LA VERDAD NO DUELE

Caminábamos por las calles estrechas y sinuosas del elegante poblado localizado en la falda de la montaña que acoge al monasterio. El sol de fin de tarde realzaba los colores de las casas y del empedrado. Lorenzo, el zapatero que remendaba el cuero como oficio y cosía las ideas como arte, estaba con hambre así que fuimos rumbo a la cafetería de Sophie, donde son hechos los mejores sándwich del planeta, en busca de su predilecto: pan artesanal, lonjas de jamón, un poco de miel y canela; generosas tajadas de parmesano y un huevo blando por encima; gratinado en el horno. Café para acompañar hasta el ocaso; allá sólo sirven vino en la noche. Son las rigurosas reglas de la casa. La mesera que vino a atendernos era Regina, una antigua compañera, que se puso feliz al vernos. Ella dijo que su turno ya había terminado y preguntó si podía sentarse con nosotros. Permiso concedido, delantal guardado y a nuestro lado, una persona que necesitaba hablar, como aquel niño que corre para mostrar todos sus juguetes cuando llega una visita. De repente, ella reveló que vivía una grave crisis conyugal. Vivía hace algún tiempo con otra chica, mucho más joven, de quien estaba enamorada. Sin embargo, siempre la presentó a todos como una sobrina que había venido a pasar un periodo en la ciudad. La noche anterior habían tenido una grave discusión, en la cual su pareja la acusaba por no admitir ante los demás el verdadero afecto que las unía, ya fuera por la diferencia de edad o por el hecho de ambas ser mujeres.

Lorenzo la miró a los ojos y le preguntó con su franqueza habitual: “¿Cuánto hay de verdad en eso?”. La amiga bajó la mirada y argumentó que las cosas no eran tan simples. Era necesario considerar que vivían en una pequeña ciudad del interior, donde las costumbres estaban más arraigadas y lo nuevo encontraba mayor dificultad para instalarse. Al contrario de las grandes metrópolis, todos allí se conocían y se hablaban. No quería vivir entre miradas acusadoras, comentarios mal intencionados y ser discriminada. Lamentó que las personas tuvieran tantos preconceptos.

El artesano bebió un sorbo de café y dijo: “Cada vez que dejamos de vivir nuestra verdad en razón a conceptos ajenos, significa que el preconcepto es nuestro y no de los otros. El preconcepto no es más que el miedo a encarar la verdad ante sí y ante el mundo. El miedo será siempre una fuente de sufrimiento. El coraje es parte esencial de la cura; el resto cabe a la verdad. Saber exactamente quién somos, sin subterfugios, es el paso inicial para la jornada hacia la libertad y la paz”.

Regina argumentó que la verdad no era sencilla y, a veces, innecesaria. Lorenzo levantó las cejas y dijo: “Estoy de acuerdo contigo. Es necesario sensibilidad, sutileza y amor cuando abordamos la verdad del otro, pues no siempre estará listo para la confrontación. Puede que no sea el mejor momento o que tal vez no seamos los mejores mensajeros. Que nunca falte paciencia y compasión. No obstante, cuando se trata de la verdad sobre nuestra propia vida, no estoy de acuerdo: ella es simple, sí. Apenas necesita amor y coraje para ser tratada, lo que no siempre es fácil”.

¿Coraje? Ella sacudió la cabeza y dijo que no se consideraba una persona fuerte. El zapatero frunció el ceño y dijo: “Es impresionante como renunciamos al poder que tenemos”. Regina dijo que no estaba entendiendo el comentario. Él explicó: “Ser fuerte es una elección que hacemos todos los días. El coraje, como todas las demás virtudes, está al lado, está en frente, está a disposición de todos. Está dentro de cada uno, adormecido, a la espera de un leve llamado para despertar y volverse compañero. En todo momento tenemos la oportunidad de enfrentar las dificultades o huir de ellas”. Se quedó pensativo por instantes y se corrigió: “No hay como huir de las dificultades, pues ellas son las lecciones que nos corresponden. En realidad, apenas aplazamos la batalla hasta el día en que nos alcanza”. Regina dijo que prefería aplazar la lucha hasta el último instante. Lorenzo se encogió de hombros y dijo: “El problema es que en ese caso prolongarás el sufrimiento”.

Regina lamentó el poder del preconcepto, de cómo envuelve a las personas sin que ellas perciban cómo interfiere indebidamente en la vida de todos. El zapatero estuvo de acuerdo y fue más allá: “El preconcepto es mucho más que el velo de la ignorancia que impide que veamos la belleza de la vida con todas sus fascinantes diferencias. Se trata de un acto de deshonestidad. Negarle al otro el derecho de realizar sus propias elecciones es una usurpación de la libertad ajena; a su vez, negarte tus mejores decisiones, es un fraude contra tí mismo”.

“No cometas la insensatez de intentar controlar las elecciones ajenas; por otro lado, no le concedas a nadie cualquier poder sobre tus elecciones. Entiende que las elecciones nos definen. Podemos esbozarnos a través del discurso, pero solamente las elecciones delinean los trazos del arte final”.

Una lágrima escurrió por el rostro de la mujer. Dijo que le gustaba aquella ciudad y sus habitantes. Tenía muchos amigos allí y no tenía intensión de irse en caso de que la verdad le causara vergüenza, distanciamiento o rechazo.

Lorenzo se encogió de hombros nuevamente y muy serio dijo: “No tenemos injerencia sobre la opinión de los otros ni podemos obligar a las personas a cambiar. Intentar convencer a los otros es papel de los tontos. No obstante, podemos definir quiénes somos y la manera cómo vivimos. La dignidad es la única frontera. En todos los aspectos de la vida, ese es el enorme poder que tenemos. Por tanto, decidir de quién te vas a enamorar y con quién te vas a casar es un derecho inalienable tuyo. No permitas que nadie interfiera. A quien no le guste que repiense sus conceptos y valores”. Hizo una pausa y profundizó: “Que encaren las propias sombras para entender los motivos por los cuales las elecciones ajenas los incomodan tanto”. Bebió café y continuó: “Eso sirve también cuando la incomodidad venga en contrapartida. Es decir, ¿por qué las elecciones ajenas nos incomodan? Si tenemos problema con lo nuevo, lo diferente y lo libre es porque algo está errado en nosotros. Es hora de profundizar en el silencio y en la quietud para conocer ese sótano oscuro de la propia alma y, en seguida, iluminarlo”.

