Esquizofrenia – Parte dos

NOTA ACLARATORÍA: NO SOY PACIENTE DE UNA ENFERMEDAD NEURODEGENERATIVA EN ESTE CASO ESQUIZOFRENIA, SIMPLEMENTE ME TOMO EL OFICIO DE ESCRIBIR.

Discernir entre la realidad “real” y la realidad “virtual” mediante un proceso cognitivo, consciente y coherente no es posible para mí. ¿Acaso no es real todo aquello que nuestro cerebro procesa y convierte desde estímulos en reacciones? Es una definición de realidad, bastante precisa y situacional para mí, es más, encaja perfectamente para dar validez a mi condición. Sin embargo, conscientemente sé que hay cosas reales que no lo son, que son una imagen virtual de proyecciones generadas por mi cerebro. El problema es distinguir entre lo irreal, lo no real, lo real y lo completamente imaginario.

Desde la revelación que obtuve al probar la visión mono ocular, he estado poniendo a prueba mi visión. Utilizo un parche para cancelar completamente la visión de uno de mis ojos, luego, salgo a caminar el mundo únicamente valiéndome del punto de vista de uno de mis demonios. El gris azulado; el causante del invierno, entrega una perspectiva fría, objetiva, calculadora, espectral y fantasmagórica. Cuando veo con el soy capaz de vaticinar acciones, reacciones, sucesos y hasta parte de la voluntad. Es como si me dijera que van a realizar las imágenes que el percibe. Así es.

En los días donde uso el parche en el ojo carmesí, suelo ir al parque a divisar el accionar de todo. Desde la nube que desea caer como lluvia, el árbol que quiere menear sus ojos, el pasto que quiere crecer un poco, la paloma que asecha el pedazo de pan, el hombre que se le declara a la mujer, la mujer que llama a su amante, el vagabundo que quiere salir de su condición y a la vez no. Aprendiendo como usar ese don a mi favor. Aunque la pregunta persiste ¿qué es real, que es irreal, que no es real, que es imaginario? Siendo lo real, aquello que es sin importar cómo lo vea. Siendo lo irreal, aquello que es más de lo que realmente es. Siendo lo no real, aquello que mi mente crea sin mi permiso y supone algo real. Y siendo lo imaginario, aquello que mi imaginación crea y puede superar o no la realidad. Hay similitudes entre algunas de ellas, sin embargo, es preciso definirías bien para poder comprender mi situación, condición y actuación.

En los días gris azulados (debido al ojo con que los veo) también hay imágenes terroríficas que me acechan. Sombras laxas y lánguidas, con cuellos alargados, mechones de cabello pegados al cráneo, manos raquíticas y deformadas, carentes de sombra propia. Su carne parece fluir como la densa lava y de vez en cuando trozos de ella caen al suelo y se evaporan. No sé en qué categoría ponerlas: irreal, no real, o imaginaria. También están los cuervos de 13 ojos, cuyas plumas son negras y sus bordes rojizos, estos tienen patas con 5 dedos, tres adelante para posarse y dos atrás para completar el agarre. Cada dedo con dos uñas y en el talo unos pelos sobresalen que danzan con el viento. Su graznido es espantoso, no me gusta oírlo y siempre urajean cuando una nube tapa el sol. Lo más sobrecogedor es la leve sonrisa que se dibuja en su pico al llegar el atardecer, siendo esa sonrisa el indicador de mi regreso. Jamás he querido pasar una noche con el gris azulado viendo, mi pulso decae de tan sólo pensar los horrores y desgracias que vería en la noche.

Casi olvido por completo al lanzador de maíz. Pero de sólo recordarlo mi voz titubea y mi pulso tambalea. De todas las cosas que veo a él es el único que no quiero ver. Ni siquiera puedo describir el temor que infunda sobre mí, es tanto así el miedo que le tengo que al verlo lo único que puedo hacer es quedarme pasmado en el asiento. Si, la tercera silla desde la calle 43 hacia la 44, mirando al campanario de la iglesia y bajo el roble con la marca de corazón. Los cuervos de 5 patas le temen y no crascitan, las sombras evitan su camino, ni siquiera el sol lo alumbra directamente, sino que se escabulle por las pequeñas grietas proporcionadas por las hojas del roble y lo iluminan con temor.

Y ahí estoy yo, petrificado a su lado, viéndolo con el reverso del ojo gris azulado, pues siempre se sienta a mi derecha. Puedo notar la bufanda café que lleva, el orificio de un ojo izquierdo faltante, las garras del pie peludo que sobresalen su zapato roto, el hedor a muerte que desprende, el estremecimiento constante de su mano derecha, una capa que le llega a la cintura de color negro y en ella unos rostros plasmados, vivientes y dicientes. También noto 3 colmillos que sobresalen sobre su labio superior, una cicatriz desde el mentón hasta la sien, una oreja despedazada y 2 dedos amputados. La piel de su brazo parece calcinada y la de su cara está llena de un sarpullido simétrico con forma de hexágono, con pequeños agujeros en su interior de forma circular. De él, se proyecta una enorme sombra que llega hasta las escalas de la plaza, es eso lo que realmente causa pavor, pues en la sombra se refleja el fulgor gris azulado de mi ojo derecho y una mueca lo rodea, unos labios de fuego parecen saborearlo. El contorno de la sombra no es delineado, sino una completa y cambiante textura. Mientras más veo su sombra, más siento que me tragará.

