Bailarina

Quisiera creer que somos libres, tú por un lado, yo por el otro. Sin embargo, existen tantas convenientes coincidencias y tantas probabilidades nulas que tomaron forma que me lleva a pensar, seriamente, quizás tú y yo, no somos más que un par de partículas con un entrelazamiento cuántico. Algo que no se ve, que no se nota, que incluso puede pasar desapercibido, pero lleva en si una extraña magia, la solución a algunos misterios y el descubrimiento de muchos más, y aunque es fantasmagórica nuestra unión se siente así estemos en lados opuestos del universo.

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ELLA III

Eran las 9:30 p.m. para el reloj, pero para ambos apenas empezaba la noche y es que en el lugar que estábamos, ambos habíamos transitado, obviamente distantes y separados de buscar magia, simplemente un transitar. Esta noche le abracé sin miedo por primera vez y le miré a sus ojos (Con todos los temores y paciencia que puede tener alguien que aún cree que coquetear no es un juego y que enamorarse es invertir en un fondo muy muy volátil) la detallé, quise besarla pero… ¿Cómo besar a alguien a quien primero quieres mostrar que en la carta decías todo lo que sentías? Y así simplemente le tomé la mano… (Seré sincero, Ella me dio la mano. Yo tenía miedo hasta de darle la mano, pues…es de esas confianzas que a uno no le enseñan, pero que debe tomar y, bueno, Yo no la tomo aún con toda la que me va dando esta radiante damita), su mano me transmitió una carga gigantesca de paz, me mostró que esa magia que teníamos sí era (En estos gestos de darle ese abrazo [que luego detallaré cómo fue], tomar su mano y mirarla se nos pasó muchísimo tiempo y estábamos tan cayados, había un silencio, de ese que ciertamente diría un gran amigo mío es importante porque ¿Qué sería de la música sin las pausas? O ¿Qué sería de las noches sin el silencio?) Y ahí pronuncié palabra, claro está, debía decirse algo para romper este silencio y le dije “Bienaventurados los que aman porque tienen a su alcance más de un cincuenta por ciento de un gran romance”; Ella, que aún no estaba segura de este amor, pues se veía en su mirada, en qué iba a responder, en no saber cómo usar la magia que había adquirido, dijo “¿Me amas?”, Le dije “Seguramente lo hago” y me dijo muy sonriente “¿Cuál es ese cincuenta por ciento que tienes asegurado de romance y cuál es ese romance?”…—Sonreí pícaramente— y le mencioné únicamente “Presumiré de mi redaño en todo momento hacia ti, pues, tendré tiempo para demostrarlo” y me miró fijamente, soltó mi mano y dijo “¡Joyce, me explicas!” Y claro está, no fue cualquier mirada (Era una mirada penetrante, muy firme, pero con la belleza profunda que tiene toda Ella), debía contestar y así lo hice “Ese cincuenta por ciento de romance es el que Este muchacho se ha construido contigo y ese poco más es las dudas que tienes y has tenido por ceder, obviamente ese romance va a ser el nuestro” y ya viene lo lindo o largo de la noche (No sé cómo decirlo, esta magia que había debía tener un hechizo que la intentara detener) diré acá entre nosotros —La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva—.