Lorenzo mordió su sándwich, lamió los bordes y dijo: “Es posible que algunas personas se alejen cuando sepan la verdad. Aunque triste, no es malo. Es la revelación de un nuevo círculo de relaciones, más verdadero y sincero, que comienza a formarse a tu alrededor por afinidad de frecuencia energética diferente en la que comenzarás a vibrar. Permanecerán las personas que te aman, entienden tu verdad y respetan tus elecciones. Los demás permanecerán inmóviles, maldiciendo a la humanidad mientras tu viaje seguirá con múltiples transformaciones rumbo a nuevas estaciones. Libre, ligera y plena”.

La mesera reveló que estaba muy sentida después de la pelea que tuvo con su pareja, por todo lo que fue dicho. Adicionó que la verdad dolía. El artesano sonrió y discrepó en respuesta: “La verdad no duele. Estar frente a frente consigo mismo y encararse sin máscara será siempre causa de incomodidad. La máscara no protege, engaña. La verdad no duele; ella cura y libera”. Hizo una pausa y complementó: “Dolorosa es la mentira que cada cual se cuenta a sí mismo”. “Presta atención a lo que te causa dolor: ¿el amor que sientes por tu pareja o el miedo que alimenta la mentira que le contaste a todos?”.

“Cada vez que dejes tu verdad de lado por temer a lo que los otros piensan, estás dejando de ser la timonera de tu propio barco que surca los mares de la vida. Después no culpes al mundo por el inevitable naufragio. Recuerda que la elección fue tuya. La felicidad nunca acepta la mentira como compañera de viaje”.

Regina sacó un pañuelo de la cartera para secarse las lágrimas que bañaban su bello rostro. Permanecimos algún tiempo sin pronunciar palabra en el intento de digerir las ideas del zapatero. Fue cuando apareció en la puerta la dueña de la cafetería. La simpática Sophie vino a saludarnos y comentó que aquel parecía el ‘Día del Llanto’. Ante las miradas atónitas, ella explicó que acababa de ver en la plaza a la novia de Regina, sentada en un banco, leyendo un libro de poesías hecha un mar de lágrimas. Pensó que el llanto brotaba de la ficción, pero que ahora percibía que tenía su razón de ser.

¿Novia? A Regina se le hizo extraño que Sophie se refiriera así de su ‘sobrina’. La dueña de la cafetería le ofreció una sonrisa sincera y reveló que muchas personas en la ciudad sabían del romance, pero que por respeto nada comentaban con la joven. En seguida le aconsejó que fuera al encuentro de la novia, pues el amor no debía esperar. Sí, el muro que le impedía avanzar tenía la altura de un rayón de tiza en el suelo. Desconcertada, Regina sonrió, pidió permiso y fue a vivir su destino. De la ventana la vimos apurada en la calle, parecía flotar. El amor tiene ese poder.

Lorenzo terminó el sándwich y sugirió: “¿Vamos a pedir otro? Esta situación abrió mi apetito”. Sonreí y asentí con la cabeza. El zapatero divagó: “La vida muchas veces parece una película cinematográfica escrita por un guionista loco, pero genial. Él insiste en un final feliz para todas las películas. Nosotros, al no entender, acabamos interfiriendo en la mejor secuencia de escenas al negarnos al poder transformador de la verdad. La verdad será siempre la antorcha de fuego que iluminará los pasos del protagonista durante la noche oscura de la trama”.

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CARTAS A ZACBAL

Ambos sabes que últimamente el amor, o al menos el intentar amar, es un concepto de valientes.
Me explico: Hay una condescendencia temporádica de ofrecer algo eterno y prostituirse en te amos cada tres meses.
Por eso vuelvo y digo que es un concepto de valientes decidir a quién querer y a quién pretender hacerlo, es casi una metáfora hacer insinuaciones que acaban es una tarde se sexo y luego se convierte en nada. Al final, termina siendo una ironía.

Ya, dejémos de darle forma al asunto… Vos me gustas y eso lo tengo claro. No quiero que esto se convierta en un enamoramiento torpe ni un capricho vergonzoso de quererte un poco.
Quiero explicártelo de una forma en que lo entiendas y visualices aquél sentimiento en algo más que un escrito poético al que, ahora, le estoy dando vida. Creo solemnemente en que al ser humano lo mueve algo más que las casualidades, pero últimamente me he estado perdiendo en ti; En la forma inaudita que sonríes, en tus acciones abnegadas para con la gente, en la extraña manera que tiene tu cuerpo de volverme nada, y más que un deseo es admiración.

Y ahora sí, dándole cabida a la poesía… Yo a vos te siento como un pecado, como una tormenta a cuatro estaciones y un beso que sabe a querer quedarse.
A vos te siento, y te empiezo a querer, como luna llena sin septiembre
Como abismo, del cual no me importaría lanzarme.

Te empiezo a querer con la dificultad de tiempo atorado en mi garganta y la habilidad de escribirte estas letras con premura. Una sinceridad que me aborda y procese a convertirse en esto.

Vuelvo y rectifico mi postura: No es enamoramiento torpe el que tengo. Es más, me aterra la idea de que fuera así, porque me aterraría quererla tan comúnmente como se quiere hoy. A velocidad de otoño y sin precaución.

Le propongo un trato, conózcame un poco y déjeme conocerla más, déjese persuadir por la intención de mis palabras y dispongamos del corazón para que tome la decisión. Para terminar, y asegurándole una cosa, nunca fui tan valiente y me dispuse a escribir de lo que me genera usted.