“No sabes lo que te espera” Es con lo que siempre inicia la conversación. “Recuerda que los ángeles te van a abandonar cuando el demonio llegue” “No hay hombre sensato en esta tierra de monstruos” “El engaño más sutil es aquél del que no dudamos” “Fue Epafrodito quien apuñaló a Nerón” “Algún día te llevaré conmigo”. Son pequeñas frases que el lanzador de maíz recita. Siempre hay conversaciones, pues mi temor se ve acrecentado cuando el exige una respuesta, el silencio me obliga a hablar y temo lo que sucedería si me negara. No hay paloma alguna que acuda por el maíz, los cuervos no emiten sonido, las sombras se paralizan, los hombres ni siquiera tornan su mirada hacia el. De todos los males que pueden andar sobre la tierra, estoy seguro que el lanzador de maíz es el peor de todos.

Así termina mi día del gris azulado, aprendiendo sobre muchos accionares, sin embargo, aún no puedo prever lo que hará el lanzador de maíz. ¿Acaso gris azulado no tiene efecto sobre él? Estoy seguro que mis ojos están por encima del bien y el mal, ¿qué será él, que mis ojos no pueden fijarse en sus acciones? Es incapaz de leerlas y temo que mi destino sea peor de aquél que he imaginado. Que Dios me salve de su antítesis, aunque estoy seguro que ese engendro es mucho más grande que Dios.

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De bestias y Bellas

¿Sabes?, ese que con pena te habla, que te parece extraño y escribe cosas raras, a ese le importas. ¿Sabes?, ese que a veces se comporta como un idiota y no entiendes su proceder, a ese le importas. ¿Sabes?, ese que te escribe un poema, o dos, ¡o mil!, a ese le importas. Pero, tú y tus delirios malinterpretan las cosas, quizás no le importas por tus cualidades físicas, o para casarse contigo, o para que sea algo. Quizás sólo le importas porque le gustó tu sonrisa, porque le gustó tu mirada, porque le gustó tu tez, o lo dejaste impresionado con tu personalidad o inteligencia. ¿Sabes?, Aquél que se esmera de increíble manera para superar su miedo, su pena, su vergüenza y cuantos problemas imagines, es a ese al que llamas raro.
¿En qué momento te volviste tan desalmada, tan asocial y narcisista, tan excluyente y elitista? Clamas y clamas atención, querer, un poco de amor, pero no aceptas que tu eres peor que aquellos que no te trataron como querías; de los que te quejas; al fin de cuenta eres vacía, por no aceptar al raro que te escribía y sólo al lindo que te ignoraba. Quizás sea tu edad, o tu inmadurez, o tus dudas, o falta de autoestima, quizás sea que te crees merecedora de mucho sin mérito alguno, ya que, no tienes nada más que ofrecer aparte de unos encantos sutiles y superficiales, o únicamente sea un egoísmo que te sobrepasa.
Mientras tanto, aquél fenómeno aprende de los fracasos. A no tratar con musas que no sobreponen el corazón sobre el interés. Las que miran pero no detallan, oyen pero no escuchan, tocan pero no sienten, prueban pero no saborean. Por tu parte, no estarás sola, siempre tendrás a varios tras de ti, adulandote, colmándose de demagogia; de esa que te hace tan feliz, hasta llegar al punto en que tu verdad será esa mentira. Exaltando tus cualidades más obvias y luego, cuando hayan saciado su curiosidad, o su interés, buscarán otra que sea mejor que tu. Siempre la habrá.
Allí estará, aquél raro que te escribía para robarte las sonrisas, cuando los otros te hacían llorar. El esperpento que supo robarte un poco de alegría, cuando eras un manojo de tristeza. Aquél adefesio que tejió la luna para ti, en el suéter que usas para superar el frío de la soledad que buscaste. Aquél que pinto tu sonrisa, o cantó tu mirada, o te dedicó las estrellas y el universo entero, tan sólo para compararte. El será feliz, en su fracaso lo será, te llevará en el corazón como siempre lo hizo y hasta te deseará la felicidad que tal vez no tengas.
Quizás pensarás que él era el raro, el feo, el excéntrico. Pero, definitivamente el monstruo eras tu. Y así es la historia de la princesa que se creyó más merecedora de lo que era, la que sólo miraba los príncipes azules y no al bardo desaliñado que cantaba sus canciones en honor a ella. La que siempre sufrirá, así no tenga por qué sufrir. Mientras la bestia, el incomprendido y estigmatizado seguirá con su felicidad, que no depende de nadie, de nada, sólo de él, esperando la excepción a la regla. La que abra su corazón, sus sentidos y vea más allá de la apariencia de la bestia. Luego podrán entender el significado de felices por siempre.
Te lo digo como experiencia, pues yo soy de esos excéntricos, raros, idiotas y feos.

