Ser una misma antropología

El borde, es malacología fucsia, bésame, con toda la arquitectura blanca, el marfil último, la miel albina, la sherezada postmoderna, hasta beber osmótica el humo triste de un verano gris, como dos nubes negras convertidas en pasas uruguayas, son dulces caóticos, ecos seudónimos, líquidos nominalistas que espero ansioso ver rodar manteniendo el volumen y la densidad de un almíbar hecho tiempo, no como el red tomatoe de frim fram, menos el nadar eterno en tus glándulas de skene, quiero que nuestra esclerótica sea vainilla rusa, el ojo la puerta de otro ojo más delgado y menos cóncavo, hasta ser un lápiz de minas rosadas y dibujarte, sentir que te estoy creando con solo rozarte en mí y tocarme desde tu mano bidimensionalmente en… una cartografía química de poros que son madrigueras de conejos, diminutos conejos de azúcar, en la cordillera de venus, cortándome en un blues espeso, melancólico y feliz, estrechándonos la piel como chicles Adams, masticándonos con rabia pero sin lastimar nuestro mar canela, ser una misma antropología. 

 

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