Le quiero con la manía loca de un poeta y la cordura precavida un transeúnte cualquiera,
En esta ciudad de la eterna primavera.

LA GITANA DE BÉCQUER

La voz del poeta trasciende. Antes y después de escribirlo, el verso siempre ha estado en el aire, latente, dispuesto a no dejarse desvanecer por el implacable tiempo. El placer de conseguir en una interjección vital la voz de Bécquer en la obra musical de Willie Colón sugiere tomarse un tiempo, respirar, mirar la montaña y tratar de buscar las afortunadas preguntas que generarán otras y otras, hasta convertir el dilema en un oficio que nadie puede explicar, pero a cambio me permite subrayar un centímetro espacial del canto poético y del canto musical. Partiendo de la necesidad de materializar los sentimientos, el hombre en la historia nos ha dado incontables enunciados. Y esta ha sido una tarea que busca visualizar lo que el corazón no puede ver: el inicio y el fin de los latidos incomprensibles y el lugar impreciso del alma: los sentimientos. En la rima XXXVIII, Gustavo Adolfo Bécquer y en la sección F1 de la canción Gitana existen coincidencias hermosas, son los mismos versos, los del poeta prestados al músico puertorriqueño, ambos buscan el destino de los sentimientos, se replantea y trasciende. Pero para tener una visión más clara tendremos que pasear por la historia, remontarnos a los principios del pensamiento. Antes que nada veamos el sencillo e inocultable hallazgo. En Bécquer puede leerse: “Los suspiros son aire, y van al aire. Las lágrimas son agua y van al mar. Dime, mujer, cuando el amor se olvida, subes tú adónde va? La canción de Colón lo interpreta de la siguiente manera: “Las palabras son aire, y van al aire. Mis lágrimas son agua y van al mar cuando un amor muere, sabes chiquita a dónde va? Es evidente como se conservan los mismos versos, más allá de tomarnos la libertad de subrayar algunos cambios: Los suspiros por las palabras –ambas exhalaciones de aire-, cuando una amor se olvida por cuando un amor se muere – en los sentimientos es poca la diferencia entre olvido y morir, por lo que se convierte en sinónimo – y, finalmente, sabes tú por sabes chiquita – el pronombre contrario a su naturaleza es sustituido por un adjetivo substantivado-, pero ambos voces en su contexto no pierden su esencia de comunicación a la amada, por lo que diferenciarlos notablemente no tiene sentido. Como decía al inicio, ese intento de graficar los sentimientos con la naturaleza data desde siempre, una necesidad comparativa iniciada por Heráclito “Para las almas es muerte tomarse agua; para el agua es muerte tomarse tierra, mas de la tierra nace del agua, el alma” Dado el primer enunciado, en España, Manrique busca consuelo en los señoríos – dominios de las pasiones- “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar”, luego es Bécquer, más adelante Borges hace lo propio en este lado del continente, él retoma al oriundo de Efeso, en Arte Poética de El Hacedor (1960) que concluye así: “También es como el río interminable que pasa y queda y es cristal de un mismo Heráclito inconstante, que es el mismo y es otro, como el río interminable” Y en los ochenta del siglo XX, Willie Colón realiza el canto retomando al poeta de Sevilla. Con esta rápida visión de energía en movimiento – desde nuestro interés-, se observa que siempre ha estado a lo largo de la historia, particularmente el agua y podría pensarse en el aire como aporte de Bécquer, pero sería objeto de una investigación más exhaustiva. Importante de su fecundidad a distancia del bolero, es indiscutible que su obra ahonda en un romanticismo sencillo, melódico y profundo, y es ahí donde me atrae ver un poema del sevillano en medio de una salsa caribeña, siendo este último un género socialmente marginado al suburbio pero musicalmente muy apreciado. Entonces vemos un texto romántico insertado en otro contexto, funcionando con la misma fuerza del verso original. En la estructura de la obra de Bécquer esta rima se ubica en una sección dedicada a la mujer y al mundo sublime –erótico, romántico, de ausencia –. Por su parte, en la canción de Colón el poema también se ubica en una estructura particular, ahora musical, en un aparte de la canción (sección F1) y de manera magistral coincide con el aspecto sonoro que analiza García López: “…a huir de la rotundidad sonora. Sus versos sencillos y espontáneos – en los que predomina la rima asonante-, carecen de resonancias orquestales…” (5), “un paisaje distinto” enfatiza Alarcón Garmendía y añade “el tema podría empezar ahí” y si musicalmente la canción está decorada con tonalidades franco flamenca en un tono frígido, curiosamente la sección de los versos de Bécquer en Colón no llevan orquesta de fondo, (“a huir de la rotundidad sonora… carecen de resonancias orquestales…” García López), es casi una declamación (“Sus versos sencillos y espontáneos” García López), es “música latina de frente” dice emocionado Alarcón Garmendia. Vemos entonces que lo menos ibérico de la canción es de Bécquer, por lo que estamos frente a la trascendencia de la voz poética, es sólo acústica y voz, es el Romanticismo en pleno acto musical. Salen las preguntas de rigor: ¿qué hace algo romántico en medio de un tema de salsa? Se puede decir que a priori pocos reconocerían en Colón los versos de Bécquer y es por eso que el tema toma importancia desde el análisis binario poesía / música: primero, por la canción llevar un nombre sugestivamente europeo y femenino; segundo, en la sección F1 el cantante da cierta calma a la orquesta para interpretar (con la rima) la incertidumbre de la energía en movimiento de los sentimientos y paradójicamente nos indica “la nota es porque es imposible mantener esta agonía” casi diciéndonos que se refugia en la rima para poder Es costumbre conseguirnos con notas donde atribuyen a Bécquer una cuota para explicar su angustia por el río de sentimientos que lo ahoga; y tercero, la letra canta paradójicamente ”al que madruga dios lo ayuda”, en una suerte de post-romanticismo cuando busca la luz del alba, de manera que se funde dos tendencias literarias en dos segundos de música. La sección F1 –insisto- siempre será se sentirá como un aparte. Bécquer se deja escuchar, y su melódica forma es sin duda un aporte artístico que se inserta en este caso en una sección intima de un clásico de la salsa, y Bécquer es íntimo. Salsa y literatura, literatura y bolero, rock y rimas, o sea, la música abrazada a la poesía como única arma de representar los inquietantes y torrentosos sentimientos. Un verso de tiempo indefinido, de espacio hídrico y ligero “los suspiros son aire… las lágrimas son agua”…, con una voz poética llena de dudas “…cuando el amor se olvida, sabes tu adónde va?”, de oyente lírico que desconoce del amor que tiene en frente, que la observa y la desea, un poema de cinco versos hermosamente desordenados, métricamente olvida los cánones formales para dar paso a otra melodía. Este es un poema de recursos ilustrativos milenarios “y van al mar” Algo queda claro, el análisis musical de Alarcón Garmendia es idéntico a la de García López, por lo que me anima a hacer un único aporte, Colón siguió al pie de la letra el poema y a todo su contexto lírico musical, pero desde la salsa. Dios lo cría y ellos…