EXPRESO AL OLVIDO

Hoy fue un día decisivo en mi historia. Eran las 3 a.m. el reloj aún no despertaba, únicamente se escuchaba el armonioso respirar -tic, tac- indomable, incontenible. Con los ojos cerrados, pero completamente despierto pensaba paso a paso el algoritmo que aplicaría en el día que se aproximaba. Me alejaría de todo, tomaría una ruta directa al olvido, a la libertad que anhelo pero que no consigo en este lugar, con esta compañía tan precaria y falsa, que me obliga a desear la soledad. Tomé mi mejor compañía: los libros en el suelo, y todo mi equipaje. Me preparé un café bien oscuro con poca azúcar, para recordar lo amargo de un despertar normal y así, me embarque hacia la estación del tren.

Creemos comúnmente que los grandes sucesos cargados de melancolía, tristeza, desdén y desprecio, sólo pueden ocurrir en días grises, tristes, lluviosos y fríos, de esos días apagados en los que al sol le da pereza brillar y las nubes desfilan como fantasmas sin rumbo y apocan aún más, la ya tenue, luz del sol. Y entre refracciones amorfas de un caleidoscopio defectuoso se pasa el día y se llena el corazón de angustia, causando así todos los vaticinios siniestros antes mencionados. Pero, esta vez, había un sol enorme desfilando en el cielo, pocas nubes, aunque las escasez era subvenida por lo blanco y reluciente de ellas, por las formas agraciadas y gráciles de éstas, que se configuraban en el horizonte del cielo formando una cúpula de un azul tan puro rodeada de una corona de blancura, de un relicario de nubes de algodón, Azul tan profundo y majestuoso que se podía confundir con el mar, sino fuera porque para verlo había que elevar la cabeza. El aire olía a verano, a alegría y encantamiento, sin embargo, los rayos del sol no superaban el umbral de calidez necesaria para ser molestos, así era, un día perfecto, para un “bon voyage” con destino incierto y menospreciado.

El tren tardó poco. La plataforma de abordaje estaba completamente vacía. Sólo yo y tres hojas de un periódico de ayer o antier que revoloteaban sin rumbo por el pavimento, hasta que una de ellas se pegó estrepitosamente a una de las bancas de la estación, causando un estruendo de relámpago que atravesó rápidamente el ambiente taciturno de tan abandonada estación, la que un día fuera la estación emblema de todo el sistema, ya no era más que un tributo a una era antigua que se había agotado con el tiempo y dejó atrás sólo el cemento, los rieles, las sillas y la profunda y angustiosa soledad que allí habitaba. Hasta que el bufido del tren acercándose y la inconfundible onomatopeya –chucu, chucu- que se producía por cada ciclo de giro de las ruedas poco aceitadas y descuidadas del expreso al olvido.

Luego de abordarlo, tome asiento en la silla más cómoda. Una ventana enorme en cuyo vano arqueado, descansaba un marco decorado en oro y tallado a mano. Un vidrio transparente cubría la ventana corrediza, la cual permitía una apertura completa y un flujo de viento constante y agradable el cual bamboleaba mi cabello y refrescaba mi atribulado espíritu. Recordando la mejor compañía, saque de mi equipaje un gran libro. El cual sólo poseía hojas en blanco y carentes de letras, aun así, hoja por hoja, desde la portada hasta la guarda, comencé a leerlo, a disfrutarlo, a escribirlo. Acompañándolo, con un trago de café, de aquél que había preparado en la madrugada, embotellado en el precario termo negro de toda la vida, contenedor que tantas veces me había guardado el café tibio hasta la llegada de la noche. Café amargo, que bebía para recordar la amargura de la soledad acompañada que padecía.

Mi destino no era alcanzable, pero el viaje fue encantador, de aprendizaje, revitalizador. En él, medité acerca de las dificultades, de las perdidas y fracasos, de todo aquello que me había desanimado y acabado. Y la iluminación me golpeo a la cara, como aquella corriente constante de viento que se filtraba por la ventana abierta en su totalidad. El tren seguía andando, incluso en contra del viento. Rugía y silbaba con ahínco, y nada lo detenía. Así como las inconsistencias de los rieles tampoco lo hacían desfallecer en su andar. Camino al abandono, en el expreso al olvido, fui feliz con mi café y mi libro en blanco, aceptando mis penas y dándole el merecido respeto a cada una de ellas. Sin exagerar en su valor, ni menospreciar su dificultad. En aquél vagón, por fin, logré olvidarme de ti, de ellos, de nosotros, de todo. Y fui libre, como jamás lo había sido.