Resulta y sucede que Sol está enamorada, claro, siente magia, obviamente…disfruta de todo lo que hacemos, pero Sol no iba a decirle a Joyce * “Sí, amémonos” * en tan poquito tiempo. Sol quiere disfrutar de los detalles, no solamente la coquetería. En sí, quería conocerme en distintas facetas y aquí viene. Me dice “¿El otro 50% es mío o de ambos?” Dije con miedo “De ambos, este 50% también es tuyo” y mencionó “¡TONTO! No puedes ser así, no puedes querer que haya algo taaaaaan grande como un romance sin siquiera haberlo”, no tenía opción, debía actuar –Salvar todo como un maestro de la improvisación– y ¡La abracé, sí, la abracé! Y le dije “Pues ya qué más da, un abrazo mágico más, uno renovado y con más magia”, Ella estaba sin saber qué decir y menos cuando en ese abrazo un montón de picos, de esos chiquititos empezaron a llegar a su frente, a toda Ella, estaba cubierta de Ellos y su armazón se había roto de nuevo, pero aún así dijo “Joyce, no sé”, pero como ya era terreno blando pude decir “¿Qué no sabes? Yo no necesito que sepas nada, ya esto se siente y esto se sentirá por mucho más te diré un secreto «Me gustaría escribir un libro feliz; yo tengo todos los elementos para ser un hombre feliz; pero sencillamente no puedo. Sin embargo hay una cosa que sí me hace feliz, y es decir lo que pienso». Y te he dicho lo que pienso en una carta y acá, los dos juntos” (Sí señorita y señores lectores, Joyce se le ha declarado por todos los medios a Sol en la realidad real y Ella cada vez quiere un poco más, aunque aún no quiere, ¿Quizá Joyce sea alguien muy cercano al narrador?) Y sin más, Sol me toma la mano de nuevo y menciona “Vamos a caminar hasta donde tomamos el transporte, ya es hora, mañana quizá debamos hacer mucho más mi querido”, no se imaginan esa palabra lo que me hizo sentir ¡Voila! Fue perfecto, no tuve que colonizar sus emociones, no debí en ningún momento intentar convencerla, simplemente surgía cada momento y seguirá surgiendo. (Hubo unas foticos interesantes que Sol quiso tomar mientras me destrozaba las Alitas, otras tantas mientras esperábamos, unas luego, otras caminando, hubo muchas fotos y yo era feliz porque mi Sol estaba aquí, nada claro aún, pero con la certeza de hacer las cosas bien y saber que hacerlo no me cansa.)

Como cada vez que debemos despedirnos hubo un abrazo mágico más, una lluvia de picos muuuy grande y una sonrisa pensativa en Ella, mi Sol, que pareciera confirmara más que las dudas que deja…no se sabe, para saber más de esta historia señorita lectora Usted aporta y sobretodo solicita continuación.

Les contaré bajo cuerda algo, Sol tiene no solo la sonrisa más hermosa, sino también un océano de lunares en los que yo quiero nadar, contar historias de Ellos, quizá eso sea lo que pasó después cuando le escribí y fuimos a un Café que yo conocí en algún momento de mayor juventud (No tan viejo estoy tampoco, pero fue antes de esta edad) y solo si nos detenemos a pensar en las pequeñas cosas llegaremos a comprender las grandes y por eso ahora los dejaré pensar un tiempo en eso que sucedió y quizá narre ese momento, nuestro momento, éramos Sol y Joyce, el enamorado eterno y la Damita de gran certeza…