EL ARTE DE ESTAR SUSPENDIDO EN EL AIRE

Cuando entré a la Orden tenía la errónea idea de que la vida en el monasterio era solamente contemplativa, alejada de todas las impurezas del mundo como manera de mantener a los monjes puros. Aunque había un periodo inicial de recogimiento para la adecuada iniciación, de mucho estudio y meditación, pronto éramos enviados de vuelta al mundo como método eficaz de conocimiento y perfeccionamiento de sí mismo. El Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, solía decir que “lo sagrado no está separado de lo mundano, sino oculto en él”. Es en la convivencia común de lo cotidiano que podemos entender mejor nuestras reacciones y las asperezas que aún nos hace sangrar. Limarlas es el perfeccionamiento necesario; el perfeccionamiento lleva a la transformación; la transformación se traduce en evolución. Los periodos de soledad y reflexión son tan fértiles como las fases de convivencia social o profesional. En verdad, son partes distintas de una misma clase. Ellas se diferencian para complementarse.

En aquella época, cada vez que regresaba al monasterio llegaba muy afligido emocionalmente. Esa vez no fue diferente. A pesar de que la Orden costeara sus propios gastos con los famosos chocolates artesanales confeccionados en una de sus cocinas y vendidos para apreciadores que aguardaban en larga fila de espera, la OEMM es una orden esotérica que tiene entre sus premisas el valor del trabajo y la independencia financiera de sus monjes, como son denominados sus miembros. Por esto, todos tienen empleos, son profesionales liberales o empresarios. Hasta el mismo Viejo viajaba bastante para dar conferencias en muchos lugares. Ir al mundo siempre renueva y trae un buen y rico material para el estudio de sí mismo. Aquella vez había sido peor. Yo estaba muy tenso. Mi firma tenía fuerte competencia por nuevas empresas que prometían más por menos y el mercado se mostraba receptivo a ellas. La quiebra era el miedo que estaba al acecho. El Viejo percibió mi irritación y dispersión. Yo le expliqué lo que sucedía. Él dijo: “Si diste lo mejor tan sólo aguarda la respuesta del universo con serenidad”. Aquellas palabras me irritaron pero me controlé y le dije que no tenía la menor duda de haber hecho todo lo posible. Le expliqué que mi desequilibrio era grande y en el monasterio sería más fácil apaciguar el corazón. El monje meneó la cabeza demostrando que entendía. El Viejo me dijo con calma: “Aunque algunos lugares sean centros de anclaje de energía, no es necesario ir a ningún lugar para conversar con la propia alma. Para encontrarte contigo mismo el silencio es el mejor lugar”. Le dije que estaba tenso y que mis noches eran mal dormidas. El Viejo cerró los ojos como si buscara algo en las gavetas de la memoria y recitó un pequeño poema: “Aprende a confiar en lo que está sucediendo. Si hay silencio deja que aumente, algo surgirá. Si hay tempestad, déjala rugir, ella se calmará”.

Fue demasiado. Irritado, quise saber quien era el tonto autor del poema que me aconsejaba cruzarme de brazos mientras el mundo se desmoronaba sobre mi cabeza. El Viejo me miró con compasión y fue lacónico: “Lao Tsé”. Con algún desprecio dije que no sabía quien era. Con su enorme paciencia, el monje explicó: “Fue un sabio taoísta. Existen varias codificaciones del Camino. El taoísmo es una de las más antiguas y bellas tradiciones. Él fue un alquimista chino que vivió hace milenios y nos ofrendó su hermosa obra”. Di una carcajada y menosprecié al preguntar si yo también aprendería a transformar plomo en oro. Adicioné que era exactamente lo que necesitaba en aquel momento. El Viejo no se alteró y dijo con calma: “Sí, es posible transformar en oro el plomo del alma”, hizo una pequeña pausa y agregó: “Sin duda es lo que necesitas ahora. Es lo que todos necesitamos. La voluntad es condición primordial”. Volvió a guardar silencio durante breves instantes antes de concluir: “Es más, aquietarse no significa estar parado. Es un movimiento valioso de percepción interna y de todo lo que lo envuelve”.

La calma del monje ante mi sarcasmo me dejó incómodo y con la desconfianza de que una buena lección se presentaba en aquel instante. Me acomodé, le pedí disculpas y le solicité al Viejo que me ayudara a entender el poema. Con su enorme paciencia dijo: “Siempre tenemos que ofrecer lo mejor de nosotros ante todo lo que sucede. Ocurre que nada podemos hacer ante la fuerza inconmensurable de ciertos movimientos del universo que alteran de manera significativa nuestra vida. Es hora del inevitable cambio. Por esto Lao Tsé usa la figura de la tempestad que asusta o de la ausencia de vientos que no impulsan las velas de los barcos. Son situaciones en las cuales no podemos interferir. Todos pasamos por momentos en que tenemos la sensación de que todo será destruido o, en otras ocasiones, enfrentamos extraños marasmos en que parece que nada va a suceder, como si la vida no estuviera viva”. Hizo una pausa y prosiguió: “Son presagios de grandes transformaciones, inicio y cierre de ciclos y enseñanzas cardinales. Es hora de mantener la calma, prestar atención y confiar en la sabiduría y en el amor infinitos de la vida. Entonces, aprovechar el nuevo momento y seguir”.