CHAOS AND YOUTH

La luz de la vela danzaba en el pabilo, presagiando una noche de vientos fuertes y una tormenta implacable, sin embargo la luna aún brillaba en un despejado cielo negro y plagado de estrellas. Al menos, así lucía desde el ventanal de la habitación sur de la casona de Mr. Heil. Una habitación tan solitaria como la misma casa, en la que sólo habitaba yo, pues la servidumbre y el mismo señor Heil estaban en otro lugar y yo, me encontraba como cuidador y evaluador del lugar que estaba en venta. Sin prestar mucha atención a los vaticinios de lluvia cerré el ventanal y me dispuse a pasar la noche leyendo y escribiendo bajo la luz de la vela (velas en realidad, pues requería al menos unas 4 para alumbrar apropiadamente el escritorio).
Mientras estaba absorto en mi pasatiempo era abordado por escalofríos repetitivos y una sensación incómoda de estar siendo observado, sensación que causaba múltiples distracciones al observar de esquina a esquina la habitación y como siempre encontrarme con el vacío propio de la soledad que me acompañaba. Aunque, esa sensación tan incomoda y sombría, lentamente incrementaba mi ansiedad y el terror propio de lo inesperado y lo desconocido.
Sensación que llegó a la cúspide cuando el primer trueno desgarró el cielo. -Madre de Dios todopoderoso- Esas fueron las palabras que brotaron del susto causado por el trueno, el cual había impactado en las cercanías, pues la diferencia entre la luminosidad del relámpago y el estruendo del trueno eran imperceptibles. El fulgor del relámpago encandiló mis ojos por unos segundos y el trueno embotó mis oídos. En ese estado catatónico y desorientado, percibí una figura oscura en una de las esquinas de la habitación. Aunque no le presté mucha atención debido a mi estado.
Qué susto, casi me tragué el corazón y me mordí la lengua. Lo inesperado de tan majestuoso estruendo había causado una taquicardia en mi y avivado los temerosos pensamientos que me habían acusado toda la noche, la solitaria noche, en esa casona abandonada. Sin embargo, logré calmar mis ansias. Entonces, procedí a descansar un poco, aún no era tiempo de dormir, pero si cerraría un momento los ojos y dejaría que el sonido de las gotas rebotando en el ventanal me arrullara.
Mientras dormía soñé con una hermosa mujer vestida de negro, la cual me llamaba desde una puerta de madera, retocada y barnizada, de color negro y chapas doradas. No podía ver su cara, pues un velo negro sedoso la cubría y sólo podía distinguir sus sensuales facciones y sus delgadas manos, cubiertas por unos guantes negros de terciopelo, además, el sombrero de medio lado que sostenía el velo. Una falda recientemente negra, cuyo flequillo iba desde la porción medial del vestido hasta las lejanías del mismo, proporcionaba, si se miraba de frente, una deslumbrante vista de las piernas de la mujer, adornadas con medias veladas y un par de ligas con encaje bordado que sostenían las medias y dividían la pulcritud de unas delgadas y delineadas piernas, con la infernal y apasionante verdad que se encontraba por encima de ellos. Aún así, el flequillo en forma de “v” no dejaba ver la entrepierna de la mujer, sin embargo, le daba un especial énfasis el cual no se podía pasar desapercibido.
Los labios resaltaban en la negrura de su atuendo, pues estaban coloreados de un rojo carmesí, como si la sangre brotara de ellos y se prendiera fuego en la más intensa y desalmada flama del averno. Sus ojos permanecían ocultos bajo el velo, al igual que sus demás facciones. Su brazo se extendía ante mí como tratando de alcanzarme y sus labios deletreaban, clara y lentamente, la frase -Pronto serás mío-. De repente, el espacio se contrajo y la mujer estaba al frente mío. Su mano casi tocaba mi cuello y de alguna manera asfixiaba mi ser. Entonces, desperté.
Sobresaltado y asustado, abrí los ojos al a vez expulsaba un grito desde el alma. Las velas habían terminado su pabilo y la habitación se encontraba completamente sumida en una oscuridad sólida e impermeable. Traté de ubicarme, en el espacio y también en el tiempo y sólo pude distinguir el ventanal por un brillo delicado y moribundo que producía la única luz de la luna llena, que se escapaba entre la densidad de las nubes. Entonces, miré al rincón, fijamente. Con una perplejidad que superaba la de un felino al cazar. Sin embargo, no notaba más que un pequeño cambio de contraste. Entonces, armado de valor, decidí no mirar y buscar más velas y cerillos para atravesar la brumosa oscuridad que se cernía sobre la habitación.
Al dar la espalda al rincón escuché el susurro -Pronto serás mío-. Justo, cuando tomaba una vela y un cerillo. Presuroso y atormentado por un temblor de ultratumba, prendí el pabilo y apunte la luz salvadora al rincón. Tan sólo vislumbré como se disipaban las sombras, en especial una que yacía en el rincón, de donde provino el susurro. Mi alma se sumió en un regocijo incalculable al descubrir que no había nada. Entonces puse el candelabro en el escritorio y miré hacia la ventana. La negrura que invadía todo era levemente sobrepasada por el brillo de la vela, aunque en ningún momento lograba su brillo llegar hasta la ventana. Entonces, justo cuando mi corazón y mi alma por fin estaban en calma, cuando el miedo por fin se había disipado, nuevamente, surgió el relámpago y su destello iluminó toda la habitación. Revelando mi destino, borrando cualquier sensación de bienestar, eliminando la sensatez del mundo físico y abriendo aquella puerta negra que habitaba mis sueños.
Cómo no se iba a difuminar la sombra de la esquina de la habitación, si no era más, nunca fue más, jamás sería más, que una mera sombra. Una proyección de su dueña. La cual jamás estuvo en la negrura de la habitación. Siempre miró desde el otro lado de la ventana, con sus vestiduras negras, sus labios rojos, su piel mortuoria y el brillo de unos ojos que sobrepasaban el velo que cubría su rostro. Era la encarnación de todos los temores que pude adquirir en mi vida. Toda esa figura, iluminada por la luz omnipotente del relámpago. Pero, había algo que me daba esperanza, la figura tétrica y fantasmal no podía atravesar el ventanal cerrado, era un paño de agua fría para mi tormento, pero, un alivió sin dudar.
Sin embargo, el terror que sentía no culminaría ahí. Pues, no hay relámpago sin el estallido sónico del trueno. Estruendo que, aunque a mi percepción temporal pareciera extendida y dilatada, no tardó nada en llegar y para mi completa perdición y desgracia, aniquilando cualquier salvación, El ventanal se abrió de par en par y el espectro que me acechaba se sintió liberado de su exilio. No hubo nada jamás en el mundo, más horripilante que la sonrisa de mi cegador.

