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“Nunca pensé que quererte me mataría”, así comenzaba ese cuento que encontró en una hoja tirada en la calle. Siempre fue muy correcto, recogía la basura y la ponía donde debía estar. Siempre amó incondicionalmente, aún cuando le herían constantemente. Decía por favor y gracias. En fin, era un hombre educado, aparentemente firme y sobre todo, fiel. 
Caminaba siempre que necesitaba tomar el aire para volver a su estado de tranquilidad, aunque el mismo supiera que de ese estado quedaban solo vestigios. 
Regresaba siempre a su casa a seguir amando a ciegas, porque aunque era consciente del rechazo, sin saber por qué, seguía enamorado.
Se sintió solo tanto tiempo que sabía que lo único que lo acompañaba era esa mujer que adornaba las íes con corazoncitos, esa mujer que habría escrito un cuento que relataba su vida, su inercia, su acción dolorosa y monótona, realmente rutinaria. 
La otra mujer, indiferente, lejana y casi transparente simplemente le tenía su “alma en pedazos”.

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