“La seguridad de que el universo siempre conspira a nuestro favor trae la tranquilidad de que todo lo que sucede es para nuestro bien. Debemos tener cuidado en no interferir”. Lo interrumpí para comentar que no entendía como la quiebra de mi empresa podría ser vista como una cosa buena. Él sonrió e intentó explicar: “Tú no sabes lo que está por venir, tampoco eres consciente de la transformación que la vida tiene preparada. Puede ser que el ciclo de tu empresa se haya acabado por ser obsoleto para tu jornada o tal vez sea el momento de que la firma sea repensada y reinventada, para recordarte que todo puede ser diferente y mejor. Adivinación es para los incautos y arrogantes; refinar la sensibilidad es para las personas que tiene buena voluntad y alegría al caminar. Recuerda que eres parte integrante y esencial del universo y, por esto, él está empeñado en tu bienestar y en tu evolución, aunque a menudo nos parezcan raros sus métodos”.

“Entender cómo funciona el universo y las leyes mayores que rigen la vida permiten el arte de mantenerse suspendido en el aire”. Me miró a los ojos y dijo: “Eso ayuda a crear las condiciones para que la paz se instale en nuestros corazones. Entonces nada de lo que exista en el mundo tendrá fuerza para derrumbarnos”.

Le pedí que se explicase mejor. El Viejo expuso su raciocinio: “Somos hijos del universo, amados y protegidos por la perfecta inteligencia que rige la vida. Nada es olvidado, nada falta o se excluye. Todo es conducido por manos habilidosas y sabias que priman por la evolución de cada uno de nosotros. A cada cual le es entregada la perfecta herramienta para la exacta lección. Evolución exige movimiento y no siempre nos mostramos dispuestos a acompañar el ritmo de la vida. Entonces el cambio se impone inexorablemente. Aguarda con serenidad lo que vendrá y prepárate para aprovechar los buenos vientos cuando se presenten. Sentir cariño por el suelo en la siembra trae como respuesta la cosecha abundante”.

Comenté que entendía lo que el monje decía pero que no podía encuadrar aquellas palabras en la situación de mi empresa. El monje me ofreció una mirada bondadosa y se fue. En los días siguientes la tempestad no sucumbió; al contrario, aumentó la intensidad y parecía barrer con todo lo que encontraba por delante. Para no ir a la bancarrota acepté la sugerencia de mi socio y vendimos la empresa a un grupo internacional. Pasé los meses siguientes mal humorado y recogido en el monasterio. Me sentía triste y tenía dificultad para entender el motivo por el cual todo aquello había acontecido. No faltaba la convicción de que yo me había empeñado al máximo para que todo saliera bien durante todos esos años. Necesitaba encontrarme conmigo mismo. Era necesario hacer las paces con la vida para que la alegría volviera a brotar.

Con el pasar de los días la tristeza fue dando lugar al entendimiento de que yo ya no amaba la empresa como al inicio. En verdad, me gustaba más la condición financiera que ella me proporcionaba que el trabajo que realizaba. En los últimos tiempos en que estuve al frente de la compañía ya no me levantaba todas las mañanas con el mismo entusiasmo del inicio, cuando estaba involucrado con nuevas ideas y la posibilidad de hacer diferente y mejor. Comencé a entender que la empresa había dejado de hacer parte de mis sueños y se volvió una mera obligación, además de una generosa fuente de renta. Sí, yo ya no estaba feliz haciendo lo que me encantaba en el pasado. Mi alma ansiaba por cambios que yo me negaba en admitir. Entonces la vida me regaló una tempestad para que aquel barco errante, que navegaba sin rumbo sin el deseo de llegar a ninguna parte, naufragara. Navegaba sólo para contar los días. Percibí que la intemperie, en realidad, era la oportunidad de comenzar un nuevo viaje hacia tierras distantes, en mares nunca antes navegados.

Mi ánimo cambió, la alegría había vuelto. Yo no sabía qué hacer, pero estaba dispuesto, atento y habituado con lo nuevo. Me sentía como en una enorme estación escogiendo en qué tren embarcar. Comencé a escuchar lo que el silencio de mi corazón susurraba. Siempre había soñado en trabajar con creación y con creatividad. Percibí el sentido del viaje, faltaba definir el destino. Fue cuando recibí la visita de un antiguo amigo que estaba de vacaciones en la pequeña y elegante ciudad que está ubicada en la falda de la montaña que abriga al monasterio. Él había montado una pequeña agencia de propaganda digital para aprovechar un gran cambio en ese sector que redireccionaba el eje de la publicidad, estancado en los medios tradicionales. Me comentó que necesitaba de un socio. Fue como despertar siendo acariciado por un rayo de sol travieso que acaricia la piel esquivando las cortinas cerradas del cuarto oscuro. Yo tenía el capital de la venta de la empresa y un enorme sueño listo para ser vivido. Era la vida que se renovaba con toda la fuerza e intensidad. Hice una oración sentida en agradecimiento por la tempestad demoledora.