LA PUERTA

De todos los lugares del monasterio, la biblioteca siempre fue mi preferido. Escoger uno de los innumerables títulos disponibles, acomodarme en una de sus confortables poltronas y repartir la atención entre las letras y el maravilloso paisaje de las montañas, proporcionado por las enormes ventanas, permiten momentos de pura magia. Muchas veces encontré al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, en algún rincón encantado con la lectura o en viaje profundo en los mares de la reflexión. En ese día yo había acabado de escoger un libro cuando percibí que él me observaba. Levantó las cejas queriendo saber qué había escogido. Le mostré la portada y él sonrió en aprobación. Era una antología de conferencias de Yogananda. Aproveché que había una silla libre a su lado y me senté. Le pregunté qué leía. El monje respondió con un susurro: “El Sermón de la Montaña”. Cierta vez, él me había revelado que leía ese pequeño texto todos los días antes de iniciar cualquier otra lectura, pero no imaginaba que lo decía en sentido literal. Ante mi expresión de asombro el Viejo dijo: “Las letras del Sermón están vivas y siempre me traen enseñanzas sin fin”. Yo ya lo había leído varias veces y le pregunté sobre qué trecho estaba meditando. El monje dijo con voz suave: “Aquella parte que dice que ‘estrecha es la puerta y apretado el camino de la vida. Raros son los que lo encuentran’”. Dije que sabía de que se trataba y me adelanté para mostrarle toda la erudición que pensaba tener. Dije que aquel capítulo tenía la función de orientar sobre el cuidado de no insistir en los senderos anchos de la perdición. Complementé diciendo que no encontraba mayores dificultades en su interpretación, bastaba que fuésemos siempre honestos. Así de simple. El Viejo me ofreció una dulce sonrisa de agradecimiento como respuesta y volvió a concentrarse en la lectura y en sus pensamientos. Me sentí orgulloso de mí mismo. Pasados algunos días, volví a encontrar al Viejo. Yo estaba irritadísimo. Una discordia familiar sobre la repartición de la herencia dejada por un familiar venía causándome desconcierto entre personas que convivieron durante toda una vida y, aparentemente, se amaban y respetaban. Parecía que yo ya no conocía a nadie. Me ofrecieron propuestas de división de bienes absurdas, alegaciones y fundamentos tan tortuosos que rayaban en lo ridículo. Sin embargo, todo era muy serio y yo vislumbraba una enorme pérdida financiera. Le pedí al monje un consejo que pudiera suavizar mi corazón ante el sinsabor que sentía. Él me miró con bondad y dijo: “Es hora de atravesar la puerta estrecha”. Hizo una pausa a propósito y me aconsejó: “Sé honesto”. Refuté argumentando que estaba siendo absolutamente honesto, los otros eran los deshonestos conmigo. Ellos querían usurpar lo que era mío por derecho. Esta era la razón de mi sufrimiento. El Viejo levantó las cejas y dijo: “¿Si atravesaste la puerta al ser honesto y, más allá de ella está el sendero de la luz, por qué te veo desorientado y con tanta agonía?” Le pregunté si actuaba de manera errada al ser honesto y en favorecer mis intereses. El monje respondió con voz seria: “De ninguna manera. Ser honesto es obligación del andariego. Es una virtud indispensable para conquistar la dignidad que te autoriza a recorrer el Camino. No obstante, ser honesto por sí sólo no basta. Para atravesar la puerta estrecha y seguir por el difícil sendero de la luz es preciso más”. Avergonzado agaché la mirada. Como gesto de humildad, le pedí que me enseñara un poco sobre la puerta. Andamos hasta el refectorio, nos servimos café y nos sentamos. Entonces el Viejo habló: “La puerta estrecha es una elección, tal vez la más importante de la vida. Tan valiosa que tienes que reafirmarla todos los días, pues enormes son las tentaciones que insistirán en desviar tus pasos. La puerta estrecha es la elección de las virtudes del alma en detrimento de los valores del ego; es el sendero dorado del corazón. Es el inicio del Camino”. “Voy a adelantarte una cosa: no es fácil. Primero es preciso ver la puerta, muchos ni esto aún consiguen. Después es necesario atravesarla y, en seguida, mantenerse en el ‘sendero apretado’. Varios sucumben ante los apelos del mundo o ante las dificultades encontradas. Por fin, tendrás que incorporar el Camino a tu manera de ser. Es decir, andariego y camino se funden, se hacen uno; es el momento en que las cortinas se abren para una nueva etapa. Significa que desembarcaste en la estación de las Tierras Altas”. Hizo una pausa y concluyó: “Sólo no olvides: el viaje es duro, pero dulce. También es infinito”. Comenté que entendía, pero no mucho. Le pedí que me explicará mejor. El Viejo se esforzó para ser didáctico: “Todos somos educados dentro de los patrones de la sociedad que valora la fama vacía, el brillo sin luz, los aplausos fáciles, las celebridades que nada transforman, el dinero como instrumento de poder, la apariencia en vez de la esencia. Son condicionamientos sociales, culturales y ancestrales tan arraigados al ego que casi nunca cuestionamos el valor de estar en la búsqueda de tales objetivos. Actuamos por automatismo, sin mayores cuestionamientos, pues esas son las conquistas que traerán el reconocimiento y la admiración de la mayoría de las personas que nos rodean”. “Seguir en esa búsqueda facilita el seguimiento de los rieles del ego construidos hace siglos sin ningún cuestionamiento. Es agradable pues