CONTRA MIS IDEALES, DECISIONES

Ir en contra del régimen era castigado con la muerte. Muerte que no llegaba de una manera placentera y rápida como en los métodos más humanos y certeros de ejecución, tales como: la guillotina, el pabellón de fusilamiento o la doncella de hierro. Sino, de la manera más creativa, lenta e inhumana posible. Así pues, las torturas que ofrecía el régimen totalitario para sus detractores eran legendarias entre los susurro de las masas, entre las creencias y mitos que hacían circular los mismos implicados. De esta manera, mediante el control por miedo, la oposición perdía fuerza y el régimen se hacía más absoluto, totalitario y tirano.

Este temor jamás fue un aliciente para dejar nuestra lucha, más cuando nuestro espíritu se vanagloriaba de nuestras proezas y liberaciones. Además, siempre teníamos la posibilidad de acabar con nuestras vidas antes de ser capturados y posteriormente expuestos a dichos mitos de torturas horribles. Sin embargo, en ocasiones nuestros intentos por acabar con nuestro suspiro fallaban y éramos capturados. No puedo culpar a nadie más que a mi por fallar en la fatídica pero necesaria empresa de suicidarme, ese día dieciocho de los veinte insurgentes murieron, salvándose del infierno y llevando con ellos casi el triple de perros del régimen. Sólo uno logró escapar ileso y uno fue capturado al fallar el tiro de gracia. Sin embargo, me fue imposible sostener mi antebrazo al recibir el impacto de fusil en el hombro, luego el desfallecimiento de mi mano provocó que mi revolver se soltara y rebotara varios centímetros, además, la lluvia empeoró todo, no pude tomar el revolver a tiempo y sesgar mi vida, ya que cuando pretendí hacerlo, tres soldados del régimen se abalanzaron a mi.

Los días posteriores a mi captura son oscuros y difusos, sólo escuché sentencias entre lineas, sentí golpes a medias y los pocos minutos de lucidez eran apabullados por un dolor intenso proveniente de todo mi cuerpo, hasta podía sentir el peso de mis cabellos y una incomodidad mortuoria. ¿Ya había iniciado la tortura? Para mi desilusión completa, apenas era el juicio. Más allá del dolor físico, me aquejaba un dolor más insoportable, una desilusión se había cernido completamente sobre mi alma. ¿Por qué tenía que haber fallado el tiro de gracia? Si lo hubiera hecho, mi tormento habría finalizado con un fugaz y certero -boom-. Mi alma habría sido liberada de éste mundo de mierda, habría vencido a mi manera al régimen, incluso, podría estar en el cielo celebrando con mis compañeros insurgentes el haber iniciado la oposición. Pero no, no fue así, ahora estaba a merced de las crueldades, exageraciones, perversiones y maldades de los ejecutores de la corona. Aquellos que perpetuaban el poder mediante el miedo, la amenaza, el terror y la muerte. Sin embargo, no desgastaré mis ultimas letras, en describir cómo me siento, y más, a causa de errores del pasado.