Fui al mundo y retorné al monasterio un año después para tener algunas semanas de recogimiento, estudio y meditación. La agencia aún gateaba, pero daba muestrasde un bello futuro. Lo más importante es que la alegría estaba de nuevo presente en mis días. La primera cosa que hice fue procurar al Viejo para decirle que estaba feliz y que todo había cambiado. Él arqueó los labios en leve sonrisa y cuestionó: “¿Todo cambió o fuiste tú? Para muchos el mundo no está muy diferente de lo que estaba hace un año”. Cerré los ojos como respuesta. Sí, yo me había transformado y por ello la vida se revelaba con nuevos, bellos y desconocidos colores. Le agradecí por aquella conversación sobre el poema de Lao Tsé y por aquellas palabras que me auxiliaron al encontrar el entendimiento necesario para fortalecer mis elecciones y retomar el poder ante mi propia vida. Pude abrir las alas para alzar el vuelo que sólo es posible cuando vivimos un sueño. Dije que ahora comenzaba a entender el arte de mantenerse suspendido en el aire. El monje apenas sonrió. Adicioné que no recordaba haber sido tan feliz. El Viejo señaló: “Sí, siempre cambiamos para mejorar. Esta es una de las leyes de la vida. Cuando no nos sentimos así es porque aún no hemos efectuado el movimiento exacto”.

Aproveché para pedirle disculpas por haber sido sarcástico cuando él intentó enseñarme algo tan importante. El Viejo parecía imperturbable en sus virtudes: “Solamente la vida enseña, Tiago. Soy tan sólo un compañero de jornada señalando uno u otro paisaje del Camino”, hizo una pausa y finalizó: “Con relación a las disculpas, no es necesario. El mejor pedido de disculpa es demostrarle al otro que la lección fue aprendida”.

Una lágrima rebelde escapó de mis ojos.

LA REINA GINEBRA

Hoy hablaré sobre uno de los personajes determinantes en la mitología Celta, asociada directamente a la antigua Bretaña. Espero disfruten estas líneas tanto o más que yo al escribirlas.

Ginebra era la esposa del rey Arturo.
Según las leyendas asociadas al mito artúrico, Ginebra fue infiel al Rey Arturo con Lancelot, uno de los caballeros de la Mesa Redonda. La leyenda asocia la infidelidad de Ginebra con Lancelot a la caída del reino de Camelot, de ahí que sea considerada como un símbolo de la fragilidad de la condición humana y de la perversión. En el contexto del mito de Arturo se señalará que Ginebra era una con el reino, y que con su enfermedad o malestar la tierra y las cosechas se resentían. Tras el desliz de Ginebra con Lancelot, Bretaña cae bajo las invasiones de los bárbaros anglos y sajones.

Según el mito, Ginebra sería la hija del Rey Leodegrance de Cameliard. El Rey Arturo envía a Lancelot a que la traiga a Camelot para casarse con ella, y en el viaje ambos se enamoran. En cuanto llegan a Camelot, Arturo y Ginebra se casan, y Ginebra se convierte en el centro de la corte. Tiene en general buenas relaciones con su esposo, pero se enemista con la bruja y media hermana de Arturo, Morgana, al expulsar de la corte a Sir Guiomar, amante de Morgana y sobrino de la propia Ginebra. Morgana guardará siempre rencor hacia la reina y se lo transmitirá a sus hijos.

Aunque casada con Arturo, el amor que Lancelot y Ginebra sienten durará hasta la muerte de ambos. En todo caso, los enemigos de Arturo aprovecharán esta relación para fraguar la acusación de adulterio y conspiración que lanzan sobre Lancelot y Ginebra. Esto lleva a una condena de muerte para la Reina y una orden de expulsión del reino para Lancelot. Lancelot no puede permitir la muerte de Ginebra y, al intentar salvarla, mata a dos de los hijos del Rey Lot de Lothian y de Morgause (hermana mayor de Arturo), Gaheris y Gareth, lo que deriva en guerra abierta entre dichos reinos y Camelot, y supuso al final la muerte de todos los caballeros de la Mesa Redonda.

La condena a muerte de Ginebra no se materializa en la leyenda. Ginebra recibe la noticia de la muerte de Arturo y de todos los caballeros de la Mesa Redonda cuando estaba en un convento en Glastonbury, donde voluntariamente se había encerrado para no caer en las manos de Mordred. Se viste con ropas de luto y ordena a sus damas que hicieran lo mismo. Se dirige a Amesbury, en Wiltshire, donde habría un convento en el que la Reina decide tomar los hábitos. Pasa el resto de su vida de forma anónima. Años después fue elegida superiora del convento.

En el convento, poco después de la muerte de Arturo, tiene una última entrevista con sir Lancelot. Posteriormente, Lancelot abandona la vida de caballero y se convierte en monje ermitaño. Años más tarde Lancelot tiene un sueño donde un ángel se le aparece y le dice que debe fabricar un féretro, ponerle ruedas y dirigirse con el a Amesbury donde encontraría muerta a la reina. Así lo hace: al llegar a Amesbury recoge el cadáver de Ginebra y lo lleva a enterrar junto al de Arturo.

EL DESTINATARIO DEL AMOR

Era una fría mañana de otoño. El sol me calentaba el cuerpo sobre el pesado abrigo de lana. Andaba por las calles estrechas y retorcidas de la elegante ciudad, que está en la falda de la montaña que acoge al monasterio, en busca del taller de Lorenzo para tomar un café caliente y tener un poco de prosa. Me sentía triste por la ingratitud de algunas personas con quienes convivía por no corresponder al amor que yo les ofrecía. El zapatero, que remendaba el cuero como oficio y las ideas como arte, me recibió con la alegría habitual y en seguida estábamos sentados en el mostrador con dos tazas humeantes. Después de exponer mis insatisfacciones, cuestioné a mi amigo sobre el hecho del amor ser la causa de tanto sufrimiento. Me parecía contradictorio, ya que ese sentimiento está innegablemente ligado al bien y a la luz. Al final, siendo el amor algo tan bueno, no debería permitirse el sufrimiento en su nombre. El artesano bebió el café y respondió como quien dice algo obvio: “Sufren por el simple hecho de no entender el amor”. Discrepé. Dije que el amor es inherente a todas las personas. Añadí que no debe haber un único ser humano en la faz de la Tierra que desconozca el amor. Lorenzo sonrió y dijo: “Sí, es verdad. No obstante, tenerlo con nosotros no significa que ya sepamos descifrarlo. Es más, no es apenas amor lo que corre por las venas de toda la gente sino todos los sentimientos, tanto los mejores como los peores, sin excepción. Identificar cada uno de ellos es fundamental; no permitir que unos contaminen a los otros es parte del arte del andariego”.