el ego desea las conquistas materiales que representan lujo, placeres sensoriales y reverencia. Las sombras de la vanidad y del orgullo crecerán para convencerte de que eres más que los demás. Tu creerás que naciste para tener el mundo a tus pies”. “Sin embargo, esa no es la sinfonía del universo. La vida tiene un compromiso inexorable con la evolución. La evolución está relacionada con la libertad y la plenitud del alma. Para librarse de las opresiones mundanas se debe aprender a ser más con menos. Entre menos la persona necesite más libre será. Esta es la ecuación de la libertad. El deseo de tener genera dependencias y conflictos en función de cosas innecesarias, olvidando en un rincón cualquiera la belleza de la construcción del ser. Lo que te permite continuar el viaje no es el tamaño de tu mansión o de la cuenta bancaria, sino la grandeza de tu corazón”. “El deseo desenfrenado por adquisiciones incesantes debilita la existencia al crear una dependencia creciente que engaña con relación a la conquista de la paz y de la felicidad. Bellos ornamentos externos no siempre reflejan la verdad interna. Con frecuencia el lujo aparente sólo esconde una enorme miseria esencial. El resultado son personas que usan la arrogancia para mostrar el poder del que carecen, la fuerza interna que no poseen. Alimentan el orgullo y la vanidad por la necesidad de esconder, aún de sí mismos, toda la debilidad que sienten, como un suntuoso palacio montado sin los cimientos fundamentales que lo hacen vulnerable a la menor ventisca. Lo que engrandece al andariego no es el número de países que ya visitó, sino el viaje profundo que hizo para conocerse a sí mismo”. “Modernamente los deseos del ego han creado un triste batallón de sufridores y desesperados; establecidos en el mundo, mas perdidos en sí mismos. Drogas en el intento de escapar de sí mismo; diversiones escandalosas para acallar la voz silenciosa del corazón; lentes oscuros para esconder los ojos de todos los ojos que revelan las heridas abiertas del alma. Depresión, terapias, ansiolíticos, antidepresivos y la ilusión de que podrán huir eternamente del espejo que mostrará, tarde o temprano, la exacta fotografía del ser hambriento de luz”. “Los deseos del ego hacen la existencia cada vez más pesada y resbalosa, cuando en realidad necesitamos de la ligereza del alma para que las alas puedan sostenernos sobre los precipicios de la existencia. En el ápice de la plenitud pueden rasgarte la ropa, incendiar tu casa y abandonar tu cuerpo en una cárcel insalubre. El alma plena continuará intocable e inalcanzable. La plenitud es la cura a las fragilidades del ego. Es la paz interna y eterna, tan poderosa que te sostendrá más allá de las maldades y ofensas comunes del planeta”. Le pregunté sobre las consecuencias al negarme a atravesar la puerta. El Viejo se encogió de hombros, como quien dice no tener salida y explicó: “Recuerda que el universo está conectado con tu evolución dada la necesidad inevitable de expansión de todo el cosmos. No olvides que eres parte del todo; por tanto, el todo está en ti. Esta es tu fuerza así como tu compromiso. Entonces, en la secuencia de cada elección vendrá un nuevo ciclo de aprendizaje. Suave o severo, siempre en justa reacción a tus decisiones”. “Al rehusar el perfeccionamiento las lecciones se van haciendo más duras. Falencias, enfermedades y conflictos están íntimamente ligados a la necesidad del ser en revaluar los propios conceptos. Dificultades financieras tienen el poder de mostrar la riqueza de los valores nobles e inmateriales de la vida; enfermedades suelen volverse una farmacia para el alma; conflictos permiten ópticas y actitudes más certeras con relación a la sabiduría y el amor necesarios para la felicidad. Son situaciones que afectan directamente al ego; no obstante, perfeccionan al alma hacia la libertad y la plenitud. Al final, acabamos sintonizando el ego al ritmo del alma, entendiendo las oportunidades de transformación ofrecidas. De la sombra se hace la luz. Sí, la vida es siempre muy generosa. Lo que el ego salvaje llama desgracia, el alma iluminada agradece por la gracia”. Le pedí que me aconsejara en el caso concreto y me dijera qué hacer. El Viejo arqueó los labios con una leve sonrisa, revelando toda su bondad y dijo con voz suave: “No tengo la más mínima idea, Yoskhaz. Administrar la vida ajena es un mero acto de ligereza y arrogancia. Cada cual es su propio maestro y es absolutamente responsable por sus elecciones. Solamente así nos es permitido avanzar”. Hizo una pequeña pausa y dijo: “Analízate profundamente a ti mismo y a tus prioridades en este momento. Sólo así conocerás la batalla para la cual ya estás listo: enfrentar a tus parientes para defender un patrimonio que te pertenece por derecho o abrir mano de esta discusión para concentrarte en otras conquistas”. Levantó las cejas y dijo seriamente: “Cualqueira que sea la decisión, será preciso perdón y compasión sobre todos los involucrados para que las telarañas del sufrimiento y del resentimento no apaguen la alegría y la ligereza al caminar. Entonces, escoge por amor pues sólo el amor tiene ese poder”. Sus labios denotaron una linda sonrisa y finalizó: “La puerta estrecha es aquella que revelará el sendero hacia la libertad y la plenitud. Es la elección que traerá transformaciones personales. Es el sendero que te permitirá que florezca lo mejor que habita en el andariego, que aún está oculto”.

