Se encontraron en medio de las dudas de ella y la torpeza de él, empapados por las ganas sacrílegas de reencarnar el pecado original que nos expulsaría del paraíso de la inocencia y nos condenaría al infierno de la pasión por los siglos de los siglos amándose. Se fueron despojándon de la incertidumbre de sus costumbres con mañita, como cuando uno se quita pedacitos de piel muerta con cuidado de aprovechar ese dolor rico. Ella se quitó la máscara de niña mimada y él se quite el uniforme de desdén.


Inexpertos el uno en la otra y viceversa fueron explorando, tanteando, tentando, intentando descubrir más allá de lo evidente permitiendo que los cuerpos mismos indicaran el camino de las caricias y que los temblores y precipitaciones indicaran el éxito de la expedición y el rumbo para naufragar a la deriva del deseo.


Retozaron perpendiculares, paralelos, adyacentes, metafóricos, homogéneos, equidistantes, hasta que el deseo logro el punto de ebullición, la sangre y los fluidos se hicieron evidentes y por sus bocas salían las palabras primigenias perfectamente pronunciadas del lenguaje del deseo.

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