Su belleza es infinita aunque jamás lo crea. Al ver una imagen suya, siempre creo que jamás podré verla más hermosa, ese es mi estribillo. Sin embargo, es una falacia del tamaño de una secuoya al compararla con un girasol. La razón a esa afirmación está intrincadamente aferrada al suceso de la novedad. Pues, siempre que observo una nueva imagen de su ser, derrumbo mi actual axioma, sustituyéndolo por uno igual verdadero pero que durará poco. Así, cada vez la veo más hermosa, y así vez tras vez infinitamente. Ahora, si interpola esa infinidad con el aumento de su hermosura llegamos por fin a la demostración, de que su belleza es infinita.

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