Te Amo

Esperando la muerte
Como un gato
Que va a saltar sobre
La cama

Me da tanta pena
Mi mujer

Ella verá este
Cuerpo
Blanco
Rígido
Lo zarandeará una vez y luego
Quizás
Otra:

Hank no
Responderá.

No es mi muerte lo que
Me preocupa, es mi mujer
Que se quedará con este
Montón de
Nada.

Quiero que
Sepa
Sin embargo
Que todas las noches
Que he dormido a su lado

Incluso las discusiones
Más inútiles
Siempre fueron
Algo espléndido

Y esas difíciles
Palabras
Que siempre temí
Decir
Pueden decirse
Ahora:

Te amo.

Genealogía de un amigo imaginario

Charly fue mi amigo imaginario durante mi niñez,
tenia dientes muy divertidos, absolutamente desalineados
verlo comer dulces era asombroso,
la mitad de las golosinas quedaban atrapadas.
Hablaba todo el tiempo de su antiguo hogar
solía contarme que su madre estaba loca,
ella insistía en decir que el padre de Charly vivía,
aunque el padre Charly nunca habiera existido,
ella imaginaba que sí, que estaba ahí,
sentado en el sofá naranja,
intentando sintonizar la radio,
con medias rotas, esbelto y oxidado.
Aunque Charly no podía verlo, ni menos escucharlo,
la madre le decía que le obedeciera al padre.
El día que conocí a Charly,
había tenido una seria discusión con su madre,
había reunido al fin el valor para decirle que el padre no estaba ahí, no vivía, no existía, que nunca existió.
Le preguntó por qué ella
lo seguía imaginando, haciéndolo real;
le preguntó por qué hacía eso,
por qué lo había creído real desde la más remota infancia de él.
La madre le respondió que si el padre no existía,
tampoco podría existir él.

Y ese día dejó de imaginar al padre,
también por supuesto, dejó de imaginar a Charly.
Ese día Charly llegó a mi casa,
y me hice amigo de él.

NOSTALGIA DE LA AMISTAD

I
Yo no tengo amigos. Es verdad.
Creí que los pájaros podrían ser mi amigos, pero los pájaros están todo el día
ensayando y estrenando
sus vuelos y sus cantos en el cielo,
en los bosques y jardines,entre flores,
y yo debo irme, solo, a otra parte, con mi música,
mi pobre música, tan gris y tan opaca….

II
Creí que el sol podría ser mi amigo,
pero su luz,tan poderosa,
no es para mí, para mis débiles ojos,
y cada tarde, en el crepúsculo,
cuando ya logro, al fin,
mirarlo cara a cara, frente a frente,
se oculta, hundiéndose, entonces,
en lo más hondo del mar, lo más lejano,
y yo me quedo solo y perplejo,
en la fría y húmeda noche, sobre la playa sombría,
oteándolo, buscándolo allá,
más allá del horizonte infinito…

III
Creí que la luna podría ser mi amiga,
y me quedo mirándola, insomne,
despierto toda la noche,
pero la luna sólo se interesa por el mar,
y sólo tiene miradas para él,
y toda la noche se la pasa
tratando de atraerlo hacia ella,
levantando sus oleajes, sus mareas,
y en el día ya no cuento con ella para nada,
no permite, ni siquiera, que la mire,
oculta no sé dónde,en qué sitio del espacio…

IV

Creí que la lluvia podría ser mi amiga,
pero la lluvia vive abstraída,
oyéndose a sí misma,
escuchando su música enigmática,
contemplando su propia danza, más que embelesada,
y a ella poco le interesan ni le importan
mi melancolía, mi nostalgia,
y ,mucho menos, mis caídas,
sin danzas, sin música, sin gracia….