Dormí lo suficiente, diría que fue placentero. Al menos hasta que el dislocamiento de mi hombro impidió que siguiera haciéndolo, no era capaz de reunir la serenidad suficiente para sumergirme en un sueño profundo. Éste padecimiento se produjo por la posición en la que me encontraba, al parecer me habían atado de las muñecas, colgando, aunque se podía sentir unas ataduras iguales en mis piernas, y otra que me rodeaba la cintura. Traté al principio de escudriñar mi precaria condición con la vista, sin embargo mis ojos tardaron unos cuantos minutos en habituarse a la muy escasa luz. Mientras tanto, traté de palpar con mi tacto. Moviendo y estrujando las manos, brazos, piernas y pies, noté que colgaba completamente, y el único apoyo estaba ubicado en mi pie izquierdo (para agravar mi condición, pues soy diestro) aunque, tenía que salir de mi posición de equilibrio para poder apoyarme en él. ¿Por qué estaría esa pequeña plataforma ahí? Seguí en la propiocepción de mi condición, no lo había notado aún, pero en mi mano sostenía algo, al parecer aferrado a ella de alguna manera. Procedí a palpar con mi otra mano hasta que el filo del artefacto cortó la piel de uno de mis dedos. El dolor era agudo, sin embargo, al parecer los castigos propinados anteriormente y el dolor propio de la dislocación habían incrementado mi umbral de dolor, aunque no dejaba de ser incomoda la sensación y el goteo de la sangre por mi brazo, siguiendo por la espalda. Un cordón fino, empalmado al puñal y sujetado a mi mano por diversos nudos, era lo que mantenía fijo el puñal.

¿En qué clase de tortura estaré involucrado? Tal vez en una que implique múltiples desgarres en mis extremidades superiores, o quizás mediante desangramiento. ¿Pero, para que sería el puñal? Meditaba sobre éstas horribles preguntas cuando mis ojos se adaptaron y logré percibir una imagen. Al parecer, habían varios apoyos que me rodeaban, efectivamente estaba colgando de una cuerda atada a mis muñecas, aunque permitían un movimiento sencillo de ellas. Las demás ataduras eran inestables y efímeras, no brindaban mucho soporte vertical, eran mas cuerdas estabilizadoras y podía intuir que la mayoría de mi peso descansaba en las cuerdas de mis muñecas. Mientras más percibía, mi sentido se volvía más agudo. Luego pude notar que las pequeñas bases de sustentación que me rodeaban estaban unidas a la pared por unas varas largas, aunque el brillo que producían era cómo el de los fusiles recién lustrados. Al intentar poner un pie en una de las varas, no en el apoyo, éste se deslizó estrepitosamente y se embadurnó de un aceite espeso. Este aceite viscoso producía un ardor inimaginable, ardor que no pude soportar y cuya única escapatoria para aliviar el dolor era vocalizar gritos desgarradores. Lo cual en sí, era un alivio, pero se convertía en un horror cuando el sonido de mis angustias rebotaba desde las paredes hacia mis oídos, ya no quería escuchar más ese repugnante sonido, pero no podía detenerme y callar pues era la única forma de menguar el ardor del aceite.

Mientras convulsionaba por mi calvario: el ardor infernal en mi pie, el dolor punzante y desgarrador en mi hombro, la sensación de palpitar en la cortada de mi dedo, las multiples lazeraciones que hasta ahora no había notado, la sensación de agonía producida por el hambre y la debilidad en la que me encontraba y además, la reverberación del sonido de mis gritos, quejidos, y clamores que mendigaban por el termino de mi ya poco valiosa vida; una piedra cayó de las paredes. Aunque todo era caótico, escuché claramente el sonido vacuo de la piedra girando en el aire, el tiempo pareció dilatarse mientras ésta caía por el espacio en busca del suelo que detuviera su caída. El sonido, no fue seco, y la piedra no revotó. Al parecer, el fondo del pozo en el que colgaba no era un suelo rocoso y firme, sino una delgada capa de fango y escoria, con quizás un poco de agua (o sabrá que desperdicio o desecho, o sustancia desagradable yacía ahí). El sonido apagado de la roca al colisionar, vislumbro mi verdadera y horrible situación. Estaba colgando de unas marras, con algunas bases en las que me podía sustentar, sin embargo, éstas estaban cubiertas de un aceite corrosivo. Con una navaja en mi mano y un pozo de cerca de 9 metros de alto. Es decir, debía elegir entre cortar la soga y morir en el pozo o no hacerlo y morir desangrado o asfixiado lentamente por la posición en la que me encontraba.

