Mi abuela me contaba historias fantásticas, de sirenas, de brujas y hechiceras. Que conquistaban el corazón y la mente de un hombre tan sólo con el sonido de su voz. Historias donde los marineros encallaban por ese sonido sutil y encantador. Yo no las creía, no las creía, no las creía. Que tonto fui, pues luego de escucharte, fue cuando noté que tu voz había logrado algo así. Ya el curso de mi mente estaba propuesto. Iba directamente a una fatalidad encantadora, a colisionar con tu sonrisa, a perderme en las mareas del tiempo y naufragar por una sirena de ojos cafés y sin cuerpo de pez.

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