V

Creí que los árboles podrían ser mis amigos,
pero los árboles están, siempre,
bastante atareados,
hundiendo, extendiendo sus raíces en el suelo,
en la tierra profunda,
brindando a los que pasan por los caminos
el frescor de su sombra,
ofreciendo a los pájaros sus ramas y sus frutos,
y no están para nada dispuestos
a ir conmigo de un lado a otro, y a otro, y a otro,
siempre errantes bajo el cielo.

VI

Creí que el viento podría ser mi amigo,
pero el viento está siempre demasiado activo,
siempre en movimiento,
se mantiene volando, deshojando bosques,
transportando polen, empujando nubes, olas o navíos, levantando oleajes, propagando incendios,
apagando velas, lámparas y hogueras,
esparciendo polvo y humo,hojas y papeles,
cenizas y fragancias,
y nunca, nunca está quieto,
jamás se detiene en parte alguna,
jamás, jamás,
y no tiene, ni siquiera, un instante para mí,
que soy tan lento y sedentario,
tan moroso y tan pasivo…

VII

Creí que las nubes podrían ser mis amigas,
y yo las observo atentamente, fíjamente,
por la ventana, o tendido en la hierba o en la arena,
pero apenas me apego,
apenas me encariño con alguna de ellas,
se vá,alejándose, en el viento,
o, simplemente, cambia de forma y se me pierde
por el cielo,entre las otras,que son tantas,tantas,
y tengo la certeza, ay,
de que ya no volveré a verla
nunca más, nunca más, en mi vida…

VIII

Creí que la noche podría ser mi amiga,
pero la noche se la pasa
amontonando sombras,
callando pájaros,
deshabitando calles, parques, edificios,
encendiendo luciérnagas o estrellas,
aumentando angustias, terrores, soledades,
o, simplemente,
empujándonos al sueño y al olvido…

IX

Creí que las estrellas podrían ser mis amigas,
pero ellas están haciéndose guiños
toda la noche.
y quizás la que más me agrada,
la más pura, la más brillante,
ya no existe,
sino solamente su luz, su hermosa luz,
llegando a mí, a mis ojos, sólo hasta ahora,
y de día no encuentro, no hallo ninguna, ninguna,
a pesar de ser tantas y tantas, en el cielo…..

X

Creí, sí, yo creí que el mar podría ser mi amigo,
pero el mar está siempre, siempre,
corriendo hacia las playas, aún hasta las más lejanas,
o tratando de alcanzar la luna, tan distante,
o afinando día y noche, noche y día,
eternamente, sus cantos, sus silencios,
o prefiere, simplemente, estar solo bajo el cielo,
errante y solo, bajo el cielo….

XI

Creí, entonces, que un perro podría ser mi amigo,
pues oí que el perro
es el mejor amigo del hombre, el más fiel, el más leal,
y conseguí uno, uno de buena raza, saludable,
pero mi perro nunca agita su cola para mí, cuando vuelvo a casa,
cada noche, de mi errancia,
ni ladra jamás de alegría por mí,
cuando me ve , bajo la luna,
y prefiere estar en el patio, día y noche, noche y día,
enterrando y desenterrando
sus huesos, a solas, en silencio,
o, simplemente,
echado ahí, en la sombra, dormitando, dormitando.

XII

¿Lo véis?
Creí, creí, pero yo, en verdad, no tengo, no tengo amigos,
y no sé nada de Dios…

EL NACIMIENTO DE LA UNIVERSIDAD

Entre mediados del siglo XII y comienzos del siglo XIII, toda Europa empezó a quedar sembrada de unas instituciones educativas que hoy día nos resultan muy familiares, pero que eran entonces una novedad: las universidades. No se sabe exactamente cuál fue la primera que se fundó. Se da a veces la prioridad a la Universidad de Bolonia, en Italia, fundada por el emperador Federico I Barbarroja al otorgar su protección especial a las escuelas de derecho de la ciudad mediante la constitución Habita, en 1155, 1156 o 1158 (la fecha no es segura).

Pero en París, a mediados del siglo XII, gran número de maestros, como el célebre Pedro Abelardo (fallecido en 1142), enseñaban la retórica y la dialéctica al margen del control del obispo y los canónigos de la catedral. En cuanto a la Universidad de Oxford, su fundación suele situarse en 1163.