Hasta ahora, no había sentido el pavor, lo horrible, el terror, el miedo, y cualquier otro sinónimo de un sentimiento de abandono tan grande que producía en mi un profundo apego a la chispa de mi vida. Comencé a llorar, lágrimas de sangre, calientes y nauseabundas, repletas de mucosa. Tal vez, era la expresión máxima del estado de mi alma y mi profundo apego a la vida. Lo terrible de la situación, no era mi destino. Pues, desde que me había enlistado en la oposición, sabía que algún día ese sería mi final y cada momento de tranquilidad pensaba en ello, cómo tratando de encontrar las fuerzas necesarias para ceder mi voluntad y permitir el abrazo de la muerte. Lo horroroso de mi situación era la decisión. Siempre fue la decisión. Decidir es el proceso que más miedo puede infundir en un hombre. Fue por la decisión que yo no disparé mi revolver, pensaba que quizás lograría vivir. Es la decisión lo que siempre me atrapó, lo que jamás dejó que mi alma estuviera tranquila. Como el día en que no fui capaz de decidir casarme y sólo huí. ¿Por qué un hombre, un ser hecho a imagen y semejanza de Dios, podría ser tan cruel? Porqué escogerían esta tortura en especial para mi. Porqué tendría que ser yo el que decidiera el camino por el cual morir.

Aparentemente la decisión era sencilla. Optar por la rapidez y la eficacia y acortar mi agonía, cortando la soga que me ataba y caer al vacío, para que el piso fuera mi verdugo, de manera rápida, humana, cortante y eficaz. Sin embargo, al pensarlo un poco mejor (maldita decisión), me llenaba de dudas, de peros, de posibles, de “y que tal, si al caer sólo me quebrara un pie, o varios huesos. Y mi calvario se extendiera aún más”. En ese caso, era más humano morir en mi estado actual. Al parecer ambas opciones eran correctas y a la vez erradas. Que vida tan hijueputa o mejor dicho, que muerte tan hijueputa. Sólo podía exclamar esas frases en mi mente embotada. Ciertamente, era imposible decidir y basarse en la lógica, pues todas las sensaciones que me embestían impedían mi concentración y mi única salida era llorar erráticamente. Cada segundo el terror de un aniquilamiento poco eficaz, que extendiera mi sufrimiento hasta el infinito, se apoderaba más y más de mi. Mi corazón ya no daba abasto para la cantidad de adrenalina que fluía por mi torrente sanguíneo, mi cabeza parecía estallar y el dolor era simplemente la peor e incalculable sensación que jamás hubiera sentido. Entonces, decidí (por fin), mientras me contrariaba constantemente, por la opción de mayor probabilidad para acabar con mi vida. Corté la cuerda.

Al principio parecía caer, sin embargo, no fue así del todo, no fue tan rápido como la piedra y aparecieron obstáculos. Las varas que sostenían los apoyos, estaban conectadas a mi peso, es decir, al liberar la tensión de la soga, estas se liberaron, y las sogas que servían de equilibrio se encargaron de hacerme colisionar contra las varas que se habían liberado de su sostén. El aceite corrosivo salpico grandes porciones de mi cuerpo, una de las varas golpeo mi costado, quebrando varias costillas y a su vez, desestabilizando mi caída. Ahora danzaba errático y frenético en el aire, concluyendo en una colisión desproporcionada y horrible, en las que al menos seis o siete huesos de mi cuerpo se astillaron completamente. Mi rostro termino medio clavado en el fango de olor fuerte y espeso. Olía a mierda, a sangre, a orina y sudor. Olía a muerte, a abandono y a maldad. Y ahí, moriría yo, sin saber cuanto tardaría en extinguirse mi llama, mi voluntad. ¿Había tomado la peor decisión? De nuevo el terror, el miedo, la tristeza, la agonía, la desesperanza se adueñaron de mi, sobretodo la culpa.

Desperté siendo arrastrado en hombros por dos sujetos. Uno de ellos era conocido. Teniente Ricardo Puerta, el sujeto que había escapado de la emboscada de las fuerzas imperiales. Había logrado llegar hasta el destacamento real de ejecución y con la ayuda de la infantería logró penetrar las defensas del recinto. Ese día se salvaron cerca de cincuenta almas que iban a ser torturadas de la peor forma. Quizás yo, podría estar entre ellas. Lo único que me separaba de ese destino era decidir si vivir o no. El terror, jamás cesó.

ESQUIZOFRENIA Parte I

NOTA ACLARATORIA: NO SOY PACIENTE DE UNA ENFERMEDAD NEURODEGENERATIVA (EN ESTE CASO ESQUIZOFRENIA), SIMPLEMENTE ME TOMO EL OFICIO DE ESCRIBIR.

Heterocromía, una deficiencia de melanina en el cuerpo que impide la correcta pigmentación de ambos iris, causando una diferencia de color entre los ojos. En mi caso particular, ocasiono un ojo de color gris azulado y otro de color escarlata como la sangre siendo iluminada. Mi padecimiento particular me trajo varios desagradables apodos, burlas, entre otras cosas. Esa apariencia discordante me envió a un exilio durante mi niñez, a una infortunada soledad.

