocultos bajo el velo, al igual que sus demás facciones. Su brazo se extendía ante mí como tratando de alcanzarme y sus labios deletreaban, clara y lentamente, la frase -Pronto serás mío-. De repente, el espacio se contrajo y la mujer estaba al frente mío. Su mano casi tocaba mi cuello y de alguna manera asfixiaba mi ser. Entonces, desperté.
Sobresaltado y asustado, abrí los ojos al a vez expulsaba un grito desde el alma. Las velas habían terminado su pabilo y la habitación se encontraba completamente sumida en una oscuridad sólida e impermeable. Traté de ubicarme, en el espacio y también en el tiempo y sólo pude distinguir el ventanal por un brillo delicado y moribundo que producía la única luz de la luna llena, que se escapaba entre la densidad de las nubes. Entonces, miré al rincón, fijamente. Con una perplejidad que superaba la de un felino al cazar. Sin embargo, no notaba más que un pequeño cambio de contraste. Entonces, armado de valor, decidí no mirar y buscar más velas y cerillos para atravesar la brumosa oscuridad que se cernía sobre la habitación.
Al dar la espalda al rincón escuché el susurro -Pronto serás mío-. Justo, cuando tomaba una vela y un cerillo. Presuroso y atormentado por un temblor de ultratumba, prendí el pabilo y apunte la luz salvadora al rincón. Tan sólo vislumbré como se disipaban las sombras, en especial una que yacía en el rincón, de donde provino el susurro. Mi alma se sumió en un regocijo incalculable al descubrir que no había nada. Entonces puse el candelabro en el escritorio y miré hacia la ventana. La negrura que invadía todo era levemente sobrepasada por el brillo de la vela, aunque en ningún momento lograba su brillo llegar hasta la ventana. Entonces, justo cuando mi corazón y mi alma por fin estaban en calma, cuando el miedo por fin se había disipado, nuevamente, surgió el relámpago y su destello iluminó toda la habitación. Revelando mi destino, borrando cualquier sensación de bienestar, eliminando la sensatez del mundo físico y abriendo aquella puerta negra que habitaba mis sueños.
Cómo no se iba a difuminar la sombra de la esquina de la habitación, si no era más, nunca fue más, jamás sería más, que una mera sombra. Una proyección de su dueña. La cual jamás estuvo en la negrura de la habitación. Siempre miró desde el otro lado de la ventana, con sus vestiduras negras, sus labios rojos, su piel mortuoria y el brillo de unos ojos que sobrepasaban el velo que cubría su rostro. Era la encarnación de todos los temores que pude adquirir en mi vida. Toda esa figura, iluminada por la luz omnipotente del relámpago. Pero, había algo que me daba esperanza, la figura tétrica y fantasmal no podía atravesar el ventanal cerrado, era un paño de agua fría para mi tormento, pero, un alivió sin dudar.
Sin embargo, el terror que sentía no culminaría ahí. Pues, no hay relámpago sin el estallido sónico del trueno. Estruendo que, aunque a mi percepción temporal pareciera extendida y dilatada, no tardó nada en llegar y para mi completa perdición y desgracia, aniquilando cualquier salvación, El ventanal se abrió de par en par y el espectro que me acechaba se sintió liberado de su exilio. No hubo nada jamás en el mundo, más horripilante que la sonrisa de mi cegador.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s