En el siglo XIII existía ya una docena de universidades propiamente dichas. Además de las tres mencionadas estaban la de Cambridge en Inglaterra (1209), las de Palencia (1212) y Salamanca (1218) en España, las de Montpellier (1220) y Toulouse (1229) en Francia, y las de Padua (1222) y Nápoles (1224) en Italia. A finales del siglo XIII y principios del siglo XIV se fundaron universidades en Valladolid, Lisboa, Lérida, Aviñón, Orleáns y Perusa.

Lo que distinguió principalmente a esta institución, y lo que hace de ella un auténtico invento de la Edad Media occidental, fue su modo de organización

Las fundaciones se hicieron más numerosas a partir del Gran Cisma (1378-1417), que trastornó el papado y disminuyó mucho su autoridad favoreciendo, a cambio, las iniciativas de los príncipes seculares. El mundo germánico y las regiones periféricas se recuperaron de su retraso con la fundación, por ejemplo, de las universidades de Heidelberg (1386), Colonia (1388), Cracovia (1397), Glasgow (1451) y Uppsala (1477). De este modo, hacia 1500 había unas sesenta universidades en Europa.

La irresistible expansión geográfica de las universidades se explica por la función que cumplieron en la formación de un personal cualificado para el servicio de la Iglesia y de los Estados. Pero cabe señalar que lo que distinguió principalmente a esta institución, y lo que hace de ella un auténtico invento de la Edad Media occidental, fue su modo de organización.

Unión de maestros y alumnos

Las universidades nacieron cuando profesores y estudiantes –magistri y scolares– decidieron organizarse en asociaciones profesionales para defender sus intereses ante las autoridades de las ciudades, y lo hicieron siguiendo el modelo de los diversos oficios de la época y de todas las comunidades administradas mediante representantes: el modelo de la universitas. La palabra latina designaba “la totalidad” o “el conjunto” de los miembros de un grupo –que con frecuencia habían prestado un juramento común–, en oposición a los del exterior, que no gozaban de los mismos derechos o deberes y que, en el caso de las universidades profesionales, veían cómo se les prohibía la práctica de la misma actividad.

Igual que había “universidades” de carniceros, orfebres o comerciantes de telas, se hablaba de una “universidad de los maestros y de los alumnos”; así lo hizo por primera vez un legado papal en 1215, en un acto por el cual otorgaba estatutos para reglamentar con precisión las condiciones de la enseñanza en París. El objetivo era gobernarse mediante autoridades propias, a la cabeza de las cuales se hallaban “decanos”, “regentes” o “rectores”, y ver reconocida su independencia respecto al municipio y al obispo gracias a privilegios otorgados por el emperador, el rey o el papa.

A veces, el proceso de formación de las universidades fue conflictivo. En París, en 1200, tras una reyerta mortal entre sargentos reales y estudiantes, estos últimos obtuvieron la protección del rey Felipe Augusto, que les reconoció, asimismo, el muy ventajoso privilegio de ser juzgados sólo por los tribunales de la Iglesia. En 1209, un grupo de maestros y estudiantes de Oxford, para protestar por la ejecución de varios de ellos por orden de los burgueses en un asunto de asesinato, se declararon en huelga y luego se instalaron en Cambridge, fundando así la otra gran universidad de Inglaterra.

Como ocurre también hoy día, las universidades se dividían en facultades. La primera de ellas era la facultad de “artes”, o de “artes liberales”, en la que se enseñaban tres disciplinas de carácter general: gramática, retórica y dialéctica; esto es, el latín, la única lengua que se usaba en las universidades; el arte de escribir y hablar bien, y la lógica y la filosofía, el arte de pensar. Estas tres disciplinas se correspondían con el trivium, las tres artes liberales básicas de la cultura antigua. En cambio, la aritmética, la música, la astronomía y la geometría, que formaban el quadrivium, las cuatro artes liberales restantes, no se consideraban tan importantes, al igual que las “artes mecánicas”, las enseñanzas técnicas, que eran despreciadas y consideradas indignas de un sabio.

El dilema de elegir carrera

La facultad de artes, en general, era la que tenía los efectivos más numerosos, puesto que proporcionaba la formación preparatoria para el eventual acceso a las otras tres facultades, a las que se consideraba “superiores”: teología, medicina y derecho. De estas tres, la disciplina reina era la teología, la “ciencia de Dios”.