Sin embargo, siempre tuve un mal presentimiento acerca de mi mirada y la forma tan macabra como mis ojos se combinaban en el espejo, cuando me observaba fijamente. Sentía como si en mi habitara un frío y despiadado invierno y un tórrido, sofocante y ardiente infierno. Esa sensación se traducía a mis otros sentidos, engañándolos de alguna manera, de tal forma que, en ocasiones sentía el crujir de las brazas y en otras el silbar de vientos presurosos. O sentía congelamiento en días calurosos y en aquellos días no tan afortunados el fuego me abrasaba completamente. Y puede sonar a superstición o al resultado de una imaginación demasiado libre, pero creo que esas sensaciones están relacionadas a mis ojos. A esa combinación infernal de colores y brillos.

Pero, el horror no culmina ahí, la manipulación y el jugueteo a mis percepciones corporales es lo de menos comparado con las visiones que se apoderan de mi mente en ciertas circunstancias. La primera que recuerdo sucedió cuando tenía 5 años. Estaba durmiendo y a mitad de la noche el sueño se marcho precipitadamente, me levanté de repente, con una sudoración excesiva, aunque los escalofríos eran predominantes. Entonces, abrí los ojos súbitamente y al instante percibí una figura decrépita y desgastada, con los pómulos contraídos y sin piel en su rostro. En las órbitas oculares sólo se encontraban dos pequeños círculos en el centro que brillaban con un verde intenso, embebidos en una negrura extrema. En el instante que duró mi visión, pude notar la atención con la que el espectro me observaba, cómo si quisiera algo de mi. Cerré los ojos y grite con todas mis fuerzas mientras me protegía con la cobija, cubriéndome totalmente con ella. No es necesario profundizar en los trastornos que generó esa visión, en las acusaciones de mis padres, en los castigos y regaños que recibí. Sin embargo, sé lo que vi y sé que al menos, por un instante estuvo ahí. Aunque para mis padres fuera sólo mi imaginación y una sugestión pasajera.

El tiempo pasó y me gustaría decir que las visiones se alejaron. Pero por el contrario, aumentaron en cantidad, frecuencia y detalle. Ahora los veo en cualquier instante, en cualquier lugar, sin importar el clima o las condiciones del día o la noche. Incluso, en ocasiones los confundo con personas reales, aunque sus rasgos moribundos y oscuros, estaban por doquier. ¿Podría culpar a la maldición de mis ojos? Fue lo primero que pensé y un día cualquier, decidí probar la veracidad de mi hipótesis. Aunque realmente era de noche -no sé porque tomé la decisión de que fuera de noche-, Traté de soñar placenteramente, hasta que llegara el momento en el que me despertara vertiginosamente, entonces no abriría los ojos a la vez, sino que, abriría sólo uno, ya fuera el escarlata o el gris azulado, lo dejaría todo al azar de mis instintos. Así sucedió, el vertido de mi despertar se apoderó de todos mis nervios, provocándome una sudoración excesiva y escalofríos espasmódicos y desproporcionados, entonces, recordé mi propósito y me negué a abrir los dos ojos al unisono. Y el azar escogió, abrí únicamente el ojo escarlata, aquél que ocupaba mi hemisferio izquierdo, aquel que producía un infierno en mi, aquel al que más temía pues en la oscuridad brillaba con ahínco y un estupor que sobrepasaba mi cordura.

La visión apareció inmediatamente ante mí, pero esta vez difería un poco lo que veía. Esta vez, sólo veía una figura fantasmal, que se adecuaba a la forma del antiguo espectro, pero parecía que fluyera de alguna forma. Lo entendí inmediatamente, el ojo escarlata podía percibir el fuego del alma de esos espectros, mientras que el ojo gris azulado percibiría el vaho del espíritu, algo así, como la niebla que cubría aquél fuego y le permitía habitar mi realidad. En otras palabras, con uno podía apreciar sus intensiones, mientras con el otro sus acciones. Cuál de los dos sería más perverso, eso no lo pude determinar ni decidir. Luego de mi hallazgo, sólo me quedó cerrar los ojos y protegerme con mi cobija ya que, esta vez gritar no serviría de nada, esta vez no vendrían mis padres a salvarme.

SOLEDAD

!Oh soledad¡, mujer de esbelto cuerpo y velo negro.
Muestras tu cara en las noches, justo cuando la oscuridad la cubre.
Más tu compañía se siente, si que se siente.
!Oh! soledad, mujer de brazos fuertes y suaves.
Que me sostiene cuando nadie lo hace.
Con ese toque necesariamente frío.
Ahí estás, aquí estás.
!Oh soledad¡, mujer de incomparable belleza.
A la que siempre regreso, a la que nunca anhelo.
Me aceptas en cualquier momento.
Y te vas como llegas..
Cabalgando un rayo, o una brisa, o una sonrisa.
!Oh soledad¡, mujer de nombre irónico.
Eres tú, mi única compañía.