Descripción de una falta grave.

Ausencia de movimiento, adultera burbujas y fija alfiles al tablero. La relatividad no es menos cabalística que las leyes universales, no las creo, no me suceden y esa debería ser la primera clausula. Contradecir lo natural es tejer un suéter de músculos con mi propia carne, desistir de las cicatrices, la unidad trasgrede lenguajes; verde es nórdico y nipón, si pienso el árbol las cavidades semióticas respiran el color de lo nórdico y lo nipón, juntos son primaveras pronunciadas diferente, en jardines ageográficos.

Pero la cláusula es que verde no tiene cuerpo semiótico, no depende del tacto visual, verde es un arbusto de esmeraldas y un ojo de jade, escaleras de hueso, los tobillos de un grillo, es violar el color hasta saciar la sed modernamente cretácica que moja los labios del dinosaurio, a pesar de coincidir con la lectura, no hay unidad. Sin abrazos telepáticos, sin supersticiones animistas con el viento y mi índice en la base pectolirica de tus libros de pasta azul cielo de las seis.
Lienzos neurálgicos, un divorcio de peces rojos que se expanden en tu cara cuadrada, en tus caderas geológicas Charles Lyell (Principles of Geology 1830) los mecanismos propedéuticos y la cinemática ideal están presas en un suelo encefálico, consciente de la cárcel gramatical de ocho octavas de territorio bicolor, siameses morales, ajedrez, día, humano, las necesidades primitivas reducen a analgésico la abertura de puertas, piernas, gnoseología y en ese agujero tres pupilas en dos ojos de jade me miran.

Pero alcanzarlos es complejo, no hay caballos de ocho piernas, no hay trenes de algodón. Pero en esta esfera invisible menos para mí, no hay sístoles ni diástoles, no hay socialismo y capitalismo, ni sabores dulces ni salados, nací huérfano de homologo. La causalidad necesita de homogéneos, pararme a ver las mariposas en un poste de luz sin ver mi sombra o no decapitar margaritas — ojala en un universo paralelo una margarita con tríceps le arranque los testículos al reproductor de esa costumbre victoriana — las botellas de un mar de miel se quedan estancadas en la mitad de la primavera nórdica y nipona, una atracción abanada en magia y siderurgia de olores visibles, donde lo escrito solo lo entiendo yo y el cadáver de mi superyó.

Entonces no hay polaridad, no siento ánimos de refutar el azul de las seis, ni la historia, menos la filosofía, un día intente refutarme y lo logre; el día que a las seis de la tarde no vi los ojos de jade de las mariposas, decapite margaritas, jugué ajedrez solo, leí geología y te espere como siempre creyendo en homologías, nunca llegaste a mí, Einstein se equivocó con la relatividad ese día y converse con el dinosaurio. A pesar de que ese solfeo triste hubo ritmo en el silencio, todas las tardes del jueves es más claro el sonido del jazz pero menos sensitivo, invito a la soledad a oírme y a ella le gusta, al fantasma de mi superyó le gusta pero es un ruido simpático, una carta que dice más en blanco, asfixiarme en arequipe sin sentir lo nórdico o lo nipón de ese paraguas y sentirnos juntos, pero ni siquiera la trigonometría ni la espumita del café basta para describírtelo.

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