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“Nunca pensé que quererte me mataría”, así comenzaba ese cuento que encontró en una hoja tirada en la calle. Siempre fue muy correcto, recogía la basura y la ponía donde debía estar. Siempre amó incondicionalmente, aún cuando le herían constantemente. Decía por favor y gracias. En fin, era un hombre educado, aparentemente firme y sobre todo, fiel. 
Caminaba siempre que necesitaba tomar el aire para volver a su estado de tranquilidad, aunque el mismo supiera que de ese estado quedaban solo vestigios. 
Regresaba siempre a su casa a seguir amando a ciegas, porque aunque era consciente del rechazo, sin saber por qué, seguía enamorado.
Se sintió solo tanto tiempo que sabía que lo único que lo acompañaba era esa mujer que adornaba las íes con corazoncitos, esa mujer que habría escrito un cuento que relataba su vida, su inercia, su acción dolorosa y monótona, realmente rutinaria. 
La otra mujer, indiferente, lejana y casi transparente simplemente le tenía su “alma en pedazos”.

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Ama

Ama como la Montaña ama al Agua.
Una gota se condensa después de trasegar el azul infinito de la Esfera; se precipita, insospechable, sobre la Montaña.
La Montaña teje caminos por donde fluirán miles de gotas, caminos que llegan hasta lo más profundo de sí misma, y se dejará traspasar; caminos que llegan hasta lo más lejos de sí, y dejará irse las miles de gotas que compartieron su existencia.
La Montaña pinta cascadas y pone piedras, para que el Agua pueda divertirse con los obstáculos, explorando sus miles de formas, vista las rocas, sea vapor, se maquille de pez, de espuma tal vez.
El Agua se obsequia a la Montaña, se transmuta con un poco de Sol y Tierra en el verde que teñirá a lo lejos la Montaña, quizá en la esencia de las Flores o en la magia de los Animales, deja tras de sí la sabiduría de la creación.
La Montaña escribe versos a la Nube que pasa y de quien se ha enamorado exponencialmente; sus picos acarician y hacen sonrojar, juega con ella a hacer el horizonte, a serlo, acaso el ocaso. La Nube empapada de Montaña, se derrama cálida y deja escapar gemidos eléctricos, luces, a ella misma toda la noche. La Montaña se maquilla de barro, y el Agua es rocio esparcido sobre la faz de la prominente roca.
La Montaña reverencia al amigo Viento que trae y se lleva a su amada Nube.
La Montaña se recuerda, cuando era un montículo de minerales nada más, cuando fue Volcán y amó la lava, se unió a una cordillera, o se dejó Isla. El Agua se recuerda en sus miles de vidas, como siempre vuelve a la Montaña, como siempre reencarna en cualquier vida, y danza eterna, imposible.
Ama como el Agua ama a la Montaña.