Sus principales lugares de enseñanza eran la Universidad de París, la primera, por su renombre y autoridad, seguida de las de Oxford y Cambridge. Los estudios médicos y, sobre todo, los jurídicos, daban lugar, como sucede en la actualidad, a las profesiones más lucrativas. Tenían menos prestigio, pero eran muy valorados por los estudiantes.

Lecturas por la mañana

En las universidades medievales se practicaban dos métodos principales de enseñanza: la “lectura” (lectio) y la “disputa” (disputatio). La lectura tenía lugar por la mañana: un maestro o un estudiante adelantado parafraseaba y comentaba una obra básica para cada materia; por ejemplo, en la facultad de artes de París, un tratado de Aristóteles. La disputa se hacía por lo general al final de la mañana o a primera hora de la tarde, y dejaba más espacio a la actividad de los estudiantes; consistía en que éstos, bajo la dirección del maestro, argumentaran sobre un problema, la “cuestión disputada”, para llegar a una solución. El estudiante “bachiller” tenía luego derecho a efectuar ciertas lecturas ante sus compañeros debutantes.

El primer grado al que aspiraba un alumno era el bachillerato, entregado por el maestro después de un simple examen. El estudiante “bachiller” tenía luego derecho a efectuar ciertas lecturas ante sus compañeros debutantes y participar en las disputas. La licenciatura, que indicaba el fin de los estudios básicos, la otorgaba un jurado de maestros al cabo de un cierto número de años de estudios obligatorios: cinco o seis años para los estudiantes de artes de París; ocho años, que aumentaron hasta trece en el siglo XIV, para los estudiantes de teología de la misma universidad.

El examen previo adquiría el aspecto de una disputa. Para poder acceder, con posterioridad, a la “maestría” (para las artes) o al “doctorado” (en teología, medicina o derecho), el título que daba la autorización para enseñar, era necesario ser presentado por un maestro. El ritual de incorporación al cuerpo de profesores incluía una lectura, una disputa y un discurso solemne ante los miembros de la facultad. En París, además, los estatutos prohibían la admisión de un doctor en teología que tuviera menos de 34 años.

Los “escolares” nobles fueron siempre minoritarios, pues los valores de la aristocracia seguían siendo más guerreros que intelectuales. Pero muchos estudiantes pertenecían a familias ricas o, al menos, lo bastante acomodadas como para poder sufragar los largos años de estudio de sus vástagos, que vivían muy confortablemente rodeados de sirvientes en las ciudades universitarias, donde el precio de los alojamientos era muy elevado.

Junto a los estudiantes ricos había otros muchos estudiantes que malvivían con escasos recursos; para proporcionarles alojamiento y comida se crearon, desde mediados del siglo XIII, los “colegios”, instituciones fundadas por ricos donantes. En 1257, por ejemplo, el teólogo francés Robert de Sorbon creó una institución de este tipo en París, cuyo nombre, Sorbona, designaría mucho más tarde al conjunto de la Universidad de París. Al final de la Edad Media se contaban 68 colegios en París, muchos de los cuales acogían también a los hijos de buenas familias y dispensaban su propia enseñanza privada.
Ricos o pobres, la mayoría de estudiantes compartían una cultura estudiantil más o menos turbulenta. Pese a los severos reglamentos de los colegios, a las prohibiciones estipuladas en los estatutos universitarios y las recomendaciones de los “manuales del estudiante”, los desórdenes debidos a la fogosidad e insolencia de la juventud eran frecuentes en las ciudades universitarias: alborotos al salir de las tabernas, peleas, altercados más o menos graves con los burgueses…

En París, el Pré-aux-Clercs, el “Prado de los Clérigos”, era, como su nombre indica, un lugar cerca del Barrio Latino en el que los miembros de la comunidad universitaria acudían a divertirse en sus ratos de expansión –se sabe, asimismo, que era un lugar habitual de prostitución y de peleas–. La lujuria, la embriaguez y el gusto por los juegos de apuestas podían ser motivo de fracaso a la hora de obtener la ansiada licenciatura, que incluía también un examen de “vida y buenas costumbres”, en el que el jurado juzgaba la moralidad del aspirante. Pero cierta disipación, incluso un gusto por la “vida bohemia”, como se dice en la actualidad, marcaban ya, para muchos estudiantes, sus años de universidad.