“Pero vamos a permanecer sólo en el amor para que esta conversación no se prolongue demasiado. Quien sufre por amor es aquel que aún no ha entendido quién es el fiel destinatario de este real sentimiento, ni su mecánica”. Le comenté que no había entendido. El zapatero expuso su raciocinio: “La raíz del sufrimiento está en amar como aquel mercader que contabiliza la entrada y la salida de mercancías. Si ofrecemos cariño, afecto y atención, exigimos la contrapartida en retribución o pago. Es decir, solamente nos permitimos amar cuando nos sentimos amados a cambio y en igual intensidad. ¿No es así?”. ¡Sí, así es¡ Estuve de acuerdo. Lorenzo se encogió de hombros y dijo: “Destinatario equivocado”.

Dije que nuevamente no estaba entendiendo. Él explicó: “Cuando actuamos de esa manera mostramos que estamos más preocupados con nosotros que con los otros. Esa actitud demuestra que amamos por lo que vamos a recibir a cambio, siendo el otro un mero canal por donde retornará el amor que ofrecemos. Esto no es amor, es egoísmo. Es como si colocáramos una carta en el correo para nosotros mismos. ¿Qué sentido tiene escribir una carta para sí? El amor es un poema que redactamos al viento sin la preocupación de firmarlo. Los gestos nacidos en la pureza del corazón son los mejores versos escritos sobre el papel imperecedero de la vida. Es la poesía que se coloca en la botella lanzada al océano con la alegría de llenar el alma de quien la encuentre, sin cualquier otro interés. El amor para ser amor debe estar comprometido con la falta de compromiso ante la reacción del otro para devolver con la misma moneda. El amor que tienes no es el mismo que recibes, sólo el que tú das. El amor es una extraña mercancia que entre más autorizas su salida, mayor queda en tu depósito”.

Sostuve que amor es intercambio; todos quieren recibir en la exacta medida de lo que dan. El artesano meneó la cabeza y dijo: “Intercambio es comercio; amor es compartir la belleza y la alegría de la vida que pulsa en cada uno, sin pagos, tasas o tributos de cualquier especie. Como flores que plantamos en el borde del camino para adornar la vida de quien viene atrás, sin preocuparnos en si aprovecharán sus colores y perfumes. Amar es ofrecer la luz que nos habita para iluminar los sótanos oscuros del mundo sin presentar cuenta de cobro por el servicio prestado, o de lo contrario no es amor. Esa comprensión es un paso importante para liberarse de cualquier dependencia emocional o afectiva y, en consecuencia, terminar con todo sufrimiento. Pon atención y percibirás que sufrimos por celos, envidia, egoísmo y otros sentimientos menos nobles; nunca por amor”.

“Piensa en el sol que ilumina, calienta, renueva y permite la vida sin cobrarnos nada a cambio. De allí su grandeza y poder. Todo amor transciende en magnetismo, por ello todo y todos desean orbitar alrededor del centro generador. Así como el sol, cuando nada se pide a cambio, todo se tiene”. Hizo una pausa y complementó: “Esa es la extraña y fantástica ecuación de la vida que insistimos en no entender, entonces sufrimos”.

Insistí diciendo que siempre había oído que amor era intercambio. Lorenzo fue enfático: “Aprendiste errado. Si deseas eliminar el dolor necesitas salir de las clases del egoísmo y de los celos para frecuentar una nueva escuela”.

Argumenté que él se había enloquecido. Recordé la maravillosa sensación de sentirse amado. Él arqueó los labios con una sonrisa y dijo: “Estoy de acuerdo contigo, es muy buena y la deseo todos los días. Sin embargo, es exactamente en este punto que reside el peligro. Ese sentimiento es bueno y justo, sólo que no puede ser objeto y objetivo del amor que se ofrece, pues se torna una actitud egoísta que tiene como fin a sí mismo y no al otro. Entonces deja de ser amor y por esto sufrimos. Hay que estar atentos para que el destinatario del amor no sea el propio remitente, caso en el que la carta pierde el sentido y el amor se pierde en sí, dejando de existir”.

Le pedí que me volviera a llenar la taza con café. Toda aquella conversación era demasiado desconcertante y le confesé que tenía dificultad para asimilarla. Cuando pensé que Lorenzo aliviaría mi incomodidad intelectual, dio el ataque final: “Solamente en la infancia del alma insistimos en pensar que somos el centro del mundo, que el universo gira en torno de nuestro ego. De allí surge la palabra egoísmo. La consecuencia natural del egoísmo en el amor son los celos, un sentimiento tan fuerte que lo confundimos con el propio amor. Lo peor es que los celos están ligados a la sensación de inseguridad y a conceptos obsoletos de dominación”. Una vez más le pedí al artesano que se explicase mejor. Él fue didáctico: “La idea de que somos exclusivos y el centro del mundo nos hace creer que tenemos derechos absurdos sobre todo y todos. Usamos inadecuadamente la palabra ‘compromiso’ en nuestras relaciones para esconder los verdaderos sentimientos que nos mueven: celos y egoísmo. Nos volvemos dominadores por condicionamiento y educación equivocados. Al involucrarnos con alguien que nos trae alegría dejamos manifestar el miedo de su partida”. Hizo una pausa y comentó: “¿Cómo perder lo que no se puede tener?” En seguida dijo: “Nos ilusionamos al pensar que la felicidad apenas será posible si tenemos bajo control todo lo que nos envuelve y a todas las personas que juzgamos importantes para nuestra felicidad. Es la cuna de las prisiones. Domar genera dolor, domar gente trae inevitable sufrimiento. Sufrimos a causa de otros sentimientos, mucho menos nobles, y le atribuimos al amor una culpa que no le pertenece. Nadie sufre por amor”.

“Olvidamos la lección del sol, cobramos por calor y luz, agotando la alegría de quien orbita a nuestro alrededor. Amor no es exigencia o compromiso. El amor es el antídoto de ese veneno; es libertad y plenitud. Entonces genera el magnetismo que todo atrae”.

Quise saber lo que era necesario para parar el sufrimiento. Él levantó las cejas y dijo seriamente: “Con frecuencia sentimos un vacío existencial y tenemos dificultad de identificar el origen. Entonces procuramos a alguien que pueda llenarlo, transfiriéndole la responsabilidad de nuestra felicidad. Esta es la formula perfecta del fracaso y del dolor. En vez de recorrer el camino del autoconocimiento para curar las fracturas sentimentales que dificultan el seguir adelante; en vez de iluminar las propias sombras que nos impiden evolucionar al atribuirle a otros la causa de nuestras insatisfacciones, preferimos la facilidad del atajo de encontrar a alguien que nos solucione la insatisfacción que sentimos. En suma, creemos que amar es tener a alguien que nos haga feliz. Esto crea estancamiento, lo que a su vez nos hace personas monótonas; esto crea la dependencia que construye las prisiones sin rejas”.

“¿Qué tal invertir la ecuación? Asumir la responsabilidad absoluta ante la propia felicidad es estar listo para iniciar el Camino. Aceptar de manera honesta y valiente el proceso de conocimiento y posterior transformación sobre sí mismo es el primer paso. Librarse de hacer cualquier cobro en relación a los otros y enfocarse en la responsabilidad de compartir las virtudes que fructifican en el alma demuestra evolución y suelo fértil para que el amor florezca en el corazón. Esto trae ligereza; es la libertad del ser. Esto trae la paz; es la plenitud del ser”.

“Ese cambio, en realidad, es el rompimiento de la cáscara que nos impide ser enteros y que niega el amor en toda su dimensión. Es necesario renunciar a hacer cualquier cobro por el simple hecho de que nadie nos debe nada. Si proclamamos cualquier derecho sobre el otro, puedes estar seguro de que allí no existe amor. Si nos sentimos dueños o acreedores de alguien, puedes estar seguro de que no es amor lo que nos orienta. El amor se niega ante la dominación por ser libre en esencia. Los cobros pierden el sentido cuando entendemos que no son nada más que cartas que escribimos para el destinatario equivocado”.

“A partir del instante en que comprendemos que somos responsables por nuestra felicidad y que nadie nos debe nada, todo lo que nos es entregado, aunque sea pequeño, se vuelve un agradable regalo. Ningún árbol ofrece frutos fuera de estación. El amor exige paciencia. El amor deja brotar la compasión ante las imperfecciones ajenas al tener la humildad de saber que no poseemos la perfección para ofrecer”.

“Solamente cuando aceptamos que el destinatario de nuestro amor no somos nosotros, y sí los otros, sentiremos palpitar todo el poder y la fuerza del amor. Es el proceso de maduración de las alas que permitirán el vuelo hacia Tierras Altas. No hay otro”.

Permanecimos un tiempo largo sin pronunciar palabra. Quebré el silencio y, emocionado, dije que necesitaba irme. Yo estaba atrasado para reescribir todas mis cartas, pues no quería aplazar más un importante encuentro. Lorenzo sonrió.

Serendipia multinivel

“Me gustaron mucho tus historias”, decía aquel mensaje que estaba acompañado con una solicitud de amistad. Acepté la solicitud y me puse a revisar cada una de sus fotos, publicaciones y amigos, buscando que no sea un hombre, un travestí o alguien diferente a la hermosa mujer que aparecía en sus fotos de perfil…

Estaba sentado en su cama y ella estaba allí dormida dándome la espalda, levante del suelo su guitarra y me puse a afinarla…

“te molesta si toco algo de música”, dije apenas sentí que se movió… “nunca… pero ahora llueve… podemos escuchar la lluvia un rato…”, me respondió mientras torpemente apartaba la guitarra de mi para luego colocar su cabeza en mis piernas…

Puse gentilmente la guitarra en el suelo y centré mi mirada en ella un momento y mientras lentamente subía la mirada mi mente regresaba a aquella oficina a observar aquella pantalla donde sólo números se ven… No era más que un amargo recuerdo, de un tiempo que no puedo olvidar…

Me llego un mensaje de parte de ella, mi admiradora, alguien que probablemente me habría encontrado en sus amigos sugeridos, quizás buscando un conocido de una fiesta o de algún otro lugar y se puso a revisar justamente mi Facebook, leyó lo que escribía, seguramente porque no tenía nada más que hacer y justamente le han de gustar de manera tal, que sintió la necesidad de escribirme aquel mensaje.

“Gracias por aceptarme, ¿te puedo preguntar algo?” decía ella, “pregúntame” he de responder a la expectativa de iniciar aquella conversación con la que habremos de entrelazar nuestras vidas… Pero, aún más importante, revivir aquel momento perdido en el tiempo, en donde ella es aquella puerta al pasado, aquel barco que me ha de permitir navegar en contra de la corriente para poder aquel día reescribir…

“estoy trabajando en un proyecto de marketing por internet y estamos buscando personas que quieran ganar dinero en su tiempo libre y a través de Facebook…”

Me encuentro tocando suavemente su mejilla, en donde el sonido de la lluvia opaca aquellas palabras y extraños ruidos que hace cuando duerme…

Las paredes de su cuarto son azul claro y el piso se encuentra cubierto con un tapete azul oscuro. Ella me decía que había decorado el cuarto así, para parecer que está durmiendo tranquila en mitad del océano… Aparto mi mirada de ella y veo como la guitarra comienza a flotar lejos de nosotros en lo que parece ser agua… Cuando la guitarra finalmente se pierde en el horizonte, despierto en camino a visitarla.

Siempre limpio un poco y coloco nuevas flores cuando voy, me siento sobre aquella fría placa de mármol y le hago un resumen de lo que ha pasado, desde la última vez que hablamos… A veces me voy intranquilo y sintiéndome mal, nunca le pregunto cómo le está yendo en su vida amorosa…